El sanatorio de sol y lodo

Belén y Fulgencio, en su chiringuito, el único del paseo de La Mota famoso por las charcas de lodo curativo. / A. s.
Belén y Fulgencio, en su chiringuito, el único del paseo de La Mota famoso por las charcas de lodo curativo. / A. s.

Cuerpos fantasmales deambulan por las charcas de La Mota. «Ya no dejamos que se acerquen porque molestan a los clientes», cuentan Fulgencio y Belén, 32 años en el quiosco El Kiko

ALEXIA SALAS

Durante muchos años, el turismo de salud que acudía a la Región se bañaba en estas charcas de un metro y medio de profundidad, en el que se erguía un cartel que advertía: «Prohibido el baño. Peligro de alta tensión». Dicen que los lodos eran por entonces más potentes y que los receptores de aquellos barros aún andan por ahí dando clases de zumba. Esta frontera entre aguas que es el paseo de La Mota, uno de los entornos más mágicos del Mar Menor, que te va estrechando el camino entre los molinos de la Ezequiela y de la Calcetera, tenía antes el aspecto agreste del turismo de Fraga Iribarne. Frente a las charcas acampaban los que acudían a una cura intensiva de limos arcillosos, que siguen estando ahí enterrados, sin necesidad de pagar en el spa. Coches, bicis y motocarros abarrotaban esta lengua de tierra entre tenderetes de toallas y figuras espectrales embadurnadas de cieno. Con el pretexto del fin sanatorio, las reglas se relajaban y por estos lares hasta los flamencos del Parque Natural abrían los ojos ante cuerpos semidesnudos que hubieras querido nunca ver.

Con el tiempo, la construcción de pasarelas de madera ha dignificado el acceso, más despejado sin otro tráfico rodado que un carril bici. Continúa a pleno rendimiento el remanso de agua hipersalina, de apenas medio metro de profundidad, que llaman la UCI. Allí se recuestan los dolientes de artrosis y reúmas en estado inerte más tiempo del que necesita un lomo de mojama para curarse en salazón.

Visita recomendada
Paseo de La Mota, en Lo Pagán.
Qué hacer
Si tiene dolencias de huesos, embarrarse de pies a cabeza con lodos de las charcas hipersalinas. Si no, puede bañarse en la playa de Villananitos y tomar un aperitivo en el chiringuito El Kiko
El guía perfecto
Belén Jara y Fulgencio Baños, 32 años atendiendo el único quiosco del paseo de La Mota

El lugar donde contar los milagros que proveen las charcas es el chiringuito El Kiko, que regentan desde hace 32 años Belén Jara y Fulgencio Baños. La pareja lo ha visto ya todo. A los embarrados «ya no les dejamos estar en el chiringuito, porque molestan a los clientes. Sí les servimos, pero en vasos de plástico para que se los puedan llevar», explica la pareja, que mantiene abierto el negocio desde las 7,30 de la mañana hasta la madrugada. «Se sientan por la noche en la orilla del mar con los mojitos, tan agüstico, y no hay quien cierre», se resigna Belén, que se ha mimetizado con el entorno hasta el punto de que echarse por amiga una gaviota: «Es Rubi, viene cada día a mi puerta a almorzar una sardina».

Otros asiduos llegan por docenas a pedir la birra y la tapa de rigor, como llegó Lolita en el rodaje de la película 'Rencor', de Miguel Albaladejo. Aquella lejana mañana de agosto en que al director alicantino se le ocurrió que la Flores se despertara de un extraño sueño en medio del gentío de La Mota. «Oiga, dónde estoy», interroga en el filme al camarero del chiringuito mientras Fulgencio labora entre cajas de cerveza. «¿En Murcia?», se pasma la cantante.

Además de cuerpos fantasmagóricos y folclóricas somnolientas, Belén y Fulgencio reciben a diario a cientos de amigos. Esta hospitalaria pareja ha convertido el chiringuito en un encuentro de amigos. «Hemos hecho buenas relaciones en estos años y vamos a verlos a Zaragoza, a Segovia, León y pensamos ir a Madrid a visitar a algunos clientes», cuenta Belén, la cocinera de ojos melancólicos. Su duro trabajo tuvo una época de esfuerzos épicos. «Antes el quiosco era de chapa, que se recalentaba, y yo embarazada haciendo frituras dentro», cuenta Belén. Los lazos con la clientela se hicieron tan cercanos que «fueron los veraneantes los que nos ayudaron a forrar el quiosco de madera».

Aún ve demasiado lejos el final del verano, cuando Fulgencio, aquel joven marino del que se enamoró en la discoteca Alaska, volverá a las redes de pesca. Y La Mota, a su silencio.