Dos expertos avisan: «La comida de niños no existe»

Los autores posan con su libro y un plato de fruta. / r. c.
Los autores posan con su libro y un plato de fruta. / r. c.

Aitor Sánchez y Lucía Martínez destrozan los mitos sobre la alimentación infantil en su libro '¿Qué le doy de comer'?

INÉS GALLASTEGUI

¿Por qué no existen en el mercado productos como 'mi primer puerro', 'mi primera merluza' o 'mi primer garbanzo' pero sí hay montones de opciones para que los bebés se estrenen en el consumo de yogures, leche de vaca, galletas, cacao en polvo o cereales? El menú infantil de los restaurantes, ¿es la mejor opción para que los pequeños se alimenten o para que los padres coman tranquilos? ¿El desayuno es la comida más importante del día incluso cuando está compuesto de azúcar, harina y grasa? A todas estas preguntas responde el libro '¿Qué le doy de comer?' (ed. Paidós, 2019), en el que los dietistas-nutricionistas Aitor Sánchez (midietacojea.com) y Lucía Martínez (dimequecomes.com) llegan a una conclusión que a muchos les sorprenderá: la comida para niños no existe.

Sánchez y Martínez recuerdan que los bebés deberían tomar solo leche materna (y si no es posible, de fórmula) hasta los seis meses y, a partir de esa edad, comida normal y corriente, con pequeñas adaptaciones para sus características y habilidades. Y no hay que presionarles a tomar una determinada cantidad: «En un entorno como el nuestro, con una gran disponibilidad de alimentos, es un completo error obligar a un niño a comer más de lo que le pide su apetito -subrayan-. Preocúpate por la calidad, que el niño se encargará de la cantidad».

Esto, que parece tan fácil, es en realidad «un camino con muchas zancadillas», según los autores, porque a menudo el resto del mundo no acompaña. Por un lado, recuerdan, la industria alimentaria, con su agresiva publicidad, explota la inseguridad de los padres para venderles productos superfluos, cuando no insanos, y siempre más caros. Por otra parte, los comedores de la escuela infantil o el colegio no siempre ofrecen menús equilibrados, presionados por la necesidad de contentar a las familias -hace unos meses un AMPA gallega se quejó de que había «demasiadas verduras»-, las limitaciones económicas o las dificultades logísticas. Y para colmo, muchas veces las personas del entorno cercano no comprenden ese esfuerzo por educar los hábitos nutritivos.

«Hay muchas creencias erróneas en torno a la alimentación, y especialmente en la de los niños, por el deseo de los padres de hacerlo muy bien y el miedo a no lograrlo», explica Martínez. A menudo, se cometen errores en el convencimiento de que las cosas siempre se han hecho así. Un ejemplo son los potitos, papillas y purés, que parecen el alimento infantil por excelencia pero son un invento reciente y geográficamente limitado: los bebés crecen sanos desde mucho antes de que se inventara la túrmix y en lugares donde ni siquiera hoy es accesible para la mayoría de las familias, porque para trocear o chafar verduras, carne o pescado no hace falta ningún electrodoméstico. A partir de los seis meses, pueden ir probando poco a poco nuevos alimentos, sin necesidad de seguir ningún orden especial, con algunas precauciones, por ejemplo, para evitar atragantamientos.

En el libro combaten mitos arraigados, como que el desayuno es la comida más importante del día y debe incluir lácteos, cereales y fruta. «Hay mensajes contradictorios -lamenta la especialista-. Lo primero que debemos hacer es pasarlos por la neurona de guardia: si quien nos dice cómo debe ser el desayuno es un fabricante de lácteos o cereales o si es un profesional de la salud que lo argumenta con evidencias científicas».

Distintas investigaciones han concluido que un niño sano puede ir al colegio sin desayunar y rendir académicamente sin problema hasta la hora del recreo, aseguran. No hay un tipo de comida que sea adecuada para primera hora de la mañana y no para cualquier otro momento del día; a menudo es una convención cultural: hace unos meses una dietista suscitó gran revuelo en redes sociales por publicar una foto de su hijo desayunando garbanzos en vez de galletas. En nuestro entorno, recuerdan los autores, no es frecuente tomar legumbres por la mañana, pero en Reino Unido es normal desayunar 'baked beans' y en Costa Rica, arroz con frijoles.

En España muchos menores abusan, sobre todo en el desayuno y la merienda, de lácteos, batidos y zumos azucarados, refrescos, chucherías, bollería, dulces, pan blanco y fiambres. En las comidas y las cenas abundan presentaciones poco sanas, como la pasta blanca o el arroz con tomate frito, los fritos y rebozados o la carne ultraprocesada -hamburguesas, salchichas y embutidos-; hay un exceso de carne como fuente de proteína y se toma poco pescado y poquísimas proteínas vegetales, que se encuentran en legumbres, semillas, frutos secos, quinoa, tofu y soja texturizada. Faltan frutas, verduras y cereales integrales. Y el agua.

Chuches y felicidad

¿Significa eso que los niños jamás pueden tomar una golosina o un trozo de tarta?«La felicidad infantil no depende del consumo de chuches, bollos, refrescos o comida basura», recuerdan. Usar esos alimentos como premio puede facilitar en el futuro la aparición de un trastorno de la conducta alimentaria. Pero no hacen daño si se toman esporádicamente.

No hay que olvidar que en España el 40% de los niños y adolescentes sufren sobrepeso u obesidad. Y la confianza en que el problema desaparecerá al crecer es errónea: «El 57% de los niños de hoy serán obesos a los 35 años». Y puede que antes ya presenten alguna de las patologías asociadas al sobrepeso, como diabetes, hipertensión, depresión, infertilidad, trastornos articulares o cáncer.

En casa y en el cole

Menús saludables
El libro incluye ideas para cada edad, con opciones veganas y para niños con celiaquía, diabetes, sobrepeso y obesidad. Hay propuestas de diario y para ocasiones especiales como cumpleaños o restaurantes.
Educación alimentaria
Los niños comen mejor si participan en la compra o la preparación de los alimentos. Los autores proponen ideas para mejorar la alimentación en casa y en el comedor escolar.

Una dificultad añadida es que nuestro país acostumbra a abordar los problemas cuando ya es demasiado tarde. «La de dietista-nutricionista es una profesión menospreciada porque España tiene un enfoque muy asistencialista de la salud pública: se gasta poco en prevención y mucho en pastillas», lamenta Aitor Sánchez. Invertir en estos especialistas, que hoy no están en el esquema de la atención primaria, ahorraría muchísimo dinero en fármacos e ingresos hospitalarios.

Quizá empezar a cambiar las cosas por los más pequeños sea la solución, apunta su colega: «Si logramos que los niños adopten una alimentación saludable, eso repercute en toda la familia. Nos vamos a beneficiar todos».