El Cristo de Monteagudo: historia de un símbolo

El primer monumento se inauguró el 31 de octubre de 1926 y aunque Planes se comprometió a realizarlo, fue obra de Antonio Nicolás. Abatido durante la guerra civil, se levantó el actual en 1951

PEDRO SOLER

El proyecto del monumento al Corazón de Jesús de Monteagudo lo inició en 1921 una comisión presidida por Isidoro de la Cierva, y de la que el entonces director de 'La Verdad', Francisco Martínez García, también formaba parte. El 3 de julio del citado año se acordó que el 7 de agosto, festividad de San Cayetano, Patrono de Monteagudo, se colocase la primera piedra, y, en una nueva reunión del 16 de septiembre de 1922 se aprobó que José Planes fuese el autor de la imagen. El famoso escultor se mostró «dispuesto a realizar un esfuerzo artístico digno de su inspiración genial». Se confiaba en la contribución a esta empresa de «todos los buenos católicos murcianos». Fue el 16 de diciembre de 1923, cuando se informó que Planes había realizado el boceto en Madrid, y que sería presentado en Murcia a finales de año. En efecto, fue expuesto en el trascoro de la Catedral y, de hecho, se organizó una serie de actos, con la finalidad de rendir culto al Corazón de Jesús, y protestar contra la blasfemia, a base de manifestaciones religiosas y procesiones, a las que los vecinos de la huerta murciana concurrieron en gran número. Como periódico abiertamente católico, 'La Verdad' del 3 de enero de 1924 publicaba un editorial en el que se leía: «Nuestro escultor -y esta frase nos releva de consignar el nombre de José Planes, encumbrado por la crítica y galardonado con las más preciadas recompensas oficiales- ha plasmado en la estatua la virtud excelsa, con una concepción genial, que coloca el proyecto de monumento en uno de los primeros lugares, entre los varios que se han erigido o están en vías de ejecución en España».

El pueblo respondió en los actos religiosos organizados en torno a la maqueta de monumento, y en la celebración de otras solemnidades sobre el Sagrado Corazón, como el aniversario de su entronización en el Cerro de los Ángeles. También la ciudadanía depositaba sus aportaciones voluntarias para la erección de la gigantesca escultura de Monteagudo. El periódico publicaba con regularidad la relación de quienes donaban sus ayudas. Así, «lo que parecía cosa irrealizable y que muchos calificaban de utópico, por las dificultades urgidas, nos deja entrever que en un breve espacio de tiempo, va a tener feliz realización». A mediados de agosto de 1924, estaba a punto de concluir la instalación de los rieles para la elevación de los materiales. Planes se comprometía a dejar colocada la monumental escultura en el plazo de un año. Don José Maestre donó un cable de acero con fortaleza suficiente para elevar pesos de hasta tres mil kilos. Pese a todo, y para restar gastos -ya que tampoco se recaudaba todo lo necesario- surgió la polémica en torno a la reducción de las proporciones de la imagen, su posible realización en cemento y no en piedra, de lo que propio tesorero de la Junta, Antonio Meseguer, se mostraba partidario. Junto a esto, las opiniones distintas entre miembros de dicha junta y responsables del Apostolado de la Oración -organización implicada directamente en la erección del monumento- fueron, acaso, las causas que obligaron a que Planes eludiera su compromiso. Saltó también la noticia de que se había solicitado con anterioridad a Coullot Valera la realización de una imagen del Corazón de Jesús -a lo que estaba dispuesto-, de tres metros de altura, por 30.000 pesetas, pero que sería colocada sobre la fachada de la Catedral.

Hubo que esperar hasta el 19 de octubre de 1926, para que se confirmase que la inauguración de la colosal imagen se celebraría el 31 del mes en curso. En 'La Verdad' se describía detalladamente cómo era la escultura, obra no de Planes, sino del «joven escultor murciano Antonio Nicolás, quien ha trabajado con grande empeño, entusiasmo y cariño en esta obra, en la que se nos ha revelado como un gran artista, que honrará a la patria chica con notables producciones». En torno al Monumento, también se alzaban imágenes, de tres metros de altura, de la Virgen María, San Francisco de Asís, San Francisco Javier y Santa Margarita María Alacoque.

La bendición e inauguración de la gran obra provocó la llegada a la capital de numerosos personajes y murcianos ausentes, así como la concurrencia hasta Monteagudo de romerías desde numerosas pedanías. Fue «una sorprendente manifestación de fe».

Martínez García, ex-director temporal del periódico, por su nombramiento como alcalde de Murcia, en su discurso de consagración de la ciudad al Corazón de Jesús, pedía que la grandiosa imagen fuese «atalaya y baluarte de nuestras creencias (…), de donde brote, como ley suprema de nuestro pueblo, el aglutinante de la Caridad, emanada de la fuente inagotable de Vuestro Corazón Deifico». El alcalde solicitaba al Corazón de Jesús que "extendiera su amoroso reinado sobre una población modernizada con los progresos de la urbanización y digna del espléndido marco de bellezas naturales". Excepto La Verdad, los demás diarios de la capital se limitaron a ofrecer una breve información de cómo se había desarrollado todo el acto.

Habrían de pasar varios años -hasta el 10 de enero de 1929- para encontrar de nuevo el nombre de Martínez García, unido a esta obra. Como secretario de la Junta Diocesana para la Conservación del Monumento, Martínez García publicaba una carta en 'La Verdad', en la que se lamentaba de que, debido al déficit alcanzado durante la construcción, todavía no se había podido asegurar la conveniente custodia y protección de dicho monumento. Por esto se comenzó a construir un santuario, para albergar una comunidad religiosa, que atendiera la seguridad del lugar. También se proyectaba instalar un reformatorio para niños, dirigido por los mismos religiosos. Para estas nuevas obras no se solicitaban colectas populares, sino que se llamaba a «a las puertas de personas pudientes o de posición social desahogada».

Aquel primer monumento fue abatido durante la guerra civil, y fue sustituido en 1951 por el actual, obra de Nicolás Martínez Ramón.

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