El Entierro donde todo es posible

Paso de la comitiva de los sardineros por la Gran Vía, donde se agolparon miles de personas para hacerse con alguno de los juguetes que lanzaban al aire./Javier Carrión / AGM
Paso de la comitiva de los sardineros por la Gran Vía, donde se agolparon miles de personas para hacerse con alguno de los juguetes que lanzaban al aire. / Javier Carrión / AGM

La Agrupación Sardinera se luce con un gran desfile en el que brillaron los números musicales; las expectativas de visitantes se cumplieron a pesar de la amenaza de lluvia

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Qué tendrá que ver una nave espacial de la NASA, un dragón lanzallamas, los gaiteros irlandeses de la St. Joseph's Pipe Band de Glasdrumman, las morenadas y diabladas del carnaval de Bolivia, Einstein y las coloreadas diosas del Olimpo? Nada y todo, según se vea. Posiblemente el único lugar del mundo donde ese 'totum revolutum' no chirríe sea en Murcia, en el Entierro de la Sardina, inenarrable pasacalles que consigue que la imaginación corra como un corcel sin frenos. Es una fantasía que deja colosales impresiones y mete de lleno a los niños en el universo de colorines y personajes mitológicos que los 23 grupos sardineros fusionan en un despliegue que trasciende la lógica. El interés, a la vista del éxito de convocatoria, escapa de los confines conocidos. Y todo sucede en una noche en la que no hay palabras para describir semejante concatenación de impactos.

Si empezamos por el final, la carroza de Hércules, por ejemplo, sería difícil de olvidar, con sus costados narrando escenas de corte animalesco, con el jabalí de Erimanto, la cierva de Cerinea, las yeguas de Diomedes y las manzanas del jardín de las Hespérides. En el Entierro cabe todo -incluso Pepe Lucas, autor de la carroza de Marte-. Después de verlo todo, uno se convence de que el éxito de la fiesta es su capacidad de sugerir, descolocar, impresionar y, por qué no, de aprender. Al final uno entiende por qué los sardineros deben andar con casco y gafas. Milagroso es que la batalla campal que se monta para alzarse con una pelota de plástico, una espada o un peluche acabe con un número de percances anecdótico.

La banda de la Academia General del Aire de San Javier abrió la comitiva por su 75 aniversario. Con el desfile ya lanzado, la barra del Estrella de Mar todavía era un carnaval, con los más estrambóticos capisayos templando los nervios con centollo y camarón. Allí estaba congregada la 'crème' de la 'crème'. Arrancaron con una marcial combinación las cholitas de Bolivia con sus trenzas y sus bombines. Diablos y soldaditos pasaron por el filo de sus cuchillos de broma las testas de la encendida chiquillada. Vimos faldas de las mil y una noches, zancudos medievales (desde algunos balcones podían peinarlos) y constatamos lo bien que sienta la batucada a este festejo. Nada hay más contagioso que la música, si exceptuamos el pito, protagonista capital junto con la sardina en su última exhalación. La mascota de anoche llevaba dos caballitos de mar y publicidad de la Costa Cálida. ¡Y lo que gusta en Murcia un enanito no se puede explicar! Y qué decir si se juntan siete. Dora, Minnie, Batman, Mario Bros... Todos tienen su sitio. Un caracol lanzaba agua por las antenas y la tractorista se partía de la risa pidiendo perdón. La gente cayó en la trampa de los pies del ciempiés y de las patas de la araña. Los cabezudos enseñaban su truco, y prestaban sus cabezas de cartón. El dragón rojo tenía cola; la gente quería subirse a su lomo. Y el verde también. El caballo blanco con alas era conducido por yeguas con zancos.

El ímpetu de la Agrupación Sardinera para que el Entierro sobresalga entre los festejos más excepcionales de España hace que no haya momento para el aburrimiento. Llegaban mensajes directos incitando al gozo («la vida es una y es un carnaval»). Vimos robots que no son nada sin los humanos, musas emplumadas, toros mecánicos y la sigilosa bestia de Conte con sus ojos rojos intermitentes y su boca de infierno llameante. Es un espectáculo que no sale solo y en el que la organización merece un aplauso. No puede extrañar que en nuestra constelación haya siempre brillando una estrella sardinera. Lo consiguen un año más y nos dejan con la misma incógnita sin resolver: ¿Cómo puede existir algo así?

Los marranos del exconcejal Roque Ortiz salieron a pasear. ¿Quién se acordaba ya de los abanicos de Lokomía? ¡Y de Manolo Escobar y su viva España! En una plataforma iban Puigdemont y Rajoy. El expresident se echaba manos a las esposas, mientras movía la estelada, y decía: «Si me van a meter preso ya». Algunos no reprimían los insultos. Los ritmos latinos, con temas como 'Pa mí tú no eres 'na', tú tienes la bemba colorá' daban ganas de apuntarse a clases de salsa. Fue un Entierro de equilibristas volando entre globos, de piratas del Caribe y de Einstein, que lanzó mensajes llamando a la fraternidad. ¡Y la gente le decía loco!

En el Centro Brujo se podía leer: «Albarracín y Champion vais con nosotros». Ulises lució poderoso con luces led. Júpiter dio osos de peluche. Antonio Castillejo, conductor del tractor que llevaba a los de Eros, iba tranquilote: «Por la Gran Vía vamos a suela, a 3 o 4 kilómetros por hora. Para que la gente no se meta en las ruedas. El primer año nos dejamos la cabeza en un cable». Vulcano ardía y López Rejas exhibía su cara más dadivosa. Ceres invitó a sus hachoneros a jamón (con cortador incluido), pan, tomate y vino.

Javier Mora desfiló por primera vez en la barriga de su madre, Tomi Barroso, vestida de la emperatriz Sissí. Fue hace 30 años. Ayer iba de hachonero de Diana Cazadora, donde en tiempos salía Raimundo, y estaba feliz, como si aún no hubiera crecido.

 

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