'El dolor de los demás'

'El dolor de los demás'
Ilustración Tatiana Abellán

'Ababol' publica el primer capítulo de la nueva novela del autor de 'Intento de escapada' y 'El instante de peligro', las editadas en la colección 'Narrativas hispánicas' de la editorial Anagrama. 'El dolor de los demás' será presentada a nivel nacional a primeros de mayo. «La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos» (SUSAN SONTAG)

POR MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Han entrado en la casa de la Rosario, dice tu padre desde la habitación de al lado, han matado a la Rosi y se han llevado al Nicolás.

Es lo primero que oyes. La voz que te despierta. La frase que ya nunca podrás olvidar.

Por un momento, prefieres pensar que forma parte de un sueño y permaneces inmóvil bajo las sábanas. Son las cinco de la madrugada y apenas has conseguido dormir. La cena de Nochebuena no te sentó bien y llevas varias horas dando vueltas en la cama.

Han matado a la Rosi y se han llevado al Nicolás, escuchas ahora a tu padre decir con total claridad.

Es entonces cuando abres los ojos y, sin entender todavía nada, saltas de la cama, te vistes con lo primero que encuentras y sales corriendo hacia la sala de estar.

Tu madre, en camisón junto al árbol de Navidad, te mira y comienza a llorar.

Los críos de la Rosario..., consigue decir. ¿Qué ha pasado?, preguntas. Algo muy feo, contesta, algo feo, hijo. Y se lleva las manos a la cara para ocultar las lágrimas.

Tu padre, en el aseo, termina de vestirse. Tu hermano, el primero en enterarse, lo apremia desde la puerta.

Vente si quieres, te dice al salir.

Tu madre se queda en casa y tú marchas con ellos.

Llevad cuidado, advierte. Y cierra la puerta con llave.

El frío se te mete bajo la piel y la humedad te atraviesa la cabeza. Es diciembre en la huerta de Murcia.

Camináis los tres en silencio por el carril oscuro. El rumor de fondo lo absorbe todo. Aumenta conforme os aproximáis a la carretera y os dirigís hacia la explanada, atestada de siluetas que se disuelven en la penumbra.

La luz mortecina de un plafón resquebrajado ilumina los rostros. Nadie se mira de frente. Todo se dice en voz baja.

Tres coches patrulla bloquean el acceso a la puerta de la casa. Junto a ellos, solo, moviéndose en pequeños círculos con las manos detrás de la espalda, distingues al padre de tu amigo.

¿Qué ha pasado, Antón?, pregunta tu hermano cuando llegáis a su altura.

Nada..., balbucea sin levantar la mirada del suelo, que han matado a mi Rosi y han secuestrado a mi Nicolás.

Pero ¿quiénes?, ¿cómo?, pregunta tu padre.

Nada..., que a mi Rosi la han matado. Y se han llevado a mi Nicolás.

Es lo único que dice. Una y otra vez. Repite lo mismo al vecino de enfrente, a tu vecina Julia, a tu prima Maruja, a todo el que detiene el coche y se acerca a preguntar. Lo dice con la misma mirada perdida, el mismo rostro descompuesto y la misma actitud de incredulidad, como si verdaderamente no supiera nada, como si nada, en realidad, hubiera sucedido.

Así comienza siempre que le preguntan.

Nada...

Y eso es lo que nadie entiende. La nada de lo que no puede ser dicho. La nada que comienza poco a poco a apoderarse de todos los rincones de la escena. La nada que te paraliza y nubla tu mente. La nada y dos preguntas:

¿Quién ha matado a la Rosi?

¿Quién se ha llevado a Nicolás?

1

-Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco.

-No le des más vueltas, chaval. Ahí está la historia que buscas.

El escritor Sergio del Molino había venido a Murcia a presentar 'Lo que a nadie le importa', y yo acababa de decirle que la historia que contaba en esa novela, la reconstrucción de la vida de su abuelo materno, me había dejado sin ideas para mi próximo proyecto. Aunque seguía inmerso en la escritura de mi segunda novela, durante los últimos meses había comenzado a esbozar en unos folios la historia del padre de mi padre. A principios del verano, uno de mis tíos de Argentina había regresado a España tras varias décadas de ausencia y, durante una comida organizada por mis hermanos, había dejado a toda la familia hipnotizada con el relato de la historia del abuelo Cristóbal. Según contó mi tío, su padre fue espía de Franco en África, era temido en Guadix por sus fechorías durante la posguerra, raptó a mi abuela cuando ella acababa de cumplir doce años y, a finales de los cincuenta, se llevó a casi toda la familia a Argentina en busca de aventura. Allí los abandonó a todos nada más llegar y no volvieron a saber nada de él hasta mediados de los setenta, cuando encontraron su cadáver en la cuneta de una carretera rural.

Yo había oído alguna vez a mi padre hablar del carácter y la rectitud de mi abuelo, de cómo los guardias civiles se cuadraban en su presencia en los años posteriores a la guerra e incluso de cómo había saltado la tapia de la casa de mi abuela para llevársela a la fuerza. Seguramente también él habría contado algún día esa historia argentina que años después su hermano nos relató. Si lo hizo, no lo recuerdo, o tal vez no le prestase atención. Los hijos no escuchan a los padres. Y solo reparan en ello cuando ya es demasiado tarde. Tal vez por eso -y quizá también porque, a pesar del marcado acento argentino, su tono de voz grave me hizo evocar a mi padre- aquella tarde seguí la narración de mi tío como si fueran los cuentos de las mil y una noches. Y cuando, tras concluir su relato, hizo una pausa y exclamó «Menudo hijo de puta, el abuelo Cristóbal», sentí de pronto la necesidad de ahondar en la vida de ese desconocido del que ni siquiera había visto una fotografía.

Durante varios meses esa historia fue ganando espacio en mi cabeza. Abrí un cuaderno y poco a poco fui llenándolo de notas, esbozos e ideas. Incluso me planteé abandonar la novela que estaba escribiendo en ese momento. Sin embargo, a finales del verano de 2014, justo cuando había decidido en firme que mi próximo libro intentaría dejar constancia de las andanzas de mi antepasado infame y vil, llegó a casa el libro de Sergio del Molino y desbarató todos mis planes. Él había escrito lo que yo quería escribir. Aunque se trataba de vidas diferentes -su abuelo no era un miserable como parecía serlo el mío-, lo que yo quería narrar -la historia de un país y una generación a través de la historia de una persona cualquiera- constituía precisamente el corazón del libro de Sergio. Comenzar a escribir después de él no tenía demasiado sentido. Al menos, no en ese momento. Por eso, cuando me lo encontré en Murcia varios meses después, no pude evitar decirle:

-Cabrón, me has quitado mi próxima novela.

Y fue entonces cuando, tras conversar acerca de autoficción, no-ficción, novelas inspiradas en hechos reales y autobiografías, le comenté que, aparte de la vida de mi abuelo, había una historia que hacía mucho tiempo que estaba dentro de mí. Una historia amarga que no sabía si algún día tendría el coraje de afrontar y que esa tarde resumí en una frase seca y desnuda:

-Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco.

Esa frase contenía una historia. El pasado del que toda mi vida he estado intentando escapar.

 

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