Retratos taurinos y paisajes urbanos

Pepín Liria, retratado por Pablo Schugurensky./
Pepín Liria, retratado por Pablo Schugurensky.

PEDRO SOLER

El parecido se nos puede enturbiar un poco cuando los protagonistas, a los que en otros tiempos hemos conocido más cercanamente, han caído en el pozo del olvido y ya son como personajes de una época inconcreta. O puede suceder también que la fotografía que ha servido para ser convertida en retrato no nos oferte los rasgos más característicos de determinados héroes de la tauromaquia, que quedaron en nuestra memoria. Se escribe esto a propósito de la exposición 'Retratos de sangre y oro', de Pablo Schugurensky, en Two Art Gallery, un proyecto que debió de suponer para el autor un riesgo afrontado con tal valentía como la que el torero concentra ante la bravura del toro recién arrancado de los toriles.

Autenticidad

Lo que hace Schugurensky es retratar a cincuenta toreros, desde Juan Belmonte a Cayetano Rivera Ordóñez, basándose en fotografías, que lógicamente no todas quedan centralizadas en aquella faceta más atractiva del diestro. Y, como se ha indicado, a los espectadores puede resultarles alguno de estos retratos alejado del diestro en cuestión. Pese a todo, más que en el parecido virtual, total y absoluto, siempre hay que buscar el gesto, el tic, lo singular, que es, precisamente, lo que más destaca en esta serie de retratos. Si eludimos ese parecido, que no siempre tiene por qué ser lo primero que el espectador desea encontrar, la labor del artista se convierte en fácil faena, no digamos que taurina, pero sí visual, para captar la intimidad de muchos de los retratados. Y quienes hayan trascendido ciertas edades también advertirán la autenticidad de aquellos toreros, que hace más de medio siglo eran primeras figuras, siempre acompañadas de unos requisitos taurinos incuestionables. Véanse los retratos de Domingo Ortega, Luis Miguel, Bienvenida... porque aportarán una riada de autenticidades expresivas. Y, según se vaya cruzando el tremendo charco que supone el paso del tiempo, será más fácil captar la esencia íntima de numerosos diestros, cuyos retratos cuelgan en la exposición, porque son sentimientos lo que, principalmente, busca Pablo Schugurensky.

Signo de preocupación

Por eso, la mirada del torero se convierte, con frecuencia, en signo de preocupación, vaya dirigida hacia el infinito o hacia la arena; otras veces es un síntoma de reconcentrada pose, porque no parece mirar hacia lugar alguno, sino hacia el propio interior; pero también puede convertirse en un toque de ironía ante el interés del fotógrafo por captar, más que la inquietud reinante, el presumible primor del rostro. El pintor multiplica así las posibilidades expresivas de cada uno de los personajes.

Habría que añadir que estamos ante un pintor, iletrado en cuestiones taurinas, pero que sí ha sabido, como experto retratista, profundizar en la materia, marcándose unas pautas que quieren dar a cada uno de los retratados un aspecto diferente. Con esta finalidad, también ha vertido sobre los rostros pequeños detalles, que reflejan cómo las fotografías en que se basan los retratos han sido tomadas en plena culminación de la faena o, hasta puede intuirse, tras el revés sufrido. Hay, pues, un completo juego de posibilidades con las que el artista busca la máxima autenticidad a su faena pictórica.

Navarro Menchón, en Babel

En su exposición 'La divina tragicomedia', de la galería Babel, Antonio Navarro Menchón parece como si hubiese querido ofrecer todas sus posibilidades pictóricas, dentro de un estilo muy realista. Por esto, hay paisajes de fondos inalcanzables, urbes mastodónticas y entrañables rincones hogareños. El artista representa cada modalidad con unos efectos distintos, con obras capaces de desconcertar, entre las que destacan las realizadas con un claro hiperrealismo, que representan objetos y enseres no importantes, pero sí imprescindibles. Autor autodidacta, quizá la atracción que haya sentido hacia la pintura le lleva a abrazar todas esas contingencias que este arte ofrece. Por lo contemplado en la muestra, no se detiene ante nada, aunque esos paisajes ilimitados disientan del realismo bien plantado que transmite en otras piezas. Lo que hace Moreno Menchón en sus paisajes urbanos es transformarlos de tal modo que hasta los convierte en irrealidades, en presumibles sueños, en contrastes con ese realismo tan dificultoso. Quizá se trate de esa inquietud apuntada, que lleva al pintor a penetrar por derroteros que pueden resultar contradictorios, aunque siempre queda claro que es un cautivo de los colores tensos, como elemento esencial en la configuración de su obra, pero también de una luminosidad que hace penetrar, con dominio de causa, en las rinconadas llenas de intimidad, y que, sin embargo, se hace más umbrosa en esos paisajes en los que luces y sombras luchan por imponerse.

 

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