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Ocho voces frente a la barbarie

REGIÓN de MURCIA

Ocho voces frente a la barbarie

Decenas de murcianos dan lo mejor de sí mismos por todo el mundo; 'La Verdad' recoge algunas de sus historias frente a la violencia, la injusticia, el olvido y, en algunos lugares, la amenaza de secuestro

30.10.11 - 02:47 -
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Teresa Postigo todavía recuerda el día que pasó en los huertos del campamento saharaui de Djala, en Tinduf, junto a Ainhoa Fernández, una joven extremeña que comparte su pasión por las plantas y los árboles. Dos amantes de la jardinería caminando en una llanura inmensa de piedras, arena y polvo. Contemplando cómo, en este lugar olvidado del desierto al que los saharauis del Polisario fueron a parar hace décadas, han crecido ya tomates y verduras.
Aquello fue en febrero, la última vez que Teresa Postigo, la presidenta de la Asociación de Amistad y Solidaridad con el Pueblo Saharaui del Mar Menor, estuvo en Djala para comprobar la marcha del proyecto de huertos familiares que la ONG lleva a cabo en colaboración con otras asociaciones españolas. También sembró, en esa ocasión, un campo de plantas medicinales tradicionales promovido por la organización Jardines del Mundo.
Teresa sintió que su corazón se agrietaba como la tierra reseca del desierto cuando, el 23 de octubre, vio en televisión el rostro de aquella chica extremeña de 30 años a la que alguien -todo indica que Al Qaida- había secuestrado junto al mallorquín Enric Gonyalons y la italiana Rosella Urru. «Habíamos quedado en que nos veríamos cuando yo volviese», explica esta trabajadora del Ayuntamiento de San Javier.
El reencuentro estaba previsto para este mes de diciembre, cuando Teresa Postigo y su hermana regresarán al campamento de Djala. Pero ahora, nadie sabe si el abrazo será posible o si para entonces Ainhoa Fernández y sus compañeros todavía estarán secuestrados.
Lo que sí tiene claro Teresa es que no va a quedarse en casa por miedo. «Vamos a ir, claro que sí. Al día siguiente de los secuestros, a los voluntarios y cooperantes les ofrecieron un avión por si querían volver a España. Pero ninguno quiso. Esto no nos va a detener. Es horrible, pero los campamentos son una zona segura. Esto podría haber pasado en cualquier parte». Si las ONG abandonan el desierto, será el fin para los saharauis. «Para ellos esto ha sido un golpe durísimo. Necesitan la ayuda humanitaria», recuerda.
Son demasiados lazos, demasiado trabajo sembrado como para dejar que la barbarie arrolle con todo. Teresa Postigo abrió las puertas de su casa hace quince años a una niña de los campamentos, gracias al programa Vacaciones en Paz. Poco después conoció Tinduf, y quedó ligada a aquella tierra para siempre. Ahora tiene a dos niños acogidos en su casa de San Javier: Salamu, de 20 años, y Sadam, de 16. «El mayor vino en el año 2000, y el otro en el 2002. Sus padres nos pidieron que nos hiciésemos cargo de ellos porque tienen problemas médicos y necesitan atención en España, así que aquí viven, con mi marido y conmigo», explica.
Son decenas los murcianos que viven con un trozo de alma en Tinduf. Fermín Oliveros, psicólogo del Servicio Murciano de Salud, lleva desde los años 90 implicado en la Asociación de Amigos del Sahara de Murcia, y ahora colabora con un programa de refuerzo de lengua española en la zona. Estuvo en Rabuni, la capital administrativa del Polisario, justo la noche anterior al secuestro protagonizado por Al Qaida. «Podría haberme tocado a mí», admite. A los tres cooperantes secuestrados los conoce de vista. «Con Rosella, la chica italiana, estuve charlando un rato. Estaba muy contenta, llevaba ya año y medio allí, y tenía muchos planes», recuerda.
«Nunca ha habido problemas de seguridad. En el edificio donde viven los cooperantes hay un vigilante, pero solo para evitar robos». Fermín Oliveros tiene ya preparadas las maletas, porque el 15 de noviembre vuelve a Rabuni. 90 profesores saharauis se examinarán ese día de español, tras haber recibido 240 horas de clase gracias a la Agencia Española de Cooperación y el Instituto Cervantes. Oliveros debe encargarse de toda la logística. Pero ésta es solo la última aventura en la que anda embarcado este psicólogo. Conoció Tinduf en 1997, y quedó impresionado. «Me impactó la dureza del terreno, un desierto pedregoso y completamente árido, y la dureza de sus condiciones de vida. No tenían luz ni agua corriente, pero eran tremendamente hospitalarios. Te daban su leche en polvo y convertían el té en todo un ritual».
Ahora, la situación ha cambiado. Las jaimas han dado lugar a casas de barro, y cada vez hay más acceso a agua potable. Gracias entre otras cosas a la ayuda murciana, porque la asociación ha corrido con el mantenimiento de las máquinas para perforar pozos y ha aportado seis camiones cisterna para distribuir el agua. «Sé que no vamos a cambiar el mundo -confiesa Oliveros- pero cuando voy allí y repartimos alimentos o llevamos el transporte, siento que algo sí ha cambiado».
La sensación más maravillosa que recuerda la tuvo en 2008 en Birlehu, uno de los campamentos. En mitad del desierto más inhóspito vio brotar el agua de un pozo construido con ayuda de la Región. «Allí estaba yo, sentado frente a aquel chorro de agua que saltaba. Por un momento fui muy feliz. Es una sensación digna de vivir. Todos deberíamos vivirla».
Medicina en la selva
Violaciones masivas
Seguramente Isidro Carrión, enfermero murciano de 30 años, comprende bien lo que sintió Fermín Oliveros. Carrión decidió que la cooperación era su vocación profesional, así que se embarcó en Médicos Sin Fronteras (MSF). Acaba de llegar de la República Democrática del Congo, donde ha permanecido ocho meses. Allí ha luchado contra la malaria, el cólera, el sida y la tuberculosis, algunos de los males que azotan a este país, uno de los más pobres del planeta y duramente golpeado por la guerra. Muchos de sus pacientes, en el hospital de Baraka, eran desplazados por los conflictos eternos de la zona. La huella del genocidio de Ruanda y de las luchas étnicas sigue presente. Quedan, además, restos de guerrillas. «Hay muchísimos problemas, y uno de ellos es la violencia sexual. Las violaciones masivas se usan como arma de guerra», recuerda Isidro Carrión. Así que, acompañado por el resto del personal del hospital -la gran mayoría profesionales congoleños- el enfermero murciano tuvo que trasladarse hasta poblados donde más de 200 mujeres habían sido violadas por los grupos armados.
Dos compañeras de Isidro Carrión, Monserrat Serra y Blanca Thiebaut, fueron secuestradas a principios de octubre en Kenia. Carrión no habla sobre el tema -es la política de MSF- pero recuerda que su organización es seria y ofrece todas las garantías a sus profesionales. «Somos neutrales, y las distintas partes que se enfrentan en los conflictos en los que estamos presentes nos respetan porque nos perciben como independientes», explica. Tiene claro que no piensa tirar la toalla, aunque admite que las familias suelen tener miedo.
También los Cirujanos Solidarios de La Arrixaca se han enfrentado a los miedos de los suyos desde que comenzaron los secuestros de cooperantes y Al Qaida del Magreb se hizo fuerte en el norte de Mali, un país que esta ONG ha visitado con frecuencia, aunque siempre dirigiendo sus pasos al sur, una zona mucho más segura y alejada de extremismos. Este año, los sanitarios de La Arrixaca -16 médicos y 6 enfermeras- estuvieron en Camerún, un país que ya habían visitado en cuatro ocasiones anteriores. En quince días de septiembre, operaron a 190 personas en los quirófanos que montaron en Pengpis, una zona alejada de los núcleos urbanos. «Viene gente andando horas y horas para que les atendamos. Es la única oportunidad que tienen para operarse de forma gratuita en todo el año», recuerda el cirujano José Manuel Rodríguez.
Verano en Sudán del Sur
Los 'niños soldado'
Francisco Serrano y Pablo Nicolás de Prado pertenecen a Entreculturas, una ONG vinculada a la Compañía de Jesús, y todavía conservan el recuerdo de las horas pasadas las tardes de este verano junto a los niños de la zona rural de Lobone, en Sudán del Sur. Llegaron el 8 de julio, justo el día después de la declaración de independencia de este pequeño territorio, que se ha separado de su vecino del norte tras años de cruenta guerra civil. El Servicio Jesuita de Atención a Refugiados mantiene en Lobone tres centros escolares, y allí tratan de recuperar la esperanza decenas de niños recién llegados de los campos de refugiados de Uganda. «La gente está retornado. Hay mucha pobreza, pero se respira un ambiente de paz y concordia», explican Francisco y Pablo, dos jóvenes entusiastas de 31 años.
Francisco está haciendo un máster en Cooperación Internacional en la Universidad de Murcia, y trabaja como coordinador en Entreculturas. Pablo es profesor de Formación Profesional. Los veranos los dedican a proyectos de voluntariado en el exterior. En Sudán del Sur han visto las secuelas de la barbarie, pero también la capacidad de un pueblo para sobreponerse y construir un futuro: «La guerra lo destruyó todo, arrasó los campos de café y cacao. Ahora los están recuperando. Viven en 'tukules', casas de barro y caña en las que no tienen ni luz ni agua. Hay muchísimo por hacer, pero es muy emocionante ver cómo en un lugar tan remoto, donde no llega nada, hay escuelas. La educación es la herramienta para salir de la pobreza». Pablo y Francisco han jugado este verano con balones hechos con vendas. Han saltado a la comba, hecha con vainas de maíz. Algunos de los niños con los que han jugado fueron durante la guerra, probablemente, 'niños soldado'. «Es una realidad muy dura que está ahí. Es difícil que te lo cuenten. A los niños los secuestraban y se los llevaban al monte. A algunos les obligaban a matar antes a su familia. Así ya no tenían ningún motivo para escapar y volver a casa».
América Latina
«El mundo te cambia a ti»
No es el primer verano en que los dos amigos salen al exterior. Pablo es voluntario desde hace nueve años. Francisco desde hace cinco. Pasó casi un año entero en Guatemala, en un colegio de la organización jesuita Fe y Alegría. Encontró a niños con un color de piel distinto, pero no tan diferentes a los pequeños sudaneses: «Todos tienen algo en común: luchan por jugar, por tener una infancia y por ir a la escuela». El trabajo infantil es una de las grandes lacras de Centroamérica. «Había niños que se levantaban a las cuatro de la mañana para conducir el ganado de sus padres. Después llegaban al colegio con ganas de aprender. Les encantaba la escuela», recuerda. Francisco no vivió durante su tiempo en Guatemala en una vivienda llena de comodidades. Se alojó en el barrio de sus alumnos. «No puedes llegar allí como el occidental que va a arreglarlo todo. Tienes que ser uno más». Así que por las tardes se tomaba la merienda que preparaba su vecina, y por las noches participaba en sus tertulias.
Después de un año en aquella barriada, Francisco Martínez había cambiado para siempre. «Cuando empiezas en el voluntariado crees que vas a transformar el mundo. Pero es el mundo el que te cambia a ti. Cuando vuelves a Murcia, el choque es muy fuerte. Después de estar en Guatemala, cada vez que salía a cenar pensaba: ¿cuánto tiempo podría vivir una familia de allí con los 20 euros que me acabo de gastar?».
La experiencia que Tamara Martínez, estudiante de quinto de Pedagogía, ha vivido este verano en Paraguay ha sido muy similar. Durante mes y medio vivió en Bañada Sur, un barrio de casas-chabolas donde Fe y Alegría tiene también una escuela. La mayoría de los niños, y sus padres, viven del vertedero que se encuentra junto a la barriada. «Con cuatro años, los pequeños ya van por la calle vendiendo especias, y en cuanto crecen un poco van al vertedero», cuenta Tamara. La droga y la delincuencia juvenil son la gran lacra de la zona. Es el fruto de la injusticia y la pobreza. Pero Tamara Martínez no ha sentido miedo. «La gente de allí te arropa, te cuida».
También en Europa
Con discapacitados albaneses
También en Europa hay realidades que los voluntarios intentan cambiar. Pedro Mora lleva ya dos veranos acudiendo al Proyecto Esperanza en Velipojë (Albania). Allí se hace cargo, durante quince días, de un grupo de discapacitados físicos y psíquicos que esperan ese momento como el mejor del año. Una auténtica fiesta. Van a la playa, juegan y se sienten libres. En invierno viven en unas casas refugios habilitadas por una organización italiana, que sacó a estos chavales del horror de los orfanatos albaneses. «Los trataban como animales, y ni siquiera sabían qué discapacidad tenía cada niño. Simplemente los metían ahí y ya está», relata Pedro, al que la experiencia de conocer a esos chavales le ha conmovido para siempre. «En quince días, recibo más abrazos y más besos que el resto del año». Ese es, quizá, el mejor resumen de lo que alguien se encuentra cuando da a los demás lo mejor de sí mismo. Como tantos y tantos solidarios murcianos.
Teresa Postigo todavía recuerda el día que pasó en los huertos del campamento saharaui de Djala, en Tinduf, junto a Ainhoa Fernández, una joven extremeña que comparte su pasión por las plantas y los árboles. Dos amantes de la jardinería caminando en una llanura inmensa de piedras, arena y polvo. Contemplando cómo, en este lugar olvidado del desierto al que los saharauis del Polisario fueron a parar hace décadas, han crecido ya tomates y verduras.
Aquello fue en febrero, la última vez que Teresa Postigo, la presidenta de la Asociación de Amistad y Solidaridad con el Pueblo Saharaui del Mar Menor, estuvo en Djala para comprobar la marcha del proyecto de huertos familiares que la ONG lleva a cabo en colaboración con otras asociaciones españolas. También sembró, en esa ocasión, un campo de plantas medicinales tradicionales promovido por la organización Jardines del Mundo.
Teresa sintió que su corazón se agrietaba como la tierra reseca del desierto cuando, el 23 de octubre, vio en televisión el rostro de aquella chica extremeña de 30 años a la que alguien -todo indica que Al Qaida- había secuestrado junto al mallorquín Enric Gonyalons y la italiana Rosella Urru. «Habíamos quedado en que nos veríamos cuando yo volviese», explica esta trabajadora del Ayuntamiento de San Javier.
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Francisco Martínez y Pablo Nicolás, con los niños del poblado de Lobone, en Sudán del Sur.:: FOTO CEDIDA

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Una saharaui come uno de los tomates que crecen en Djala.:: T. P.

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Los discapacitados del Proyecto Esperanza, en la playa de Velipojë (Albania). :: PEDRO MORA