La Verdad

La casa de las muñecas

Casa de muñecas de Petronella Oortman, que se exhibe en el Rijksmuseum de Ámsterdam.
Casa de muñecas de Petronella Oortman, que se exhibe en el Rijksmuseum de Ámsterdam. / RIJKSMUSEUM
  • Johannes Brandt regaló esta obra de arte a su mujer para compensar el poco caso que le hacía, también en la alcoba

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En la decoración de la casa de Petronella Brandt, una joven holandesa hija de una familia de abolengo venida a menos (Oortman era su apellido de soltera) trabajaron alrededor de 800 personas durante veinticuatro años. Todo se cuidó hasta el último detalle porque Johannes, su marido, era uno de los comerciantes más prósperos de Ámsterdam, uno de los grandes centros de compraventa de productos procedentes de todo el mundo en aquellos años de finales de siglo XVII. Las nueve habitaciones de la vivienda están recubiertas por elegantes telas, hay cuadros, sofás, mesas, candelabros, vajillas, una cuna, un juego de backgammon... 700 piezas realizadas por los mejores pintores, tallistas, ebanistas, cesteros, plateros, vidrieros y encuadernadores. Cualquier turista de paso por la ciudad puede contemplar esa joya. Está en la segunda planta del Rijksmuseum, a dos pasos de la 'Ronda de noche' de Rembrandt. Porque la vivienda en la que tantos artistas y artesanos trabajaron y tanto dinero costó es... una casa de muñecas.

El regalo de esa joya, que según algunas fuentes quiso comprar años después el zar Pedro el Grande, es el punto de arranque de 'La casa de las miniaturas', la novela con la que una escritora novel de solo 32 años, Jessie Burton, ha vendido medio millón de ejemplares en el Reino Unido -batiendo en las listas a J.K. Rowling- y ha sido traducida a 34 lenguas. La edición en castellano llega hoy a las librerías.

La novela de Burton es una detalladísima recreación de la vida en Ámsterdam en un momento crucial de su historia. En el otoño de 1686, cuando Petronella llega a la ciudad tras haber contraído un matrimonio apresurado -y no consumado- en su pueblo, hace un año que se ha revocado la parte religiosa del Edicto de Nantes y miles de hugonotes han huido de Francia camino de los Países Bajos, intentando salvar sus bienes y algo de su patrimonio. Poco después, un aristócrata holandés será elegido rey de Inglaterra, Irlanda y Escocia, con el nombre de Guillermo III. Ese es el escenario geopolítico en el que transcurre la acción de la novela, aunque, como reconoce su autora durante un paseo por la ciudad con un grupo de periodistas españoles, su intención ha sido narrar la vida cotidiana de una urbe que luchó durante siglos para ganar terreno al mar y que en el combate «entre Dios y el florín, optó por el florín».

Se ve desde la primera escena de la novela, ambientada en la Oude Kerk, la iglesia vieja que se levanta en el corazón de lo que hoy es el 'barrio rojo'. En este templo, del que se borró toda figura humana durante la 'furia iconoclasta', un sacerdote reclama a sus fieles cada domingo honradez y virtud. «Hablo a esqueletos», dice en una ocasión para referirse al hedor moral de la ciudad. Es la hipocresía de los ricos comerciantes que acuden al templo con sus niños, sus criados y sus perros. La de los dueños de magníficas viviendas de apariencia modesta -los impuestos municipales se pagaban según los metros cuadrados de fachada a la calle-, cuyas ventanas nunca se cubrían con visillos. Era la aparente transparencia de una sociedad que de cara al exterior era intachable, pero que en las habitaciones traseras, como en su propia vida, escondía los peores pecados de aquel tiempo: embarazos fuera del matrimonio, sodomía, corrupción mercantil...

Una ciudad pragmática

Burton, una actriz de teatro que habla un castellano más que correcto -vivió un año en Cádiz-, decidió escribir esta historia a raíz de una visita al Rijksmuseum en la que quedó deslumbrada por la casa de muñecas. Al regresar a Londres, se documentó sobre la pieza y su época, estudió las imágenes del casco viejo de Ámsterdam y, cuando ya con el texto avanzado, descubrió que debía resolver algunos problemas se instaló en la ciudad unos días para recorrer metro a metro los escenarios de su libro.

La ruta la llevó hasta el actual Museo de Ámsterdam, que durante siglos fue un orfanato. De allí procede Cornelia, la criada de Petronella. La joven señora de la casa se verá obligada a visitar la antigua cárcel de hombres, hoy reconvertida en un centro comercial -solo se mantiene la puerta- y asistirá al juicio más célebre de su tiempo en el enorme palacio real de la plaza de Dam, entonces sede del Ayuntamiento porque el país no era aún una monarquía. En ese palacio y en la Oude Kerk se encontraba el doble corazón de Ámsterdam. En el primero, en uno de los sótanos, se guardaba el oro. En la iglesia, en una cámara de metal, se conservaban los documentos vitales para la urbe, tras una puerta con tres cerraduras que solo se podían abrir en presencia de los tres burgomaestres, responsable cada uno de ellos de una de las llaves.

«Esta era una ciudad pragmática, que recibió a judíos y católicos porque eran buenos comerciantes. La tolerancia religiosa convivía con el vicio», explica Burton. Tan pragmática que en ningún otro sitio como allí se daba libertad a las mujeres para manejar los negocios de sus esposos si estos morían. «Marin, la cuñada de Petronella, tiene en su habitación todos los símbolos del poder, como mapas y libros de cuentas, porque esa era su propia fantasía». Lo comenta Burton mientras continúa el paseo por la ciudad, donde su libro suscitó un gran interés -se publicó traducido un mes antes que en el Reino Unido-. De hecho, Marin era quien, hasta la tardía boda de su hermano, dirigía el día a día de los negocios de la familia Brandt en pie de igualdad con él. Era quien negociaba con los gremios que todo lo regulaban -fuera de ellos, cualquier actividad era una aventura, cuando no una ilegalidad- y quien defendía en público a uno de los dos criados de la casa, de raza negra, a quien algunos en la ciudad consideran poco menos que un monstruo.

En ese ambiente, Nella hace los primeros encargos para el regalo con el que su esposo trata de compensar la escasa atención que le presta, también en la alcoba. El miniaturista, a quien nunca llega a conocer, tendrá la capacidad de profundizar en el alma de los habitantes de la casa y de toda la ciudad. Al crear figuras y escenas está poniendo en solfa la parte no visible de la vida en los hogares y de la sociedad en su conjunto: los vicios privados y las virtudes públicas del siglo de oro de los Países Bajos.