Coplillas del fin del mundo

La luminosidad aséptica de la feria de los ricos frente a las calles oscurecidas de una megápolis sin metro en la que el esmog parece adherirse con mayor intensidad a los más miserables

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Empieza ArtBo, la feria de Arte de Colombia. Dan las 12 del mediodía en Bogotá y hacemos una videollamada a los críos. Hugo, muy sorprendido, nos dice que miremos detrás de nosotros. Solo vemos la ventana del hotel y detrás los rascacielos, no entendemos su sorpresa hasta que Martina grita «allí es de día». Mis hijos acaban de descubrir que la tierra es redonda y lo han hecho no por un libro, sino en tiempo real gracias a una tecnología que parece diseñada para aliviar el dolor de la distancia en padres viajeros. En Murcia, en la casa de sus titos Asun y Julio, se despiden habiendo descubierto el nuevo mundo y nosotros nos vamos a trabajar en un día en el que Colombia se debate entre dos grandes temas: el Barça-Madrid y la victoria electoral de Bolsonaro en Brasil.

Sobre el primero, toda América discute, sobre el segundo, no. En España nadie ha defendido a ese demente fascista. Cierto es que desde los partidos tampoco se ha hecho una cruzada al modo de Venezuela contra un tipo que ha anunciado en campaña que dará armas a los granjeros para que se enfrenten a los indígenas del Amazonas. Pareciéndome Maduro un personaje detestable, este me parece mucho peor, pero no da la sensación de que pase así entre nuestros líderes. Creo que les preocuparía más que Brasil fuera gobernado por Lopetegui.

En la televisión, una caravana de pobres recorre Centroamérica. Es una caravana como aquella de los primeros inmigrantes, los héroes que colonizaron el oeste para ganarse el pan. Los bisnietos de aquellos han olvidado que en su pasado hay un inmigrante y han enviado al ejército a combatirlos. En la siguiente noticia, Trump anuncia que no se dará la ciudadanía norteamericana automáticamente a los nacidos allí. En el país del Realismo Mágico esto tiene unas resonancias distintas y fantaseo con la idea de que no nazcan más norteamericanos y veo un mundo sin Estados Unidos. Pienso que, en esa hipótesis macondiana, América Latina sería el líder mundial, pero lo descarto con la siguiente noticia que va, como la mitad de ellas, de corrupción. Una directiva hospitalaria encarcelada por cobrar comisiones del distribuidor de café en los hospitales. A veces pienso que el Realismo Mágico es solo una versión edulcorada de la realidad colombiana.

Volamos a Cartagena de Indias para visitar a un coleccionista. Pasamos de los 10º a los 32 y de los 2.600 metros de altura a los 0. Nos da por acordarnos de Paquito y, en la ciudad en la que vivía García Márquez, ocurre el milagro cuando Carolina se quita el ya insoportable jersey y descubre que, por azar, lleva una camiseta de La Mar de Músicas. Entonces, desde los baluartes de una Cartagena pensamos en la otra.

Vuelta a Bogotá. Taxis y más táxis, la luminosidad aséptica de la feria de los ricos frente a las calles oscurecidas de una megápolis sin metro en la que el esmog parece adherirse con mayor intensidad a los más miserables, que fuman 'crack' en las medianeras de avenidas infinitas.

Fin. Sobrevolamos el Atlántico y un mar de cabezas mira las pequeñas pantallas en las que todos han elegido ver la misma película: 'Loving Pablo'. Unos días antes nos pasaron por el 'stand' a César Gaviria, el tipo que mató a Pablo. El expresidente es como una especie de figura pop, como pop es Pablo Escobar. El mundo ha decidido convertir en héroe a un asesino repugnante que, como siempre ocurre con el mal, resulta irresistible. Tal vez en lugar de 'Narcos' debiéramos recuperar 'La virgen de los sicarios', una peli sobre el libro de Fernando Vallejo que cuenta cómo fue la vida de los niños que, montados en motos, mataban a la gente por dinero en las calles de Medellín.

Vuelta a casa. Abrazos y ternura en el sofá mientras preparamos los disfraces para Halloween, una fiesta que nunca me ha gustado pero que a ellos les encanta. En realidad, a un viejo como yo no tiene por qué gustarle, ya estoy fuera del juego infantil por mucho que me aferre. Hugo se viste de esqueleto y Martina, de Catrina, como en un pareado de corrido mexicano. Cruzamos la plaza de Santa Eulalia en la se celebra Holywin, una lícita forma de combatir el hortera Halloween americano. Han instalado castillos hinchables y varias decenas de niños juegan. Los míos, como es normal, quieren subirse a uno de los castillos, pero una señora no les deja por ir disfrazados. Por primera vez en mucho tiempo no sé cómo reaccionar, nunca había visto en el primer mundo a una madre negar el juego a los hijos de otro. Los críos tampoco lo entienden. Por un momento la situación es negra pero ocurre algo. Mis hijos llevan una calabaza llena de chuches. Los niños a los que no han disfrazado se acercan y les piden y ellos, como está en su naturaleza, sí comparten lo que tienen. No sé qué pensó la madre que les prohibió el acceso al hinchable, no la miré. Salí de la plaza, de mi plaza, orgulloso de dos niños bellos por dentro y por fuera, aún incapaces de odiar al diferente y nos fuimos al parque de los perros, donde daba igual si ibas disfrazado o no y pasamos una noche preciosa de 'jet lag' entre sustos, chucherías y amigos.

Tal vez sí haya futuro.

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