'Ernesto', Pío Baroja y Ramón J. Sender, tres grandes pasiones

Hemingway, en una fotografía dedicada al yeclano: «Para José Luis, de un amigo. Ernest Hemingway'. /ABC
Hemingway, en una fotografía dedicada al yeclano: «Para José Luis, de un amigo. Ernest Hemingway'. / ABC

JOSÉ BELMONTE SERRANO

Azorín, que era pariente de su madre, Dámaso Alonso -Julia Figueira, la esposa de José Luis, fue su secretaria personal-, Miguel Delibes, Torrente Ballester, Cela, Carmen Conde, Buero Vallejo, Ernesto Sábato, Juan Rulfo, «prodigioso artista del don de la palabra y del uso de la imaginación», Octavio Paz, de quien dijo que «era la poesía del pensamiento, la palabra hecha pensamiento y el pensamiento hecho poesía», fueron algunos de sus principales amigos. Los escritores a los que Castillo-Puche, que se dedicó al periodismo y a la literatura durante más de sesenta años, quiso y admiró profundamente.

Sin embargo, sus tres grandes pasiones fueron Hemingway, al que siempre llamó por su españolizado nombre de pila; Pío Baroja, al que visitó durante años hasta que don Pío murió en 1956, y un exiliado ilustre, Ramón J. Sender, que falleció cuando preparaba las maletas para regresar a España, tras asegurarse de que Franco ya no iba a levantarse de su tumba. A los tres dedicó diversos artículos, trabajos de carácter científico, e incluso monografías que, aun hoy, son consultadas por especialistas de todo el mundo. En muchas universidades estadounidenses el novelista yeclano es conocido, sobre todo, por sus relaciones, intensas y fraternales, con el autor de 'El viejo y el mar'.

Muerte y toros

Hemingway, a mediados de los 50, tras haber cumplido su misión de reportero durante la Guerra Civil, llegó a Madrid, pasó por una de sus librerías, le llamó la atención uno de los títulos allí expuestos, 'Con la muerte al hombro' (siempre había tenido esa obsesión personal por la muerte en una plaza de toros, en la guerra, durante una cacería... y, como se sabe, terminó pegándose un tiro en la boca), y decidió comprarlo. Después de leer los primeros capítulos, se puso en contacto con la editorial y quiso conocer personalmente a su autor: un yeclano, José Luis Castillo-Puche, con un rostro parecido al de Búfalo Bill, afincado en la capital de España, que trabajaba de periodista y que contaba por entonces con treinta y cinco años de edad. Las relaciones entre ambos se prolongaron a lo largo del tiempo. Estuvieron juntos en los sanfermines, atiborrándose de vino y güisqui hasta el amanecer, y sellaron su amistad en Cuba, en donde Ernesto se tuteaba y charlaba a menudo con Fidel Castro, que era por entonces el rey del mambo.

Don Pío fue otra cosa. Baroja no fue amigo de casi nadie. Su carácter huraño, su miedo a la luz, su tacañería, sus ideas un tanto retrógradas, su independencia a prueba de bombas, su frío permanente y su desconfianza en el ser humano se lo impidieron. Pero Castillo-Puche supo acercarse y tratar al maestro del 98, con quien conversó durante horas, casi a diario, en sus últimos años. Puche fue quien hizo el papel de intermediario del primer encuentro entre Hemingway y Baroja. El autor de 'Zalacaín' ya estaba postrado en el que habría de ser su lecho de muerte. Con su habitual gorro de dormir y su cara demacrada, cercana ya al otro mundo. Ernesto plegó sus casi dos metros de altura ante la visión del viejo maestro de las letras, hincó en el suelo sus rodillas y le dijo a Baroja que él sí que merecía el Nobel de Literatura. Después, cuando falleció el escritor vasco, Hemingway, más terco que una mula, tozudo como siempre, se empeñó en bajar él solo, con sus propias manos, el féretro por las escaleras.

El temor a ETA

Sender tuvo muy mala suerte. Castillo-Puche comenzó a cartearse con él a finales de los cincuenta. Recientemente, en una de las revistas más prestigiosas de los Estados Unidos, 'Hispania', se han publicado nueve cartas inéditas del autor de 'Réquiem por un campesino español' que se conservaban, como oro en paño, en la Fundación Castillo-Puche de Yecla. En ellas, Sender, casi veinte años mayor que Castillo-Puche, le confiesa su inquietud por la futura democracia en España, su temor a ETA, su esperanza en que el futuro rey Juan Carlos pusiera orden y no cometiera los errores de los monarcas que le precedieron. Castillo-Puche, que había sido designado por el Gobierno español para llevar a cabo la repatriación de tan insigne figura, tenía el billete para viajar a California y recoger al viejo Sender, que quería morir en España y disfrutar aquí sus últimos días. Pero un ataque al corazón fulminó al escritor aragonés, que ya tenía las maletas hechas. Una de ellas cargada de ilusión y de esperanza.

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