¿Por qué nos sigue atrayendo?

L. I.

A Frankenstein no le queda otra opción que luchar. No tiene nada que perder; ni el nombre. Roba el de su padre, que lo rechaza por monstruoso y le llama «aborrecible», «inmundo», «infame». Le condena a vivir en soledad, sin pareja. Él le adviert e: «Amo la vida y la defenderé». Le reclama justicia: «Debéis asumir vuestros deberes, lo que me adeudáis». El científico se la niega; él se la toma por su mano y mata a su esposa en la noche de bodas. El ajuste de cuentas tiene muchas lecturas. La rebelión del oprimido frente al tirano; la lucha de las mujeres contra el dominio masculino; el castigo a la arrogancia de la ciencia al crear vida; el estallido de ideas progresistas y descubrimientos científicos que transgreden los límites...

¿Por qué nos sigue gustando? «Nos fascina porque habla de la relación entre la vida y la muerte», argumenta Sorcha Ni Fhlainn, profesora de la Universidad Metropolitana de Manchester. «La muerte es absoluta. Así que la idea de reanimar la carne es tanto impactante como cautivadora». Una atracción potenciada por el salto del personaje al cine con Boris Karloff en 1931. «Es icónico. Su interpretación quedó cimentada en la cultura popular». Con él, se grabó en la memoria colectiva un inconfundible grito: «¡Está vivo, está vivo!». Shelley postuló una pregunta más relevante hoy que nunca, destaca Ni Fhlainn: «¿Qué es ser un ser con sentidos? Si tú tienes una conversación con Siri o Alexa (asistentes virtuales de Apple y Amazon), ¿dónde empieza y termina la vida?».

Responde a ese interrogante el escritor y periodista canadiense Michael Harris. «Frankenstein está de actualidad ahora más que nunca porque todos podemos percibir que nuestras criaturas, endiabladamente poderosas, salen del labotatorio trastabilladas, disociadas, parcheadas...Y competimos por ponerles nombre (hola Siri), por cuidarlas. Nos damos prisa por insuflar humanidad a cada uno de nuestros nuevos y potencialmente rebeldes hijos». Para Matthias Classen, profesor de la Universidad Aarhus de Dinamarca, los monstruos no existen pero juegan un papel muy importante en nuestro paisaje mental. «Merodean por nuestras mentes ancestrales, para aparecer a media luz, debajo de la cama». Y, cuanto más nos interesamos por ellos, concluye, «más ahondamos en nuestra propia psique».