Mochilera por amor

Mochilera por amor
M. Saura

O de cómo irse por primera vez de acampada a los cincuenta cumplidos

Rosa Palo
ROSA PALO

No he ido nunca de acampada. Ni con las amigas, ni con las monjas, ni con los novios, ni con mi ex. Hasta que ha llegado él. Veinticinco años menos que yo, la criatura. Becario perdido. Un cuerpo y una cara que pa qué. Todos los días viéndole el cogote en la oficina hasta que, en la fiesta de Navidad de la empresa, me armé de valor y de dos gin tonics y le hice un perreo que se quedó traspuesto. «A mí me gustan mayores», se puso a cantarme el jodío. Y claro, le entré a saco, que yo las indirectas las pillo al vuelo. 'La Graduada', me llaman en la agencia de publicidad. Y yo, tan pichi. Y hasta hoy.

«Alquilemos un barco y hagamos un crucero por la costa croata, como Letizia y Felipe», le dejé caer en junio. Y me dijo que nanai, que él será pobre pero honrado y que no quiere que yo le pague las vacaciones. «Que no, que nos cogemos la mochila y nos vamos por ahí. Ya verás cómo te gusta». Y yo, con tal de verlo feliz, pues lo que haga falta, que lo tengo más consentido que a mi perrito 'Teddy'. Así que me preparé como pude: me tiré tres días viendo tutoriales en YouTube sobre cómo hacer fuego con dos palos, me repasé las últimas ediciones de 'Supervivientes' y me compré tres conjuntos monísimos en Coronel Tapioca, unas Panamá Jack con un poco de cuña y una mochila de sesenta y cinco kilos que llené hasta los topes con cosas de primerísima necesidad. Y el pavo, cuando me vio llegar con tanto equipaje, me vació la mochila entera: ni cremas hidratantes, ni reafirmantes, ni Wonderbra, ni neglillé, ni Orfidal, ni Almax. Dos pantalones, cuatro camisetas, tres bragas y un paquete de tiritas, me dejó el muy salvaje.

Total, que nos fuimos de aventura. La primera noche estuvimos en una zona que, según parecía, era el sitio perfecto para iniciarme en la acampada; tranquilo, pero cerca de la civilización. Y sí, efectivamente, era el sitio perfecto, sobre todo si te llamas Aurelio y quieres tener un rollo con un camionero, que salí un momento de la tienda y me topé con dos tíos dándose el lotazo y otro mirando. Viva el 'cruising' en el bosque. Y yo eso sí que no, que una será moderna, pero no tanto. Acabamos plegando la tienda a las doce de la noche, una '2 Seconds' del Decathlon, que sí que es verdad que tardas dos segundos en montarla, pero de lo que tardas en plegarla no te dicen nada: las tres de la mañana se nos hicieron intentando guardarla. Y venga a llegar tíos. Y venga a tirarle los trastos a mi pollo. Me tuve que poner en plan madre coraje a defenderlo, que a mí mi Bollycao no me lo levanta un payo.

Pero lo cierto es que no sé si fue peor dormir solos o rodeados de tíos salidos porque, cuando acampábamos en mitad de ninguna parte, yo pasaba un miedo cerval. Los ruidos. La oscuridad. Los bichos. Y mi churri, roncando como un campeón. Y yo, sin Orfidal. No he pegado ojo en una semana. Y del baño, ni hablamos. Se me ha ido la salud por el ano, como a María Jesús Ruiz. Porque lo de cagar en un agujero, pues como que no. Que tengo yo un váter japonés ideal que me deja el culo reluciente. Con música y todo. Que se lo quería llevar mi ex, que para eso lo había comprado él. Que si le medía el azúcar en la orina y el índice de grasa corporal. Que si le gustaba la sensación de aire caliente en los mismísimos. Que si solo se le relajaba el esfínter escuchando el Frühlingslied Op. 62 de Mendelssohn. No tuvimos bastante con pelearnos por la custodia de 'Teddy', que también tuvimos que pelearnos por el retrete. La juez, flipando. Pero el váter no salió de mi casa. Y el perro, tampoco. Un gato de esos sin pelo se ha terminado comprando el idiota. Igual de calvo que él. Así hacen juego.

En fin, que ha sido toda una experiencia. Para no repetir, porque si las noches son malas, los días ni te cuento. Tengo los pies reventados. Y mira que yo tengo el callo hecho, que me subí en tacones hasta la ermita de San Juan de Gaztelugatxe, pero para estas caminatas no te prepara ni el Sargento de Hierro. Y venga a andar por caminos de cabras, y a escalar, y a hacer cualquier cosa que pusiera en peligro mi integridad física. Qué ímpetu tiene el crío. Y qué ansia, que por la noche le entraba la llamada de lo salvaje y me dejaba hecha unos zorros. Contenta, pero matá. No estoy yo para seguir este ritmo. Ni el nocturno ni el diurno. Ya se lo diré yo a su madre cuando la vea en Pilates. Porque la tía está encantada. Que si así está recogido, me dice. Que si hay mucha loba suelta. Que si está más tranquila desde que está conmigo. Y, para colmo, la paya es más joven que servidora. Y más delgada. Y el hijo de su madre diciéndome que el año que viene nos vamos de mochileros a los Pirineos. A mí esta familia es que me mata. Pues nada, que vaya tirando él solico, que yo ya me he reservado dos semanas en el Sha Wellness de Alicante. Y voy a volver más flaca que mi suegra. Menuda soy yo.