Paellas como soles

José Campos con una paella de marisco típica de Casa Miguel, en la playa de Calabardina. / VICENTE VICÉNS / agm
José Campos con una paella de marisco típica de Casa Miguel, en la playa de Calabardina. / VICENTE VICÉNS / agm

En Casa Miguel solo sirven paella de marisco frente al mar de Calabardina. La siesta es veredicto del penitente. «A Rabal y Alberti les hacíamos arroz con boquerones», recuerda José Campos

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

En la terraza donde se exponen a la vista más carnes sueltas y sin ataduras, solo se sirve pescado. No se exige etiqueta, ni siquiera camiseta, para sentarse a una mesa típicamente española de un agosto rezumante de humores e incertidumbres que se salen por las costuras.

Casa Miguel tiende su terraza a pie de playa cada verano, de modo que los comensales pasan de la sombrilla a una mesa que, si se observa desde arriba, es un cuadro de Miró: las jarras de sangría dispuestas cada metro y medio como centinelas, las rodajas geométricas de calamar y la fritura de tamaños. La paella de marisco completa la obra cromática, con su censo de mejillones abiertos cual castañuelas, las cigalas en oración y los cuartos de limón para hacer patria levantina. «Solo servimos este tipo de arroz. No me gusta complicarme la vida, y como me va bien, no cambio», cultiva José Campos la filosofía sureña.

Visita recomendada
Casa Miguel, en Calabardina (Águilas).
Qué hacer
Fundamental reservar mesa porque al mediodía se llena. Dicen que la paella de Miguel es un primor. La carta es breve y sin sorpresas pero de productos frescos.
El guía ideal
José Campos, gerente..

Solo innovaron con el recordado Paco Rabal, cuya casa frente a la playa de Calabardina permanece a solo unos metros del restaurante. «Le hacíamos arroz con boquerones y patatas, una receta antigua de pescadores, y se chupaba los dedos con Rafael Alberti, los dos ahí sentados», señala el gerente la aireada terraza al Mediterráneo. José confirma que, más que poetas, lo que llena las mesas de Casa Miguel cada verano son turistas de Lorca que tienen casa en la localidad costera, pero también franceses y alemanes, muchos de ellos atraídos por el buceo. Si llegas a mediodía, más vale que tengas reserva. De una puerta oscilante salen voces de continuas comandas, como si cantaran un bingo.

«Esto lo empezó mi suegra, haciendo los arroces con fuego de leña y fregando las paelleras con arena y tiras de esparto en la playa»

Este restaurante aguileño es el paradigma de la marca España. Aúna mar y memoria. «Esto lo empezó mi suegra, haciendo los arroces con fuego de leña y fregando las paelleras con arena y tiras de esparto en la playa», rinde homenaje José. Su suegro, Miguel Martínez, quiso dejarse la vida de pescador y los temporales, así que montó una tasca con tienda de productos esenciales, que también repartía en un motocarro. Calabardina resistía aún más agreste y salvaje en los años sesenta, cuando el levante soplaba la arena en dirección a los montes y recalentaba los caminos. Poco más había que hacer aparte de «tirar de la barca», como se refieren los pescadores aguileños al arte de pesca del calamar. «Se calaban unas redes enormes y, como pesaban mucho, se cogían voluntarios para tirar. En pago les daban un 'roal' de pescado», cuenta José mientras cubre de espuma blanca una caña tras otra. «Ni se sabe cuántas llenamos al día», pierde la cuenta.

Como la fórmula le cundió al pescador Miguel, se dejó el bar a toda máquina y se dedicó a montar discotecas por la costa. Scorpio, Pepe's Club, El Junco y otras salieron de su emporio hostelero, en el que se empleó José con el reto de avivar la vida nocturna de los aguileños: «Solo salían los jueves, era algo raro, así que inventé los bingos con premios del bazar de electrónica para atraer al público los viernes por la noche». «Lo anunciábamos por megafonía por las calles y servíamos platos de jamón», recuerda.

José ya solo ve la luz del sol. En la barra tiene colgado, bajo un tricornio de la benemérita, un decálogo que recuerda que con un exceso de barra se empieza por exaltar la amistad y se termina insultando al clero.