«Me duele hasta el diafragma»

El Cabrero, durante su actuación el viernes en La Unión. / pablo sánchez / agm
El Cabrero, durante su actuación el viernes en La Unión. / pablo sánchez / agm

El Cabrero, en su despedida de La Unión, protagoniza una emocionante gala ante un público entregado que aclamó su cante grande

PATRICIO PEÑALVER

Contra viento y marea ahí está, ahí sigue rebelde, inconformista, cañero y sobre todo fiel a sí mismo: esa es su ética. Y ya es todo un clásico con su casi cincuenta años de trayectoria. Con su estética, la de siempre; con su característica vestimenta para ir al tajo: esa camisa negra, ese pañuelo rojo anudado al cuello, botas camperas y su sombrero. Y como herramienta fundamental de su trabajo, esa voz grave y sonora como un rayo que no cesa, como un tremendo azotazo a las conciencias, contra las injusticias. El Cabrero abrió el viernes la primera gala del Festival en su gira de despedida, y lo hizo a lo grande con una hora y veinte minutos de cante grande.

Nada más salir al escenario, ya tenía al público de su lado. Comenzó cantando por soleá, con voz firme cuadrando el compás. A continuación se fajó por otro de esos cantes recios, que ya se hacen muy poco, por 'serranas'. Acordándose de su amigo Alberto Cortez, que musicalizó un hermoso soneto de Borges, se lució rítmicamente por bulerías, con esos versos: «La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto». Prosiguió con unos cantes por siguiriyas al estilo de Juan Talega, recordando al Loco Mateo: «No quiero caenas/ quiero libertad/ pa'yo decir toito lo que siento sin callarme ya».

José Domínguez 'El Cabrero', que iba administrando su voz, se sentía más seguro que nunca, acompañado por la estupenda guitarra de Manuel Herrera, que se acompasaba rítmicamente a la manera del cantaor y que, después de las malagueñas, lo espoleaba por rondeñas. En ese remate de la rondeña, El Cabrero apretaba y pellizcaba al público para lanzarse con poderío a una serie larga de fandangos republicanos, ácratas, anticapitalistas, en los que no dejaba títere con cabeza. Arremetía contra los banqueros, el clero y las injusticias, en comunión con el público que lo jaleaba hasta llegar al éxtasis con su 'Coplera del presidiario', que dice «estamos prisioneros, carcelero. Yo detrás de los barrotes, tú del miedo», hasta acabar exhausto con unos martinetes que recordaron a García Lorca y a Miguel Hernández. Con un publico en píe y aplausos por doquier, decía: «Me retiro porque ya me duele hasta el diafragma».

Con el público expectante, el alcalde de La Unión y presidente de la Fundación del Cante de las Minas, Pedro López Milán, le hacía entrega del máximo galardón del Festival, el 'Castillete de Oro', y el cantaor, después de acordarse de la decisión del Ayuntamiento de Madrid de cancelar un concierto del cantautor Luis Pastor y de su hijo, Pedro Pastor, en las fiestas de Aravaca, dijo: «Todos los años me contratan en Madrid, pero si algún día me contratan y un día antes me entero de que me la van a jugar, me despido en mi casa, no acudo siquiera». Y concluyó: «Lo he dado todo siempre que he venido aquí, donde se me ha reconocido algo y me voy más contento que unas pascuas». Qué bien recitó: «Más roja que la amapola tienes la sangre; si alguno la tiene azul, que la tire o que la cambie, para ser como yo y tú».

En ese punto de ebullición, el joven cantaor Samuel Serrano, de Chipiona, tratando de concentrarse en sí mismo con la responsabilidad de debutar en la Catedral del Cante, comenzó cantando por toná y martinete y ya, acompañado por la sonanta de Paco León y las palmas de Diego Montoya y Edu Gómez, se marcó unas alegrías sonoras. Con esa voz 'afillá' de joven que recuerda a los viejos clásicos, con ciertos ecos de Agujetas, a veces de Chocolate y otras de Rancapino Padre, se fajó por soleares y por siguiriya.

El cantaor, en un buen e interesante recital que fue de menos a más, se fue creciendo antes de manifestar que siempre había soñado con actuar aquí y que ese sueño se agrandaba al compartir cartel con El Cabrero. El chipionero, para terminar, cantaba por sevillanas con unas letras preciosas del guitarrista y compositor Paco Cepero, y remataba su excelente debut con unas bulerías, dejando un excelente sabor.