María Haber: «Somos primates. Necesitamos el contacto físico»

María Haber, en el jardín de las Tres Copas de Murcia. /Javier Carrión / AGM
María Haber, en el jardín de las Tres Copas de Murcia. / Javier Carrión / AGM

Paleoantropóloga, profesora asociada en la UMU, arqueóloga y codirectora junto a Michael Walker y Mariano López de los trabajos en los yacimientos de Caravaca de la Cruz y Torre Pacheco, respectivamente, Haber lleva años dedicando sus veranos a desenterrar la Historia

Rosa Martínez
ROSA MARTÍNEZ

En Cueva Negra, «aquí al lado», llama la atención María Haber (Salamanca, 1975), «tenemos la hoguera más antigua de Europa: en torno a 800.000 años», y «en Sima de las Palomas -también en la Región, incide Haber- hemos excavado los esqueletos de neandertal mejor articulados del mundo». Pero, lamenta, «están muy poco valorados en la Región». Paleoantropóloga, profesora asociada en la Universidad de Murcia (UMU), arqueóloga y codirectora junto a Michael Walker y Mariano López de los trabajos en los yacimientos de Caravaca de la Cruz y Torre Pacheco, respectivamente, Haber lleva años dedicando sus veranos a desenterrar la Historia. Llegó a Murcia por amor.

1. ¿Un sitio para tomar una cerveza?
El Julio, en Vélez Rubio.
2. ¿Una canción?
Cualquiera de Aretha Franklin.
3. Un libro para el verano.
'Puerto escondido', de María Ortuño.
4. ¿Qué consejo daría?
Sé feliz, que la vida es muy corta.
5. ¿Cuál es su copa preferida?
Gin-tónic rosa.
6. ¿Le gustaría ser invisible?
No.
7. ¿Un héroe o heroína de ficción?
Los héroes tienen que ser reales, como Teresa de Calcuta.
8. Un epitafio.
Fue feliz.
9. ¿Qué le gustaría ser de mayor?
Una prejubilada llena de vitalidad.
10. ¿Tiene enemigos?
Creo que sí, no le puedes gustar a todo el mundo.
11. ¿Lo que más detesta?
La mentira, la insolidaridad y la falta de empatía.
12. ¿Un baño ideal?
Cabo de Gata.

-¿Qué le parece un misterio?

-La cantidad de especies que puede haber en el planeta, cómo todas tienen una funcionalidad y cómo unas se van extinguiendo y otras no. Todos esos equilibrios y esas balanzas me parecen, más que un misterio, algo apabullante.

ESTÍO A LA MURCIANA«Cuando me bajé del avión vi a mucha gente que se parecía a mí [...] Me sentía como en casa sin haber pisado el Líbano en mi vida» «Hemos perdido el conocimiento del medio y eso tiene consecuencias»

-¿También el ser humano?

-Nuestro cuerpo es impresionante. Y en concreto, nuestro cerebro, nos ha dado noticias espectaculares. Por ejemplo, se han hecho estudios con personas experimentadas en la talla y se ha visto cómo mientras estas están trabajando se van activando determinadas zonas de su cerebro que, en el caso de otros animales, como pueden ser los orangutanes, que también consiguen tallar, no se iluminan. Somos totalmente diferentes.

-¿Qué pensó cuando llegó a Murcia la primera vez?

-¡Me impresionó el calor! Yo estudié Historia en Salamanca, y cuando acabé, decidí hacer un doctorado en la Facultad de Medicina de Granada sobre medicina forense. Allí conocí a mi marido, que es murciano. Él estudiaba ingeniería. Llevo aquí desde 2004.

-¿Le gusta la ciudad?

-Sí. La primera vez que vine fue para Navidades. Mis suegros me invitaron a pasar aquí unos días, y me gustó. Me pareció una ciudad ni muy grande ni muy pequeña, y además, llana. Recuerdo que entonces toda esta avenida [habla María Haber de Juan Carlos I] estaba sin edificar y llena de limoneros. Me chocaba.

-Ahora ya no están.

-No, pero lo han dejado muy bien, y prospectando he descubierto rincones de Murcia maravillosos, y mucha más huerta de la que pensaba. Me he dado cuenta de que lo de la huerta de Europa es verdad.

-¿Cómo descubrió la paleoantropología?

-Poco a poco. De pequeña no me planteaba ser arqueóloga. Había visto 'Indiana Jones', como todos los de mi generación, pero ya está. De hecho, quería hacer periodismo, pero no sé por qué entré en Historia, y el primer año me apunté a una excavación que había en la Cueva de Las Caldas, en Asturias, que es del Paleolítico Superior. Allí me di cuenta de lo práctica que era la arqueología y de cómo un solo objeto puede cambiar totalmente tu línea de investigación. Aquello me atrajo, pero también saber qué pasó en un yacimiento en un momento exacto. Cuando analizas un esqueleto puedes determinar su sexo, la edad de la muerte, las enfermedades que padeció, si están reflejadas en el hueso, su forma de vida...; y con la ayuda de los químicos, hasta la dieta de ese sujeto durante sus últimos 20 años.

-¿Qué excavación le ha sorprendido, por ejemplo?

-¡Buah! ¡Muchas! La Cueva de Las Caldas era una maravilla a nivel de industria lítica: te encontrabas con piezas hechas con sílex que no eran propias de la zona, sino del País Vasco. O por ejemplo, en Cueva Negra, en Caravaca, estamos en niveles de la hoguera más antigua de Europa, ¡aquí al lado!, y resulta que ha salido por casualidad. De repente, excavando, vemos una mancha oscura, y por el tipo de mancha, ves que no es un incendio. Entonces, te pones a estudiar y, cuando terminas, dices: '¡Buah! ¡He excavado la hoguera más antigua de Europa!'. Ocurre algo parecido en la Sima de las Palomas, donde hemos excavado los esqueletos de neandertal mejor articulados que existen en el mundo, aunque en la Región están poco valorados.

-¿Dónde están ahora?

-En el laboratorio. Aparecieron dentro de concreciones calcáreas. Lo que hicimos fue sacar bloques completos, y mediante productos químicos y con un vibroincisor hemos ido limpiándolos poco a poco hasta conseguir extraer las piezas. Ha sido un trabajo muy muy lento que ha durado años.

-¿Qué nos enseñan nuestros antepasados?

-Que conocían perfectamente el medio. Muchas veces, cuando aparecen determinadas patologías en un esqueleto, dices: 'Madre mía, ¿cómo aguantaban el dolor?'. Pero se ha descubierto que en el Neolítico ya había huertos medicinales, lo que quiere decir que nuestros antepasados conocían perfectamente su entorno y las plantas que les rodeaban. Sabían dónde podían ubicarse en función, además, de sus necesidades. No vas a ver ningún asentamiento dentro de una rambla. Eso lo estamos perdiendo porque estamos acostumbrados a que podemos vivir donde nos dé la gana; hemos perdido ese conocimiento del medio y esto tiene consecuencias.

-¿Es un paso hacia atrás en la evolución?

-No lo veo tanto como un atraso, porque hemos aprendido a solucionar nuestros problemas. Otras especies se extinguirían, pero nosotros seguimos creciendo. Somos una de las pocas especies que estamos presentes en todo el planeta. Tecnológicamente hemos evolucionado, y eso ha hecho que habitemos lugares en los que tradicionalmente no se vivía, pero es cierto que al final nos pasará factura.

-¿Cómo?

-Hemos cambiado muy rápido en las últimas generaciones y el mundo virtual que hemos construido está haciendo que nos relacionemos de un modo muy diferente a como hasta ahora lo hemos estado haciendo. Somos primates, y como primates, necesitamos el contacto físico. No sé hacia dónde nos llevará este cambio, pero seguro que nos trasladará a un escenario diferente. Es como con la alimentación. Hasta hace pocas décadas, había un patrón muy igual, y en muy pocas generaciones el cambio ha sido brutal. Todavía no sabemos a dónde nos llevará ese cambio pero nos pasará factura, para bien o para mal.

Romanos y árabes

-¿Por qué siente debilidad?

-Por conocer aspectos personales del pasado, por las microhistorias; más que por hallar una pieza muy bonita.

-¿En qué época le gustaría vivir si pudiera?

-En los mundos romano y árabe. Son dos civilizaciones que cambiaron muchos conceptos a nivel de vida cotidiana, de ingeniería y de usos, y me parecen muy interesantes. Yo doy clases de Prehistoria y soy especialista en restos humanos, pero también tengo una empresa de arqueología con mi marido. Tiene dos ramas: arqueología e ingeniería, y yo llevo la primera. En la Universidad soy asociada y, como de asociada no como, ni le doy de comer a mis tres hijos, me monté por mi cuenta. Ahora hemos estado, por ejemplo, en la rehabilitación de la torre del molino del Batán, una torre islámica del siglo XII de la que no se sabía nada, y de la que hemos recogido muchísima información; también estuvimos en las obras para la instalación de contenedores en la calle Madre de Dios de Murcia, donde no hemos sacado los baños árabes, por mucho que lo publicaran. Es un mundo totalmente diferente a la excavación por campañas, pero me ha permitido conocer otro tipo de arqueología, más reciente, que también me llena.

-¿Qué lección o lecciones intenta transmitir a sus hijos?

-Que en esta vida lo importante es hacer lo que a uno le gusta, pero hay que hacerlo bien. ¿Cuánta gente conozco a la que cuando le cuento que soy arqueóloga, me dice: 'Siempre quise ser arqueóloga'? ¿Y por qué no fuiste? No hay que cerrarse a nada, eso también trato de inculcárselo. Yo empecé Historia y eso me llevó al mundo del Paleolítico y este al de los restos humanos; ahora voy a empezar en San Esteban, voy a llevar la necrópolis de allí.

-¿De qué está orgullosa?

-De lo que soy. A nivel profesional quizá no he conseguido cosas que me hubiera gustado porque tienes que tomar decisiones y elegir; la vida cambia mucho, pero me gusta mi trabajo y creo que lo hago bien.

-¿Usted en qué ha cambiado?

-En que ahora tengo en cuenta muchas más cosas. Ser madre me cambió mucho. Con mi primer hijo me di cuenta de que el tiempo ya no era mío. Estaba acostumbrada a coger la mochila e ir a ochenta excavaciones, y de repente, apenas puedes ir a por el pan. Entonces aprendes a llevar la vida de otra forma y a minimizar los problemas. La conciliación es todavía muy difícil para la mujer. La arqueología, además, sigue siendo un mundo muy de hombres, con horarios difíciles. A veces tienes que decir que no a cosas que antes ni te lo hubieras planteado. Creo que en ese aspecto, vamos marcha atrás. A donde deberíamos ir es a que cada uno tuviera la opción de decidir, tanto si quiere tener familia como si no.

-¿Qué le asusta?

-No disfrutar plenamente de la vida. A veces tengo la sensación de que el trabajo me absorbe demasiado, cuando hay más cosas. Por ejemplo, me encanta viajar, pero llevamos unos años en los que es complicado hacerlo.

-¿Qué viaje le ha marcado?

-Han sido dos. Uno a Estados Unidos que hice con mi marido antes de tener a nuestro primer hijo. Fuimos a Nueva York y a Washington, yo tenía muchas ganas, y me encantó. De hecho, me gustaría vivir allí un año. Me atrae mucho la variedad que hay, lo inmenso que es el país y lo prácticos que son los americanos; yo soy muy práctica también y me gusta. El segundo viaje fue al Líbano. Mi padre era libanés, se vino a España a estudiar Medicina y se casó con una salmantina. Él murió cuando yo tenía 17 años, y no había vuelto a su país porque justo le había pillado la guerra civil del 75 al 90. Yo no conocía a mi familia, y dos o tres años después de fallecer mi padre me fui allí con mi madre. Cuando me bajé del avión vi a mucha gente que se parecía a mí físicamente. Fue una sensación extraña y muy emocionante. Me sentía como en casa sin haber pisado el Líbano en mi vida.

-¿Ha vuelto?

-Sí, y llevaré a mis hijos cuando sean mayores.

-¿Cómo procura ser en su día a día?

-Buena persona, porque te das cuenta de que te vas encontrando a la gente en los sitios más insospechados, y de que así las cosas son más fluidas. Intento ser también muy honesta, tanto con los resultados como con mi equipo y con la gente. A veces ves mucha competencia entre diferentes grupos y proyectos y eso es absurdo, porque al final nos necesitamos unos a otros. Todos somos necesarios.

-¿Qué le molesta?

-Las críticas gratuitas.

-¿En qué gasta su tiempo libre?

-Antes no paraba, ahora lo que quiero es parar. Mi marido y yo nos estamos arreglando un cortijo en Almería, y cuando vamos me siento a ver las nubes. Ese momento de tranquilidad lo valoro como no te puedes imaginar.

-¿La mayor locura que ha cometido?

-Venirme aquí [ríe].

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