Paco Ureña: «Soy una persona superimperfecta»

Paco Ureña. /Enrique Martínez Bueso
Paco Ureña. / Enrique Martínez Bueso

El 14 de septiembre de 2018 un toro le fulminó el ojo izquierdo: «Sentí un dolor y una oscuridad de golpe que supe que me cambiaría la vida»

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Llegó con violencia la temida oscuridad y, tiempo después, el esplendor coronó su cabeza. La oscuridad: el 14 de septiembre de 2018, en Albacete, un toro le fulminó el ojo izquierdo y empezó un calvario, por cierto, sin apenas lamentos por su parte. El esplendor: el 15 de junio de 2019, en la madrileña Feria de San Isidro, con Las Ventas a reventar, hizo historia provocando el éxtasis en los tendidos. Paco Ureña (Lorca, 1982) escucha el sonido de una caracola y disfruta como un niño. Lleva tatuado «No dejes de soñar».

-¿Qué le viene a la cabeza si le nombro el 14 de septiembre de 2018?

-[Silencio] Un dolor como nunca había sentido, y una oscuridad de golpe que supe que me cambiaría la vida.

«No soy juerguista, ni donjuán. Nunca me ha gustado la noche, ni meterme en líos»

-¿Cómo está?

-Bien... preparado para vencer cada inseguridad que te va surgiendo, adaptándome a ver el mundo de otra manera. A veces te sientes muy inseguro, te impacientas, echas de menos ver... Ha sido un camino duro hasta aquí, con muchas complicaciones, pero si todo va bien puede ser que para el mes de agosto pueda estar ya en plenitud de adaptación.

-No le gusta hablar de esto.

-No. Pasó, llevo una prótesis, es fácil imaginarse cómo me siento y las dificultades que puedo tener; pero, por mi parte, no me he quejado ni me quiero quejar, ni se me pasa por la cabeza que se tenga en cuenta esta circunstancia a la hora de poder exigírseme el máximo en la plaza. Yo solo quiero que se me valore por lo que soy capaz de hacer delante de un toro, y las circunstancias en las que me ponga frente al animal son cosa mía.

-¿De qué está convencido?

-De que ha sido el toro el que me ha elegido a mí, de que mi destino era ser torero.

-¿Y ahora qué?

-Ahora a ver si me dejo vivir, si consigo disfrutar más de lo mejor que tengo en la vida: mi mujer [su compañera Elena González, hija del torero Dámaso González], mis padres y mi hermana y algunos buenos amigos. A ver si pudiera, porque sé que les he hecho sufrir mucho, que lo han pasado muy mal con... mis percances, hacerles felices. Me gustaría poder hacerle la vida más fácil a todo el mundo [dice sonriendo], pero voy a empezar por ellos. Por lo demás, mi aspiración es seguir emocionando al público en las plazas, seguir perfeccionando mi forma de torear.

-¿Las pasó canutas hasta llegar a triunfar?

-Sí, claro, he pensando varias veces que... lo peor que podía pensar: que nunca triunfaría como torero. Muchas veces llegué a plantearme que era muy difícil salir de la situación en la que estaba: no toreaba, no tenía contratos, no tenía ni tan siquiera la oportunidad de expresar lo que llevaba dentro y necesitaba mostrar. Y crecía la ansiedad, esa inquietud que no se va.

-¿Y cómo conseguía animarse?

-Lo primero, no dejando que el sufrimiento me paralizase y no sintiendo pena de mí mismo. No me gusta dar pena, eso es lo último. Y, después, levantándome cada mañana y yendo a entrenar como si ya tuviese firmadas treinta o cuarenta corridas. No sabía qué iba a pasar con mi vida, pero ni cuando más desesperado estaba pensaba en abandonar.

-¿Cómo de sensible es usted?

-Extremadamente sensible, esa es la verdad. Raro... Pero también es cierto que creo que esa sensibilidad tan grande, esa facilidad para sentir todas las emociones de un modo tan intenso, forma parte de la magia de mi toreo.

-¿Nunca se pone agresivo?

-No es mi forma de ser. No me gusta la gente que se pone agresiva, o que quiere llevar la razón a base de gritos. Nunca he sido un chulito [vuelve a sonreír]. Yo, una de las cosas que tengo muy claras es que la soberbia no sirve para nada, ese ir por la vida con chulería, ese querer saber más que nadie de todo y llevar siempre la razón. Yo no quiero ser más que nadie.

-¿La vida qué es?

-La vida es una noria en la que nunca puedes tener la certeza de dónde vas a estar. En la vida pasa lo mismo que en mi profesión: un día estás en lo más alto, y otro abajo del todo. Por eso yo digo que lo que al final cuenta es tu trayectoria, lo que has sido capaz de ir sumando, y tener gente que te quiera. El que te recuerden, el que las personas te quieran, eso es mucho más importante que los logros profesionales, y se lo digo yo que vivo para el toro.

-¿Llegó a pensar que se moría?

-Varias veces, sí.

-¿Y qué sentía?

-No sé qué decirle... nada especial. Me encomendaba a los doctores, me ponía en sus manos, y a esperar que pasase lo que tuviera que pasar. No era para mí ninguna sorpresa verme así, sin saber si saldría vivo. Siempre he sido consciente del peligro que corro. No hago un drama de las cogidas, de las heridas, de las operaciones... Soy un afortunado porque estoy haciendo realidad mi sueño cada día. Amo por encima de mi propia vida al toro y daría, sin dudarlo, mi vida por la defensa de la tauromaquia. Los percances de salud que he tenido han sido, gracias a Dios, toreando, entregándome en la plaza. Y lo seguiré haciendo. Sería un inconsciente si pensase que yo estoy libre de que un toro me pueda quitar la vida. Soy muy consciente, y tengo secuelas en mi cuerpo que van a recordármelo siempre.

-¿Piensa en los toros que le han dejado secuelas?

-No les guardo ningún rencor, ninguno.

-¿Hay un Más Allá?

-Yo me quiero agarrar a que algo tiene que haber.

-¿De niño cómo era?

-Muy cariñoso con mis padres y muy obsesionado desde muy pronto con ser torero. No tenía más sueño que torear. Vivía con esa idea fija, era muy introvertido y no tenía muchos amigos.

-Y un día vio torear a José Tomás.

-[Amplia sonrisa] Sí, vi a José Tomas toreando en la televisión y, creo que como le pasa a todo el mundo que lo ve y que quiere ser torero, deseé ser como él. Me puse el listón muy alto [ríe]. José Tomás estaba despegando y me impactó mucho su forma de torear.

-¿Y si no hubiese sido torero?

-No lo sé. A lo mejor me habría dedicado al campo, a mis animales, a mis ovejas. Pero no me imagino llevando otra vida, me mantiene vivo mi pasión por torear.

-¿Y sin su madre y Elena?

-Son las dos mujeres de mi vida, un pilar fundamental para mí. Jamás me olvido de que a mi madre le debo la vida.

-¿Y a su compañera?

-Le debo una gran felicidad y también gran parte de la serenidad de la que por fin disfruto.

-¿De qué le salvó?

-Creo que fue un ángel quien la puso en mi camino. Yo tenía heridas del alma muy duras, heridas que a veces creía que no iban a sanar nunca. Elena me ha dado una estabilidad y una felicidad que yo no conocía, y nunca se lo podré agradecer todo lo que se merece. No me avergüenzo de ser un tío sensible, como le decía; no tengo ninguna armadura que me proteja de nada, no soy más fuerte que cualquier otro ser humano.

-¿Qué más no es usted?

-No soy juerguista, ni donjuán. Nunca me ha gustado la noche, ni meterme en líos. Creo en la fidelidad en la pareja, no solo por respeto a ella, sino también a ti mismo.

Sacar pecho

-¿Se quiere?

-Poco a poco. Siempre he sido muy castigador conmigo mismo, y ahora es cuando estoy aprendiendo a quererme. Desde muy pronto me puse el listón de exigencia por las nubes. Además, me cuesta mucho ser vanidoso, sacar pecho incluso de lo que hago bien. Analizo una faena mía y siempre le saco defectos. Suelo ponerme muy poco como ejemplo de nada, muy poco o nada. Y eso no quiere decir que yo no aspire a dejar huella como torero, porque precisamente es a eso a lo que aspiro: a dejar huella.

-¿Qué admira?

-La humildad. Me gusta y admiro a la gente humilde.

-¿Cómo le va con su psicóloga?

-Muy bien. Trabajo con ella desde 2014. Lo necesitaba y lo sigo necesitando. Parte de mi entrenamiento es psicológico. Afortunadamente no soy perfecto, ni un superhéroe, ni solo puedo con todo. Al contrario, tengo miles de defectos, soy una persona superimperfecta. Creo que no hay hombre sin hombre, que siempre ha habido alguien detrás de ti que te ha ayudado a ir dando pasitos.

-¿A qué está aprendiendo?

-A controlarme, a autoconvencer a mi mente de que se calme y de que vea las cosas con un plus de tranquilidad.

-¿Cómo disfruta más?

-Estando en paz y con silencio alrededor. El silencio es muy buen compañero de viaje. Me gusta estar rodeado de calma.

-¿A qué aspira en lo material?

-No soy muy de fincas, ni de propiedades. En lo material, con tener mis necesidades cubiertas estoy bien, no me hacen falta ni grandes casas, ni grandes lujos para vivir. Este año me he comprado un coche cómodo y seguro para viajar, porque para mí el coche es una herramienta de trabajo fundamental, y espero que me dure mucho tiempo. No ha sido un capricho, ha sido una compra necesaria.

-¿Caza usted?

-No soy cazador.

-¿Pesca quizás?

-Tampoco.

-¿Vegetariano?

-Como de todo.

-¿Incluido lo que usted mismo se cocina?

-No soy un cocinitas, pero he vivido muchos años solo y he aprendido a hacer todo lo necesario para sobrevivir.

-¿Piensa ya en tener niños?

-No es algo que todavía hayamos decidido, pero yo soy muy niñero y me gustan mucho los niños. También le digo que es verdad que me gustaría poder disfrutar más de Elena, porque las circunstancias de la vida no nos han permitido todavía poder disfrutar el uno del otro lo suficiente.

-¿En qué es drástico?

-A la hora de tener que pararle los pies a alguien. Si considero que alguien debe desaparecer de mi vida, no titubeo en hacerlo.

-¿Qué tenemos todos?

-Todos tenemos demonios interiores y hay que saber cómo aprender a convivir con ellos y cuándo hay que acallar esas voces.

-¿Qué regalo le hicieron?

-[La sonrisa le cruza la cara] Elena me regaló una perrita cuando me pasó lo del ojo. Milú, una fox terrier de un criadero de Cartagena. Con ella empecé a dar mis primeros paseos, y la verdad es que me ha ayudado mucho en la rehabilitación, tanto física como de cabeza.

-¿Qué no cree usted?

-No creo, por ejemplo, que sea aceptable que tengas a tu perro cuidado como a un hijo, y a tu padre o a tu abuelo metido en un asilo. No creo que dé igual tener valores que no tenerlos.

-¿A qué lugar volvería?

-A Formentera a ver la puesta de sol volvería ahora mismo.

-¿Profeta en su tierra?

-Me siento muy querido, sí. Amo mi tierra, y me paseo por todo el mundo orgulloso de haber nacido en Lorca y de ser murciano.

-¿Qué le dice el espejo?

-Que estoy vivo un día más. No soy muy coqueto, no estoy obsesionado con las marcas, con la moda y todo eso. Me gusta la ropa con la que me siento cómodo y sería incapaz de gastarme mil euros en un pantalón. Eso me parece una aberración, un despilfarro. También le digo que ahora es cuando más me estoy mirando en el espejo, porque cada mañana tengo que estar pendiente del tratamiento...; también me dice que ya voy teniendo una edad [ríe].

-¿Qué lujo diario se permite?

-Me estoy acordando de todas las veces que iba al supermercado y no podía comprarme lo que me apetecía. Hablo de cosas para comer, no de lujos... Aprendí muy bien a mirar el precio de todo. Ha sido muchísimo tiempo teniendo que ir a hacer la compra con el dinero más que justo. Pero no es el dinero lo que a mí me mueve en la vida.

-¿Su relación con Pepín Liria?

-Lo respeto como profesional.

-¿Y con Rafaelillo?

-Amigo de verdad y un gran torero.

Doce tragos

1
-¿Un sitio para tomar una cerveza? -En La Escucha (pedanía de Lorca). ¡Con mi padre!
2
-¿Una canción? -'Mi héroe', de Antonio Orozco.
3
-Libro para el verano. -'Open. Memorias', de Andre Agassi.
4
-¿Qué consejo daría? -Hay que estar en paz con uno mismo y hacerle la vida fácil a los demás.
5
-¿Cuál es su copa preferida? -De vino. A ser posible de Pago de Carraovejas.
6
-¿Le gustaría ser invisible? -A veces me siento invisible y es muy agradable.
7
-¿Un héroe o heroína de ficción? -Superman.
8
-Un epitafio. -[No se le ocurre ninguno]
9
-¿Qué le gustaría ser de mayor? -Torero.
10
-¿Tiene enemigos? -Supongo, pero yo no los he buscado.
11
-¿Lo que más detesta? -La mentira.
12
-¿Un baño ideal? -En una playa desierta, al atardecer.