Ana Caballero: «Se nos olvida que hemos sido jóvenes»

Ana Caballero, con el faro de Cabo de Palos al fondo. / Pablo Sánchez / AGM
Ana Caballero, con el faro de Cabo de Palos al fondo. / Pablo Sánchez / AGM

La responsable de Solidaridad de la Fundación Jesús Abandonado: «He hecho la vía ferrata más larga de España sin haber escalado en mi vida»

Rosa Martínez
ROSA MARTÍNEZ

Cuenta Ana Caballero (Cehegín, 1975), diez años en la Fundación Jesús Abandonado, de la que es responsable de Solidaridad y miembro del equipo directivo, que su día a día «está lleno de palabras». Le encanta. Pero, a veces, reconoce, necesita desconectar. Y entonces escapa a la naturaleza. Busca cobijo debajo de cualquier árbol que le pueda proporcionar sombra, respira fuerte y escucha el silencio: «Me da unos chutes de energía brutales». De su trabajo dan cuenta actualmente más de 380 voluntarios, que son, afirma Caballero, «la columna vertebral» de una fundación por la que solo en 2018 pasaron 4.000 personas. Ella coordina los programas de Voluntariado, Cooperación Internacional y Sensibilización y Educación para el desarrollo. Le debe mucho a sus abuelos.

-¿Qué hacía antes de llegar aquí?

-Trabajaba en una empresa privada, en riesgos laborales, pero con la crisis y la unión de las grandes mutuas se empezó a reducir el equipo humano. Yo llevaba allí ya seis años y no quería estar toda la vida trabajando en prevención, así que les hice a mis jefes una propuesta para que me despidieran. No tenía cargas familiares ni un proyecto de vida cerrado, y decidí que era mejor irme yo y no otros compañeros que sí las tenían.

«He hecho la vía ferrata más larga de España sin haber escalado en mi vida»

-¿Contaba con un plan B?

-Mi intención era irme un año a las misiones, pero no me dejaron. Unos meses antes del viaje me encontré con el director de la Fundación [Jesús Abandonado, Daniel López]; me pilló en la calle cantando villancicos para conseguir dinero para las misiones, y me dijo: 'Me gustaría hablar contigo antes de irte'. Yo lo tenía todo planificado, me iba a Honduras con la [congregación de las] Hermanas Franciscanas, con las que ya había estado colaborando durante periodos vacacionales en México y en El Salvador. Tenía muchas ganas de irme, pero poco después de aquel encuentro ya estaba contratada por la Fundación. De vez en cuando, me siguen dejando hacer misiones, ahora con la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Cada tres años hay que cruzar el charco y echar una mano.

-¿Qué encontró?

-Mucho trabajo y un gran cuidado por acompañar al otro desde su libertad y su dignidad. Yo soy psicóloga, y eso va muy en consonancia con mi formación.

-¿Lo esperaba así?

-No, fue una sorpresa, y ha sido lo que me ha ido enamorando y lo que ha hecho que después de diez años siga aquí. En este tiempo he trabajado mucho el juicio crítico. Estar en contacto con personas tan diferentes, de culturas tan diversas, y acompañarles desde el respeto... Ha sido brutal, porque el juicio es siempre lo primero que salta cuando te cruzas con alguien, y respetarlo e intentar conocer al otro queriendo romper esas barreras... Y, además, no solo con los usuarios, también con los compañeros y con los voluntarios.

-¿Romper barreras es difícil?

-No es difícil, es un reto. Hay veces que la gente no entiende cómo una persona puede utilizar un servicio de comedor social aparcando en la puerta o con un móvil en la mano; ¿y por qué no? Quizá ese coche es su medio para encontrar trabajo o viene de trabajar.

-¿Qué historia o historias le han impresionado?

-Cuando haces cooperación internacional siempre te traes una historia de vida que te puede ayudar a aprender. Me sorprende cómo gente que vive con menos cosas que nosotros te regala todo lo que tiene. Un año, en Honduras, visitamos un poblado en el que habíamos ayudado a construir varias casas gracias a un proyecto financiado por la Universidad de Murcia. Era un lugar de difícil acceso. Para llegar, parte del recorrido había que hacerlo a pie porque no se podía acceder con vehículo, y tardamos como unas tres horas. Cuando estábamos en la cima, nos dimos cuenta de que había una especie de sendero de juncos que la gente de allí había hecho para nosotros, como si fuésemos personas sagradas. Para comer, desplumaron un pollo y con nosotros solo se sentó el anfitrión de la casa, que era el padre. Los niños estaban alrededor de la mesa y no podían comer de aquel pollo que habían matado para nosotros y, que, quizá, era el único que tenía aquella familia. Ese gesto me marcó; no poder decir que no, no poder compartirlo con los niños y agradecer eso comiéndote aquello con todo el cariño del mundo... Luego, nos pusimos todos malos [ríe], pero ese gesto me enseñó.

-¿Consigue desligar su vida profesional de la personal?

-Va en mi personalidad, forma parte de cómo soy. No es una barrera que tenga que cruzar.

-¿Pero le afecta?

-Si lo hace, es en positivo. No soy una persona que se lleva a casa las dificultades del día a día.

-¿El ser humano es solidario?

-Mucho. Y creo que Murcia es una de las grandes ciudades y regiones solidarias. Lo hemos heredado de nuestros abuelos. Tener a casi 400 voluntarios que, a 40 grados en verano, no te dejen solo... La ciudad de Murcia se merece de un notable para arriba.

-¿Qué le emociona?

-La gente. Es mi motor de vida.

-¿De qué tiene la suerte?

-De tener salud, de tener vida, de estar donde estoy trabajando, y de poder hacerlo de la forma en que lo hago.

-¿Aficiones?

-Me encanta la naturaleza. Para mí es una fuente de vida, y cada vez que puedo me escapo a ella. Y me gusta leer, siento mucha curiosidad por la actualidad.

-¿Dónde desconecta?

-Aquí en Murcia, en el monte de la Fuensanta, sobre todo ahora, en verano. Si tengo más tiempo, busco un lugar que tenga río, y si tengo mucho tiempo, busco Islandia [risas].

-¿Ha viajado allí?

-Un par de veces. Por placer.

Faro

-¿A qué miedos se ha enfrentado?

-He hecho la vía ferrata más larga de España sin haberme subido antes a una y sin haber escalado en mi vida. Fue en Girona, y lo conseguí a base de confianza. Durante ocho horas y media fui rompiendo con todas las dificultades; pero la primera vez que me subí en unos esquíes... me dije: '¡Dios mío!'.

-¿Esquía?

-Sí, pero soy muy patosa.

-¿Qué le han dicho y le ha marcado?

-Que soy faro, por mi actitud ante un proyecto nuevo. Para mí es una gran responsabilidad que me vean así.

-¿Con qué sueña?

-Con una casa de campo. Me encantaría poder vivir más cerca de la naturaleza y ver cómo todo va evolucionando. También la tecnología, pero al servicio de todos, y no solo de unos privilegiados.

-¿Cómo lleva la coordinación de tantos voluntarios?

-Pues no la llevo mal, porque no la llevo solo yo. Una de las cosas que he aprendido ha sido a delegar y a confiar en la gente.

-¿A cuántas personas atienden?

-En 2018, por todos los servicios que ofrece la Fundación, pasaron 4.000 personas. Y en el de acogida, hemos tenido lleno tanto en invierno como en verano. Es brutal la cantidad de gente que en la ciudad de Murcia necesita un techo para dormir.

-¿Con qué capacidad cuentan?

-Tenemos doscientas camas, y de ellas, entre sesenta y setenta están reservadas para personas con procesos más largos, el resto están a la disposición de quienes piden quedarse menos tiempo con nosotros. También tenemos nueve pisos de acogida.

-¿Con quién se iría con los ojos cerrados?

-Con mi hermano pequeño. Antes lo hacía con mi abuelo, sobre todo en esa etapa de la vida en la que todos estamos un poco más rebeldes. Entonces creo que solo le hacía caso a él. De hecho, tengo una anécdota que a veces recuerdo y que, aunque en su momento no la entendía, me sirvió mucho. Fue precisamente en ese tiempo en el que quieres salir y que te dejen llegar más tarde a casa. Recuerdo que en aquellas negociaciones con mis padres detrás estaban siempre mis abuelos, de modo que, para dejarme ir con mis amigos, mis padres me pusieron como condición pasar antes por casa de mis abuelos y cenar con ellos. Yo me arreglaba temprano y bajaba a verlos. La mitad de las veces se me agotaba el tiempo estando con ellos, y volvía a casa enfadada porque no había salido, pero a la vez contenta porque había disfrutado mucho de su compañía. Muchas veces he pensado en toda la contención que hicieron conmigo para que aprendiera a valorar otras cosas.

-¿Qué se nos olvida?

-Que hemos sido jóvenes. Mi hermano tiene dos chavales en plena adolescencia y muchas veces lo hablamos. Se nos olvida que todos hemos pasado por esa etapa y que es necesario hacerlo. Yo no le quitaría la adolescencia a nadie. Nos pasaría factura en la vida adulta.

-¿Y qué es lo mejor de la vida?

-Las personas. Para mí, el contacto con el ser humano.

Doce tragos

1
-¿Un sitio para tomar una cerveza? -Cualquier sitio si es con amigos.
2
-¿Una canción? -'Aprieta', de Manuel Carrasco.
3
-Libro para el verano. -'El diario de Ana Frank'.
4
-¿Qué consejo daría? -No doy consejos.
5
-¿Cuál es su copa preferida? -Una cerveza.
6
-¿Le gustaría ser invisible? -No.
7
-¿Un héroe o heroína de ficción? -Superlópez.
8
-Un epitafio. -'Solo me arrepentí de aquello que no hice en mi vida'.
9
-¿Qué le gustaría ser de mayor? -Lo que soy.
10
-¿Tiene enemigos? -No.
11
-¿Lo que más detesta? -La falta de generosidad.
12
-¿Un baño ideal? -En Islandia, en una terma natural.