Juan Antonio Lorca: «De jovencito, fui muy donjuán»

Juan Antonio Lorca, retratado en la casa de un amigo fotógrafo./ Vicente Vicéns / AGM
Juan Antonio Lorca, retratado en la casa de un amigo fotógrafo. / Vicente Vicéns / AGM

«Con siete años dije que quería ser pintor, pero mi madre prefería que hiciera judo», recuerda el director general de Bienes Culturales y profesor de Bellas Artes

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Nada más entrar a su casa, te recibe un dibujo en blanco y negro de su perra 'Lola'. Es obra suya. Al rato aparecerá la propia modelo en persona, que ya está muy mayor, para solicitar atención. La trata con un mimo exquisito Juan Antonio Lorca (Murcia, 1970), profesor de Bellas Artes en la Universidad de Murcia, experto en pintura, pintor también él mismo y todavía director general de Bienes Culturales. Taurino de pies a cabeza, gran fumador de habanos de cabeza a pies, dice: «Me puedo pasar horas contemplando en El Prado 'El descendimiento', de Rogier van der Weyden». Delante de 'Lola', que nos mira con atención, le pregunto:

-¿De crío qué tal era?

-De pequeño, había mucha gente que pensaba que era tonto.

«Con siete años dije que quería ser pintor, que yo lo que quería era pintar. Mi madre me decía: 'Pero, ¿cómo que pintor? Tú, a hacer judo como todos tus compañeros, te apunto al Yamato y haces judo»

-[Risas] ¿Por qué?

-Porque era muy tímido y no me movía; mi madre siempre decía que, cuando me llevaba a algún sitio, me quedaba en un rincón y no abría la boca. Supertímido, muy vergonzoso.

-¿Y entonces?

-Pues que, con todo lo supertímido y lo vergonzoso que era, con siete años dije que quería ser pintor, que yo lo que quería era pintar. Mi madre me decía: 'Pero, ¿cómo que pintor? Tú, a hacer yudo como todos tus compañeros, te apunto al Yamato y haces judo'. Yo insistía e insistía en que no quería hacer yudo, pero no con mucho éxito, por el momento, porque me compraron el kimono y todo.

-[Risas] ¿Y?

-Ni lo estrené. No dejé de darle la paliza a mi madre con lo de pintar, hasta que la pobre, ¿cómo le pondría la cabeza?, empezó a buscar alguna academia donde pudiera llevarme para pintar, pero no las había. Hasta que encontró a doña Manolita, una licenciada en Bellas Artes que estaba casada con un coronel, que daba clases de pintura a un grupo de amas de casa. Mi madre le contó mi caso, y ella primero le dijo que no podía darle clases a un crío, que lo suyo eran las amas de casa. Pero qué paliza no le daría mi madre para que, al final, aceptase. Y allí que, con siete años, me iba yo con catorce o quince mujeres mayores a un local; primero, doña Manolita me daba de merendar, y luego me encerraba en una habitación a dibujar. Dibujando me tuvo tres años.

-¿Por qué no se relacionaba con otros niños?

-Yo llevé durante varios años botas ortopédicas, pero no sé exactamente por qué, porque nunca me lo explicaron bien. El caso es que he cojeado toda la vida. Claro, en aquella época si no sabías jugar al fútbol eras un desecho, así es que cuando se jugaba algún partido, para mí era muy deprimente porque nadie me pedía para su equipo.

-¿Qué se propuso?

-Me propuse que las cosas cambiaran, y cambiaron hasta el punto de que llegué a pagarme parte de la carrera [de Bellas Artes, en Valencia] jugando al fútbol profesionalmente [en tercera y segunda división].

«Soy muy cabezón y muy idealista»

-¿Cuándo se le fue la timidez, porque no le queda nada?

-Empezó a desaparecer cuando comencé, sobre todo a través del deporte, a relacionarme con la gente; el deporte socializa mucho y te abre muchas puertas, yo se lo recomiendo a todo el mundo.

-¿Alguna vez se sintió líder?

-Algunos puntos sumé para serlo cuando fui uno de los que se encadenaron para evitar que se llevaran de la Facultad los baúles que por entonces teníamos los alumnos y que iban a sustituir por taquillas. El caso es que, finalmente, me hice muy amigo del propio decano y me propusieron nombrarme vicedecano, como experiencia piloto para ver qué resultado daría un vicedecano alumno, algo que finalmente no pudo ser por cuestiones legales.

-¿Qué tiene claro?

-Las cosas se cambian desde dentro del sistema; desde fuera las puedes derribar, pero no cambiar.

-¿Por qué estudió Bellas Artes?

-Lo tenía clarísimo. Mis padres eran de clase media baja, y no se podían permitir el lujo de mandarme a Valencia a estudiar. Además, en otras carreras te pagas los libros y punto, pero en Bellas Artes tienes que estar constantemente comprando material. Mi madre, igual que se había empeñado antes en lo del yudo y el kimono, ahora estaba empeñada en que estudiase Derecho, como mis amigos. Yo tenía un tío que vivía en Valencia, y me fui a su casa, pero pasado un tiempo, él se marchó de Valencia. Aunque mis padres hacían todo lo que podían, el dinero volaba para comprar materiales. Le pasaba lo mismo a mi amigo Maxi, los dos nos quedábamos sin un duro a la segunda semana de mes. Era la época en la que llegábamos a las casas de nuestras compañeras de Facultad, mucho más sensatas que nosotros, poco antes de la hora de la comida y con cualquier excusa. Y como además de sensatas eran muy buenas compañeras, nos invitaban a comer.

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
-La Viuda. En Murcia.
2 -¿Una canción?
-'Quédate a dormir', de M Clan.
3 -Libro para el verano
-'Las barbas del profeta', de Eduardo Mendoza.
4 -¿Qué consejo daría?
-No dé consejos a quien no se lo pida.
5 -¿Su copa preferida?
-Whisky con 'ginger ale'.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
-En alguna ocasión.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Koji Kabuto (piloto de Mazinger Z).
8 -Un epitafio
-'Si puedo, volveré'.
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Mayor con pocos achaques y mucha familia.
10 -¿Tiene enemigos?
-Me gustaría pensar que no.
11 -¿Lo que más detesta?
-La deslealtad.
12 -¿Un baño ideal?
-En Calblanque.

-¿Cómo es usted?

-Bastante amigo de mis amigos y a veces demasiado perfeccionista, lo cual me trae muchos quebraderos de cabeza. Por cierto, también soy muy cabezón y muy idealista.

-¿Idealista?

-Sigo creyendo en la gente, pese a tantas desilusiones.

«Me molesta esa supuesta superioridad moral de la izquierda con respecto a la derecha; sencillamente, porque es ridículo»

-¿Qué le resulta curioso?

-Que yo, que recuerdo que no quería tener hijos, tengo ahora la certeza de que lo mejor que he hecho en mi vida es tener a mi hija Julia. Y tenerla con Mari Carmen, que reconozco que me ha cambiado la vida para bien y que también ha logrado que yo mejore como persona en algunas cosas.

-¿Cómo la conoció?

-Con mi primera mujer, que fue también mi primera novia, estuve 20 años. Empecé a salir con ella con 15 años y, lo típico, nos queríamos con locura pero al final éramos como hermanos. Mi segundo matrimonio duró cinco años, y espero que a la tercera haya ido la vencida porque yo estoy encantado. Las primeras veces que nos vimos fue paseando los perros por el parque, ella con su pareja y yo con la mía. Siete u ocho años después coincidimos en Fitur, ambos trabajando por la Región, y empezó todo.

Inteligente

-¿En qué ha cambiado usted?

-Ella es mucho más inteligente que yo y, si yo debo mejorar como padre, le diría que ella es una madre perfecta. Ahora me cuesta mucho menos consensuar las cosas que antes. Mari Carmen es muy racional, y siempre es capaz de llegar a un acuerdo.

-¿Qué reconoce?

-Devoro libros, tengo miles distribuidos en varios despachos. Me apasiona leer. Mi mujer me ha prohibido que compre alguno más hasta que no lea los que tengo [risas].

-¿Qué no suele hacer?

-Darme por vencido. Si me agoto, procuro recuperar fuerzas para volver a la carga. Solo me doy por vencido si me doy cuenta de que estoy en un error.

-¿Fue un donjuán?

-Sí, de jovencito fui muy donjuán, y con éxito. En Valencia les hacía mucha gracia cómo hablaba el murcianico. Y eso que, cuando volvía a Murcia, según mi madre lo hacía hecho un finolis, pronunciando las eses y todo. Siempre he sido muy coqueto y me ha gustado vestir bien. Creo que la imagen es importante. Me encanta la sastrería buena, por ejemplo la que hace Kenzo, cuyos trajes te caen como un pincel. La moda es también cultura, sin duda. No soy de cremas, pero el pelo claro que me lo cuido. ¡Hoy en día, un hombre de 48 años con pelo es algo fantástico [risas]!

-¿Qué recomienda?

-El hombre es bastante más inmaduro que la mujer y, por tanto, para llegar a su grado de madurez, el hombre como mínimo tiene que tener, en la pareja, ocho años más que ella. Estoy convencido [sonríe poniéndose como ejemplo].

-¿Se quiere?

-Soy mejorable, a veces demasiado vehemente y con una característica que en el mundo de la política te puede dar algún problema: se me nota muchísimo cuando alguien no me cae bien. Pero sí, me quiero.

-¿Siempre ha sido del PP?

-Casi siempre. Una vez voté a Eduardo Punset; creo que sacó cuatro votos: el de su madre, el suyo, el mío y el del algún otro. E incluso puedo reconocerle que el primer Gobierno de Felipe González me pareció bueno.

-¿Qué detesta?

-Lo que más, el fundamentalismo. Solo soy un fanático del 'Quijote', de nada ni de nadie más. Tengo unos ochenta 'Quijotes' ilustrados; es más, mi tesis doctoral fue sobre este tema. Lo que nos diferencia del resto de los animales es la razón, y en el momento en que la pierdes, por el motivo que fuere, el que realmente está perdido es el ser humano.

-¿Molesto qué le resulta?

-Esa supuesta superioridad moral de la izquierda con respecto a la derecha; sencillamente, porque es ridículo.

-¿Creyente?

-Sí, pero con crisis de fe. Soy muy racional. Recuerdo una conferencia de Xavier Rubert de Ventós en la que le preguntaron si creía o no en Dios. Dijo: 'No sé si existe, pero si es así me va a tener que explicar algunas cosas que no entiendo de ninguna manera'. Yo también hay cosas que no entiendo de ninguna manera. Lo que no creo es que la vida sea producto de la casualidad.

-¿De qué ciudad no se olvida?

-Con 22 años, estuve becado durante un mes y medio en La Habana, con Fidel viviendo y coleando. Descubrí en mis propias carnes todo lo que sufrían de verdad los cubanos. Me hice muy amigo de Juan, que contaba que a su padre se lo había comido un tiburón cuando intentaba llegar a Miami en una rueda. La vida allí era muy dura, pero también disfruté de un aire que se mastica, de sus colores, su ritmo, su sensualidad, del cariño de la gente, de lo seguro que te sentías, de mis mojitos y mis cosas y de los habanos, a lo que allí me aficioné y que hoy siguen siendo para mí, fumados con amigos, uno de los mayores placeres.

-¿Qué se le quedó grabado?

-Una noche fui a escuchar cantar a La Pantoja de La Habana. Tenía 70 años, no tengo palabras para explicarle aquello.

-¿Qué les da usted a los consejeros de Cultura? Con Esperanza Moreno son ya 7 con los que lleva de director general? Recuerde estos versos de Lope: «¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras...?».

-[Risas] No lo sé, lo único que hago es intentar hacer bien mi trabajo.

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