Pepa Astillero: «El ictus fue un pelotazo; me ha cambiado la vida»

Pepa Astillero, dispuesta a emprender un nuevo viaje vital./Enrique Martínez Bueso
Pepa Astillero, dispuesta a emprender un nuevo viaje vital. / Enrique Martínez Bueso

Al alma de la premiada y querida Fundación Pupaclown de Murcia le encanta llamarse payasa. Ha regalado alegría a cientos de niños enfermos en hospitales, y no hay duda de que es un ser de otro planeta

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Alma de la premiada y querida Fundación Pupaclown de Murcia, a Pepa Astillero (Badajoz, 1965) le encanta llamarse payasa. Ha regalado alegría a cientos de niños enfermos en hospitales, y no hay duda de que es un ser de otro planeta. Que habite entre nosotros es una gran suerte.

1
-¿Un sitio para tomar una cerveza? - Pescarranas. Club Náutico de La Torre de la Horadada.
2
-¿Una canción? - 'Mi revolución', de Cuatro Pesos de Propina.
3
-Libro para el verano. - 'Olvidado Rey Gudú', de Ana María Matute.
4
-¿Qué consejo daría? - Haz el bien y no mires a quién.
5
-¿Cuál es su copa preferida? -Solo bebo cerveza.
6
-¿Le gustaría ser invisible? -Sí.
7
-¿Un héroe o heroína de ficción? -No tengo yo de eso.
8
-Un epitafio. - 'Colorín, colorao, este cuento se ha acabao'.
9
-¿Qué le gustaría ser de mayor? -Un viejecico de estos de huerta sentadicos en el porche de su casa.
10
-¿Tiene enemigos? -Seguro, pero no los conozco.
11
-¿Lo que más detesta? -La falsedad.
12
-¿Un baño ideal? -En La Torre de la Horadada.

-¿Qué se pregunta?

-¡Madre mía! Pues me pregunto cuál es mi camino a seguir a partir de ahora, porque yo estoy en proceso de recuperación, y de un aprendizaje apasionante, desde que hace un año y medio tuve un ictus. Me cambió la vida. ¡Hace una semana me dijeron que puedo volver a los escenarios! Estoy muy alegre, pero he cambiado tanto... Después del ictus, he vivido un colocón emocional y de alma muy fuerte. Fue un pelotazo que me ha cambiado la vida. Ahora, la vida es para mí un libro que está en blanco y que se tiene que empezar a escribir.

-¿Cómo fue?

-Estaba actuando en Pupaclown y, pasados treinta minutos de función, tenía que decir, cantando: '¡Manos de mono gigante, los colmillos muy brillantes!' De pronto, me escuché a mí misma diciendo: '¡Aguaagua guaa gua gua gu...!' y, así de claro, me di cuenta de que me estaba dando un infarto cerebral.

-¿Qué recuerda?

-Que, cuando llegué a Urgencias en la ambulancia, paré a un enfermero y le dije: '¡Oye, bonico, perdona!, ¿me estoy muriendo?'. Porque, claro, como estaba flipada perdida, no quería morirme sin enterarme.

-Claro. ¿Qué le dijo él?

-'¡No, hija no, aún no!'Y seguí con mi flipe, pero ya más tranquila. Yo lo he vivido todo pensando en los niños. A ver, ¿qué puedo aprender de esto que me está pasando tras haber sufrido el ictus? Soy muy inquieta, y me dije: 'Voy a vivir la enfermedad, desde el otro lado, para aprender de cara a tratar después con los niños enfermos.

«Me vi a mí misma desde fuera. Pensé en mi vida y dije: ¡Joder, mi vida ha sido bonita, hay que ver todo lo que me he reído!»

«Nos vamos con la piragua hasta el fondo, nos quitamos los bikinis y dejamos que el mar nos meza. Nos sentimos como en un útero»

«He sido una Peter Pan siempre y, de pronto, la vida me ha pegado un meneo y me ha dicho: '¿Qué quieres hacer?'»

-¿Y qué sintió desde ese otro lado?

-Sientes un miedo, un terror... Pensaba: '¡Angelitos de mi vida, por lo que tienen que pasar los pobres en un hospital!' Se lo he dicho después a mis compañeros: 'Tíos, tenemos que poner el alma totalmente con los niños'.

-¿Qué deseaba?

-Que hubiese alguien querido a mi lado que me diese la mano.

-¿Secuelas?

-Nada, no tengo afectada ni la vista, ni la movilidad, nada. Aunque, durante mucho tiempo, se me quedó como un galipote en la mente, en la cabeza. Era como una cosa que no me dejaba tener ilusión, tener luz, y yo siempre he sido una persona con mucha luz. Un cansancio muy grande, la vida te pesaba... Después, por fin, eso se empezó a ir. El caso es que yo entré al hospital normal, ¡vamos, normal pero con el ictus!, y salí de allí con la menopausia y con hipotiroidismo, ¡que es tela! Me sentía como una marioneta a la que le han cortado los hilos.

-¿Llegó a pensar que se moría?

-Sí. Y me vi a mí misma desde fuera. Pensé en mi vida y dije: '¡Joder, mi vida ha sido bonita, hay que ver todo lo que me he reído y lo feliz que me hizo tener una casa en la huerta, que era lo que yo había soñado toda mi vida!'. Y pensé en mi pareja, el Fabián, con tanto, tanto cariño; ¡llevamos 30 años juntos!

Pregúntate

-¿De qué se está dando cuenta?

-De que me estoy haciendo mayor. Yo he sido una Peter Pan toda mi vida y, de pronto, me doy cuenta de que tengo 54 años. La vida me ha pegado un meneo y me ha dicho: '¡Atención, ya te queda menos tiempo! ¿Qué quieres hacer?'. Me acuerdo de una frase que me dijo un profesor y que se me quedó grabada: 'No des lugar a tener que preguntarte, cuando te estés muriendo, ¿por qué no hice esto?'.

-Pero aquí sigue, ¡menos mal!

-Sí, yo me sentía en paz, pero algo dentro de mí me decía que no era mi momento. Hace un mes murió una amiga mía que también era payasa, ¡otro pelotazo! Tuvo un cáncer de pecho y se puso en manos de tratamientos alternativos.

-¡Joder!, ¿cómo hizo eso?

-Ya, pero ella lo decidió así y hubo un momento en que sus compañeras del alma nos llegamos a creer que se estaba curando, pero nada. Ya en su final, allí estábamos sus amigas con ella, como una manada de perros allí todas abrazadas; yo lo viví como un regalo, porque ella sabía que se estaba muriendo pero nos dijo: 'Ahora lo entiendo todo: todo es amor'. Estaba en paz con ella misma. Se fue feliz y llena de luz.

-¿Hay un Más Allá?

-Yo creo que sí, pero no sé cómo es. Cuando mi madre se murió, tras caerse en la playa y darse un golpe en la cabeza, yo noté durante cuatro o cinco días que seguía con nosotros. Tuve a una sobrina mía una semana y ella la veía. Llamé a una amiga, se lo conté y me dijo que le preguntase a la niña que cómo la veía. La niña me dijo: 'Nos mira y nos sonríe'. Mi amiga me comentó que mi madre estaba en paz, pero que a veces el espíritu tarda más en irse que el cuerpo.

-¿Ha sentido rabia?

-No he sentido rabia con esta movida, no. Me ha traído muchas cosas muy bonitas: aprender a dejarme cuidar, a sentirme muy débil, a dejar que me lo hagan todo, a pedir ayuda; y a, de pronto, sentirme perdida y poder verbalizarlo. No soy ni la bomba, ni nada; soy Pepa, que hace su vida como puede.

-¿De qué se dio cuenta un día?

-Estando en el colegio de Las Carmelitas, un día quise bajar las escaleras casi volando y me metí una hostia que no veas; me acuerdo que me dije: 'Ahora entiendo eso de que cuando un dibujo animado se pega un cabezazo empieza a ver estrellitas alrededor'. Fue mi aprendizaje del día: cuando te dan un buen mazazo, empiezas a ver estrellitas.

Seis hermanos

-¿Su infancia cómo fue?

-Muy feliz, ¡tengo seis hermanos, imagínese! Recuerdo que jugábamos a pedir préstamos. Los dos mayores tenían un banco; se ponían en el despacho de mi padre y los pequeños íbamos entrando a pedirles nuestro préstamo cada uno. ¡A casi todos no nos lo daban, los muy cabrones! Salíamos de allí llorando [risas].

-¿Qué no ha olvidado?

-Un día, las monjas se quejaron a mi madre, que era muy creyente, de que yo me reía en misa. Me llamó y me dijo: '¿Pero por qué te ríes?, cuéntaselo a mamá'. Y yo se lo conté: 'Es que a mí no me gusta ir a misa, mamá'. Y me metió una hostia, ¡qué hostia! Pero, fíjese, me sirvió para reflexionar mucho.

-¿Qué es aunque no lo parezca?

-Tímida. Hay muchas cosas que no hago por vergüenza.

-¿Qué vio y le encantó?

-La otra tarde, en una playa de Águilas, a un niña ir por la orilla recogiendo colillas y plásticos. Me emocioné, sentí que el mundo tiene salvación. Mis amigas y yo nos pusimos a limpiar con la niña, ¡qué bonica!

-¿Qué le impresiona?

-Las historias de los inmigrantes que vienen a España son muy duras, no sé cómo puede haber gente que los rechace, que los culpe casi de todos los males. A casa va a ayudarme una chica, que viene de Ucrania, que ha tenido una vida que ríete tú de los culebrones sudamericanos. Yo se lo digo a mi hermana la pija: 'Nena, llega la Julia a casa, me cuenta su vida y es que no tengo ni que ver la tele, ¡unos lagrimones! Esos libros que lees tú se quedan en bragas ante los dramas de la vida real de mucha gente que nos rodea'. Y yo no quiero mirar para otro lado.

-¿Qué es una verdad verdadera?

-¡Qué bonicos son los perros!

-¿De qué está segura?

-¡De que a mí me tenía que patrocinar Estrella de Levante, porque soy superfan de sus quintos!

-¿Qué le gusta mucho hacer en verano?

-Ay, ¡qué bonico! Pues mire, tengo una amiga mía del alma de toda la vida con la que, todas las mañanas, en La Torre de la Horadada, salgo en piragua después de desayunar. Nos vamos con la piragua hasta el fondo, nos quitamos los bikinis y nos quedamos allí quietecicas, dejando que el mar nos meza. Nos sentimos como si estuviésemos en un útero, o en la gran placenta del Universo. Y, como nos lo contamos todo, nos ahorramos el psicólogo, el psiquiatra y lo que haga falta. Así es que el otro día mi padre me dijo: 'Nena, tú estás entera morena'. Y yo le di la razón: 'Sí, padre, enterica, enterica morena'.

-¿Niños?

-No nos los ha dado la vida. Mira que yo amo y adoro a los niños, pero es verdad que a mí no se me ha desarrollado el instinto materno.