Celia Martínez: «No daría nada a cambio de oír»

Celia Martínez Mora, de la plataforma Pacto por el Mar Menor, en Santiago de la Ribera. / VICENTE VICéNS / agm
Celia Martínez Mora, de la plataforma Pacto por el Mar Menor, en Santiago de la Ribera. / VICENTE VICéNS / agm

La ingeniera agrónoma especializada en la genética molecular de las plantas e investigadora del Imida es una de las integrantes más activas del Pacto por el Mar Menor

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Cuenta Celia Martínez Mora (Cartagena, 1973) que ya se ha inventado en lenguaje de signos el término Mar Menor. Con el brazo izquierdo alzado en redondo como si emularas el pasillo de arena, la mano derecha traza ondas en su interior, igual que una sucesión de olas cobijadas. Ingeniera agrónoma especializada en la genética molecular de las plantas, investigadora del Imida y una de las integrantes más activas del Pacto por el Mar Menor, perdió la audición tras una enfermedad infantil. Y ganó «resistencia».

-¿Recuerda a qué suena el verano?

-Sí, como perdí la audición con 8 años recuerdo una música de fondo de verbena. Es lo que tengo en la memoria, porque veraneaba en Los Nietos, La Ribera y La Manga, aunque recuerdo más de La Manga el sonido del viento y las aves. También recuerdo el sonido de olas de mar y los gritos de niños que juegan, como un estallido alegre.

-¿Tiene un archivo de sonidos en la memoria?

-Sí, pero no tengo el recuerdo acústico de la voz de nadie. No recuerdo la voz de mis padres. Recuerdo cómo suenan los pájaros, el mar, alguna música, el ladrido de un perro.

-¿Se puede disfrutar de la música sin oír?

-Por supuesto. Y soy de mucho bailar, pero sin pasos de baile de salón enlatados. Cuando voy a un concierto me pongo en las primeras filas porque se queda la vibración almacenada ahí y yo la siento, y claro, inmediatamente me tengo que mover.

-¿Qué es lo que más activa su sentido del ritmo?

-El rock, el blues y todo lo que lleve percusión y batería. Y luego la música electrónica.

-¿Con qué concierto ha disfrutado más?

-En el Festival de Jazz de San Javier, recuerdo cómo me gustó una violinista de aire celta. Y más recientemente, Miles Sanko. El soul de ese chico es una cosa... El terciopelo de la voz lo pierdo, pero me gusta cómo transmite la música. Siento la vibración y me entra visualmente. Si no me entra por los ojos no puedo componer la pieza musical en mi cabeza.

-¿En la universidad le pasaba lo mismo?

-Hay profesores a los que podía seguir más que a otros, pero no hubo ni uno con quien me entendiese al cien por cien. Creo que no entendían bien lo que me pasaba. Ahora los intérpretes ya están en la universidad, pero cuando yo entré en la Politécnica de Cartagena no había nadie así.

-¿Daría algo de su vida a cambio de volver a oír?

-No. Rotundamente no. Ahora no. Yo me siento bien así. No soy persona de almacenar porquería. Lo que tengo me gusta, así que no haría el trueque.

-¿Y cómo recicla esos residuos?

-Pues aún estoy trabajando en eso porque he tenido que desarrollar mucho la empatía para comunicarme. Es un arma de doble filo porque hay mucha gente infectada con virus tóxicos. Y yo tengo aguante, aunque soy explosiva. Si veo que alguien comete fallos, aguanto porque me cuesta tirar la toalla, pero si ya no puedo más, lo descarto y lo someto a olvido. El proceso es tal, que hay personas que he descartado de mi vida y si me preguntas por ellas no me acuerdo. No soy olvidadiza, pero no me acuerdo de lo tóxico.

-¿Ese silencio también se disfruta?

-Claro. Incluso me molesta ir con gente que habla continuamente. Para escuchar necesito ver y procesar. El cerebro tiene que trabajar más. Me cuesta trabajo soportar la basura auditiva. Cuando no quiero oír, me pongo a mirar por ejemplo el mar, y ya ignoro lo que dicen. No sé si los oyentes podéis desconectar.

-Bueno, eso de mirar para otro lado parece práctico.

-También hay ruido visual. Y hay gente que va a que la escuchen. Me dicen 'Celia mírame, que me entiendas' y tienes que estar como un pasmarote mirando.

-¿La discapacidad en las mujeres es una doble desventaja?

-Sí, porque a la desigualdad de género, que aún hay, se une la de la propia discapacidad y padeces aún más. Ahora ya no tanto, pero quién encuentra antes trabajo o logra ser más independiente de su familia, una mujer sorda o un hombre sordo. Siempre el varón. La discapacidad limita más a la mujer, la encierra más en sí misma.

-¿En su caso cómo rompió esa burbuja?

-Entré sigilosamente. Fui a un colegio público en Los Belones. Era lo que había y tenía que seguir. Fue un autoesfuerzo, aunque no era consciente. Siempre fui competitiva y me gustaba estudiar. Y fue todo pasando, pero cuando entré en política fue cuando dije aquí estoy yo.

-¿En política encontró más resistencias?

-Vi otra parte del mundo. El trabajo de investigación es menos comunicativo. Y cuando entré en la Dirección General de Investigación e Innovación tocaba la transferencia de conocimiento, y me di cuenta de que me gustaba comunicar, captar ideas y hacer, porque siempre digo que soy hacedora.

-¿Ha topado con personas que creían que no debía estar en política?

-Claro, las hay que piensan que una persona sorda no debe tener el carné de conducir. A este nivel estamos. Quizá haya quien me vea con una limitación pero nadie se ha atrevido a decirme que por ser sorda no debía estar en política, pero sí cesaron de pronto a la intérprete sin consultarme.

-¿En el rechazo hay desconocimiento?

-Puede ser, pero no soy una persona que se someta. A veces pienso que la gente tiene la sensación de que voy sobrada, y piensan 'esta es sorda, pero cuidado con ella'.

-¿Qué le ha hecho más luchadora, la sordera o el Mar Menor?

-El Mar Menor me ha hecho más luchadora para los demás y a riesgo de mí misma. Defiendo algo en lo que tengo un conocimiento profundo. Y la sordera me ha hecho ser resistente.

-En todo el proceso del Mar Menor ¿qué le ha dolido más?

-Que haya personas que no han entendido que el Mar Menor no tiene color político, que te digan 'no se tiene que hablar mal de lo nuestro', cuando lo que hacemos es hablar de lo nuestro. No se puede silenciar y mentir sobre lo nuestro. No lo sienten como nuestro. Me ha dolido la ceguera de personas que creía que me conocían. Y yo no tengo intereses ni ganas de fastidiar.

-¿Por qué no se quedó cómodamente sin hacer nada?

-Claro, es lo que piensan algunos. Desde luego no tuvieron la menor educación, delicadeza ni clase ni afecto alguno conmigo. En Twiter un cargo público me llegó a llamar resentida.

-¿Y qué es lo positivo?

-El trabajo en red que hemos hecho. Tú tocas una puerta con el tema del Mar Menor y nadie te dice que no. Están empeñados en decirnos que lo que mueve el mundo es el dinero, pero en esto del Mar Menor hemos demostrado que no.

-¿El Pacto por el Mar Menor se ha vuelto una amenaza?

-Para la clase política y los sectores económicos, somos una mosca cojonera. No nos hemos disuelto después de cuatro años, no manejamos dinero, no tenemos color político, hablamos con un conocimiento. Es difícil hacernos callar. Y, como dice Julio Iglesias, 'lo saben'. Si trabajaran con nosotros, sacaríamos algo positivo.

-¿Conserva el carné del Partido Popular?

-Sí, pero me he sentido muy sola respecto al PP. En la lucha del Mar Menor estoy sola. Ya me sentí sola cuando me enteré de mi cese porque se publicó en el BORM. Nadie me lo comunicó. Me dejó una herida. Como no lo entendía, me costó superarlo. Entré con Alberto Garre y Juan Carlos Ruiz, y como el candidato fue Pedro Antonio Sánchez, pues dijo 'toda esta gente a su casa'. Bueno, algunos no. Y encima se enfadaron porque me metí en el Pacto por el Mar Menor, porque según ellos, es de Podemos. Y estoy segura de haber hecho un gran trabajo.

-¿Qué le ha enseñado la política?

-Para estar en política tienes que ser libre y sentirte seguro, no deberle nada a nadie, porque si eres vasallo no puedes hacer nada. Me ha enseñado que las cosas se pueden hacer si crees en ellas. También que muchas piedras están dentro, porque hay luchas de poder internas, que la mayoría de las veces son las que impiden avanzar.