José Jara: «Los animales también tienen vida tras la muerte»

El veterinario y músico José Jara, fotografiado con su guitarra. / Enrique Martínez Bueso
El veterinario y músico José Jara, fotografiado con su guitarra. / Enrique Martínez Bueso

En 'Neon Cactus', su primer trabajo discográfico, José Jara, veterinario, músico y compositor, le rinde homenaje al Jack Kerouac de 'En el camino'

ANTONIO ARCO

En 'Neon Cactus', su primer trabajo discográfico, José Jara (Murcia, 1965), veterinario, músico y compositor, le rinde homenaje al Jack Kerouac de 'En el camino'. Un camino, el suyo, donde le es posible encontrarse con cucarachas que van con traje, hablar en lenguas que estaban olvidadas, «buscar ese cruce que me devuelva a ti» o ser el ruido del mar. Su gato se llama Mortimer.

1. ¿Un sitio para tomar una cerveza?
Quitapesares. Murcia.
2. ¿Una canción?
Cualquiera del grupo Las Ruedas.
3. Libro para el verano.
- -'La conjura de los necios', de John Kennedy Toole.
4. ¿Qué consejo daría?
Procura ser tu mejor versión.
5. ¿Cuál es su copa preferida?
Agua con gas.
6. ¿Le gustaría ser invisible?
Sí.
7. ¿Un héroe o heroína de ficción?
Spider-Man.
8. Un epitafio.
«Volvió al desierto».
9. ¿Qué le gustaría ser de mayor?
¡Astronauta! [Risas]
10. ¿Tiene enemigos?
Uno o dos.
11. ¿Lo que más detesta?
La zizaña.
12. ¿Un baño ideal?
Cala Gracioneta. En Ibiza.

-¿Lo mejor qué es?

-Lo mejor son mis cuatro hijos. Siendo novios, mi mujer [la diseñadora Constanza Mas] y yo hablamos muy en serio de tener cuatro hijos, y así ha sido. A los dos nos encantan las familias.

-¿Qué le han enseñado?

-Además de que yo siempre digo que la vida sin hijos es en blanco y negro, y con hijos es ya en color, para bien y para mal, una de las cosas que me han enseñado es a aprovechar el tiempo. Cuando no tienes ni un segundo libre normalmente, cuando por fin pillas diez minutos eres el rey; en cambio, recuerdo que de soltero perdía los días enteros sin hacer nada. Llegaba la noche y me preguntaba: '¿Pero qué he hecho hoy?'. ¡Nada, pues nada, tenía todo el día libre y no había hecho nada!

-¿Cómo era usted de niño?

-Era callado y tímido, muy callado y muy tímido. Es curioso, me había olvidado de que era así hasta que un día me llevé una sorpresa: a mí no me gusta ir guardando cosas del pasado, pero de pronto, por pura casualidad, me encontré con un boletín de notas del colegio, de cuando tenía diez u once años. Y yo, que me recordaba como un niño alegre y extrovertido, leo que en el boletín ponía: «Se pasa los recreos enteros solo, paseando en silencio». De repente, regresé a esa edad y me di cuenta de que era verdad, de que yo era así. Muy introvertido, aunque tuve una infancia feliz.

-¿Con qué soñaba?

-Quería ser astronauta, y ahora me mareo solo con pensar en las pruebas por las que tienen que pasar. Quería viajar por el espacio, ése era mi gran sueño de pequeño.

«Una señora me contó: 'Le echo de comer a las ratas del río, y cuando llego a repartirles pan y las miro, ¡qué alegría, las tengo más gordicas!'»

«No me gusta perder el control de mí mismo. No me gusta desparramar»

-¿Por qué decidió usted ser veterinario?

-Mi padre es pediatra, y a mí me encanta la Medicina desde siempre, estaba enamorado de la Medicina. Recuerdo que me empollaba los prospectos de los medicamentos y me leía todas las revistas médicas de mi padre. Pero, al mismo tiempo, me gustan tanto los animales, siento por ellos una pasión tan arrolladora que, cuando supe que podría ser médico de animales, ya no tuve la menor duda de a lo que me quería dedicar.

-¿Cuándo comenzó su pasión por los animales?

-Hay una foto mía en blanco y negro, de cuando era muy pequeño, con un perro en brazos. El perro es casi tan grande como yo [risas]. Desde siempre me ha gustado ir por la calle avasallando perros y buscando gatos.

-¿Le gustan todos?

-Todos. Había una señora muy amante de los animales, que tenía un puesto de golosinas en la estación de autobuses, que se dedicaba a echarles de comer a las palomas, a los patos, a los gatos de la calle... Un día me contó: «Jose [sin acento], le echo de comer a las ratas del río, y cuando llego a repartirles pan y las miro, ¡qué alegría, las tengo más gordicas!». Hablaba con ternura de las ratas del río. Esa señora me enseñó lo que es de verdad el amor a los animales. Me siento muy identificado con ella.

-¿Cuál es el más fascinante?

-Me encantan los felinos salvajes. El leopardo sería el más fascinante, seguido de la pantera. No he tenido la oportunidad de trabajar con ellos, pero sí de estar al lado de un león y de un tigre dormidos, y es una sensación impresionante. También lo es acariciar el caparazón de una de esas tortugas de mar enormes con las que, por cierto, hay que llevar mucho cuidado porque como te metan un bocado puedes quedarte sin un trozo de carne.

-¿Qué vivencia se le ha quedado clavada?

-¡Son tantas! Pero hubo un caso que me marcó mucho, el de una perra ya mayor que siempre traían a la clínica dos hermanas de edad ya madura. Trataban a la perra como oro en paño, y cualquier cosa que le pasaba les preocupaba muchísimo. Cuando me explicaron el motivo me emocioné: la madre tenía alzehimer y la perra era lo único que la mantenía anclada a la realidad, era su último vínculo con la realidad. Se había desconectado ya de todo, se había olvidado de todo menos de la perra. Estaba pendiente de ella, preguntando por ejemplo si le habían dado de comer.

-¿Qué es lo más duro?

-Cuando tenemos que sacrificar a un perro, casi siempre por una enfermedad terminal, es durísimo. Yo trato a la mascota, pero le doy un servicio a su propietario, y la implicación emocional de los veterinarios con sus clientes es muy grande. Lo llegamos a pasar casi tan mal como ellos.

-¿Con qué no está de acuerdo?

-Yo no soy de la opinión de que cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro. No, no, yo adoro a los perros y adoro a las personas. Está muy de moda centrarse en los animales y menospreciar al ser humano, algo con lo que no estoy de acuerdo en absoluto. Yo copio de los perros, a los que les encantan las personas, las adoran.

-¿Vegetariano?

-Soy carnívoro, pero éticamente me cuesta justificarlo. Lo soy, aunque creo que terminaré siendo vegetariano porque también considero que todos los amantes de los animales somos vegetarianos de corazón. Pero es difícil renunciar a la carne.

-¿Somos los reyes de la Creación?

-Somos el escalón racionalmente más elevado, lo cual nos confiere una enorme responsabilidad que no acatamos.

-¿Nos cargaremos el planeta?

-No. Creo que el futuro del planeta se presenta bien. Me parece que estamos siendo un poco alarmistas de más, lo cual no es malo si eso ayuda a que la gente se conciencie de que cuidar nuestro planeta es imprescindible. Creo que el ser humano evoluciona bien, que vamos a seguir mejorando como especie y que el futuro es halagüeño. La opinión pública, que ahora tiene un poder que nunca ha tenido, va a conseguir llevar las cosas por buen camino en este terreno, estoy convencido.

-¿Qué tiene claro?

-Decía [Jean Paul] Sartre que el infierno es la mirada del otro; para mí, el infierno es la mirada de un animal que te reprocha algo que haces o que no haces.

-¿Qué no le gusta nada de usted?

-La inseguridad y la poca confianza en mí mismo es un rasgo de mi carácter. Con los años me estoy estabilizando, pero la introversión y la inseguridad me vienen acompañando desde el principio. También es verdad que el trabajo en la clínica ha ido haciéndome cada vez menos introvertido, porque me ha obligado a ir abriéndome. Con el tiempo, me siento muy a gusto relacionándome, pero me ha costado.

-¿Se defiende bien estando solo?

-Adoro a mi familia, pero si no la hubiese tenido podría haber estado solo perfectamente.

-¿Y cuántos perros tendría?

-¡Todos los que se arrimaran a mí [risas]. Sería una especie de san Francisco, pero sin el 'san'.

-¿Ahora cuántos perros tienen en su familia?

-Tenemos solo un gato enorme, pero el perro está al caer. El gato se llama Mortimer y pesa cinco kilos doscientos gramos; ¡está de buen año!

-¿Por qué un gato?

-El gato es más fácil de cuidar que el perro. De los gatos se dice que no tienen dueño, sino domicilio, y es verdad. Aunque el gato doméstico se considera una especie semidomesticada, hay gatos que son cariñosísimos; y cuando tienes un gato así, te marca.

-¿El suyo es cariñoso?

-No. En absoluto. Ni mucho menos. Pero tiene un encanto de felino salvaje que lo hace muy atractivo.

-¿Por qué recomienda tener mascota?

-En general, lo que una mascota aporta a una familia es un cordón umbilical con la naturaleza, con ese mundo natural que hemos perdido. Por eso son tan importantes.

Melancolía

-¿Las serpientes le atraen?

-Me encantan. Y las arañas, a las que les tengo cierto miedo atávico, visualmente me resultan muy atractivas.

-¿Qué ha comprobado?

-Que, como dicen los americanos, la vida es corta pero también es muy ancha y, en muchas ocasiones, apasionante.

-¿Tiende usted a la tristeza y a la nostalgia?

-Sí. Soy tremendamente melancólico, y lo que hago es volcar esa melancolía en las canciones y así me libero de ella.

-¿Qué echa de menos?

-Nada, llevo una vida feliz. Pero la melancolía es un sentimiento arraigado en mí. A la tristeza no me abandono, he conseguido mantenerla a raya. Ahora tengo un estado de ánimo bastante equilibrado.

-¿Heridas de amor?

-Ninguna; mi mujer es el gran amor de mi vida.

-¿Qué le ha aportado?

-Mucha estabilidad y confianza en mí mismo. Me ha enseñado, un poco, a quererme. Y, además de nuestra relación amorosa, tenemos como una especie de sociedad creativa: nos alentamos y aconsejamos mutuamente.

-¿Celoso?

-Yo soy muy celoso, pero sin motivo. Otro rasgo de mi carácter.

-¿Hay un Más Allá?

-Claro que sí. Pienso que somos un cuerpo, un espíritu y una mente. El espíritu y la mente son cosas distintas; el espíritu se manifiesta a través de la mente. Soy creyente, católico practicante. Afortunadamente, nos volveremos a encontrar con nuestros seres queridos, y espero que incluso con nuestras mascotas.

-¿Tienen alma los animales?

-Tienen un alma rudimentaria, sí. Los animales también tienen vida tras la muerte, estoy convencido de que sí.

-¡Pues no vamos a caber todos!

-[Risas] Así es, vamos a necesitar diez Tierras.

-¿Miedo qué le da?

-Si me pongo, me da miedo todo. Así es que lo que hago es procurar mantener el miedo bien a raya. Y,

una vez puesto a ello, procuro que no me dé miedo nada. Lo principal es que no pienso en ellos, no quiero convocarlos.

-¿Qué es una verdad verdadera?

-La música es un gran consuelo, te puede sacar de bastantes pozos.

-¿Alguna vez se ha sentido muy perdido?

-Desorientado sí, pero no perdido del todo, ni tampoco abandonado. Mi fe en Dios me lo impide, nunca me he sentido solo.

-¿Cómo se cuida?

-Hago ciclismo de montaña, que me apasiona, y no bebo ni una gota de alcohol. También me encanta correr y hacer senderismo, pero como no hay tiempo para todo, me centro en la bicicleta. Menudo descanso mental cuando la cojo y durante cuatro horas entro en ese estado alfa que te sienta tan bien y te deja nuevo.

-¿Qué no le gusta?

-No me gusta perder el control de mí mismo. No me gusta desparramar.

-¿Qué sí es?

-Coqueto y presumido. Me gusta gustarme a mí mismo.

-¿Qué no descarta?

-Un señor jubilado, propietario de un perro que adoptó de una perrera, me contó que algunas madrugadas se despertaba y veía a su perro como si estuviese comunicándose con otra persona. Él estaba convencido de que era con su anterior dueño, que según pensaba habría fallecido y por eso su mascota había acabado en la perrera.

-¿Qué fue un acierto?

-Mis padres nos educaron a los tres hermanos [dos hermanos y una hermana] en igualdad. Yo limpiaba mi casa de pequeño y, por ejemplo, la mesa la poníamos y la quitábamos los tres por igual. Las tareas domésticas eran cosas de todos, sin distinción.

-¿Qué no querría?

-[Risas] Ir degenerando, ir cuesta abajo. ¿Sabe lo que se cuenta de Belmonte? Cuando le preguntaron en una ocasión que cómo un banderillero suyo había acabado de gobernador civil, él respondió: «Degenerando, cuesta abajo, degenerando». [Risas]

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