«¿A cuánta gente he matado? No te lo puedo decir»

Bruce Grobbelaar, en un partido en Zimbabue después de retirarse en Europa. / reuters
Bruce Grobbelaar, en un partido en Zimbabue después de retirarse en Europa. / reuters

El guardameta del mejor Liverpool de la historia, confiesa en su autobiografía que antes luchó en la guerra de Rhodesia. «No podría decir a cuánta gente maté»

ANTONIO CORBILLÓN

Su bigote de machote, su sonrisa burlona y su tendencia a adornar sus paradas abonaron a los hinchas del Liverpool de los ochenta y primeros noventa a temer la próxima excentricidad de su carismático portero, Bruce Globbelaar. Se las perdonaron todas porque fueron los años más gloriosos de los 'reds' (rojos) de Anfield Road. Trece títulos británicos e internacionales en 14 años.

Pero, junto a la gloria deportiva, pocos futbolistas habrán vivido de cerca tanta tragedia como Bruce Grobbelaar (Durban, Sudáfrica, 1957). Calvo y sesentón, sigue acudiendo cada sábado al estadio de Anfield Road a ver a su equipo. Estos días ha vuelto al imaginario británico tras publicar sus memorias, 'Live in a Jungle' ('Vivir en una jungla'). Su lectura da sentido a su inclasificable comportamiento sobre el césped. Otro caso de vida rota rescatada por el deporte.

No había cumplido la mayoría de edad en Rhodesia cuando Bruce Grobbelaar fue reclutado por los blancos para luchar contra los independentistas del líder negro Robert Mugabe (que dejó el poder hace nueve meses). En una entrevista con la 'BBC' tras la presentación de su biografía, el exportero relata con crudeza sus acciones de guerra. También su primer muerto. «Fue al atardecer. Eres tú o ellos. Disparas. Cuando termina el tiroteo ves cuerpos por todas partes. La primera vez que todo en tu estómago sube hasta tu boca».

Cuando le preguntan a cuánta gente mató admite que perdió la cuenta: «No podría decirlo. Es por eso que siempre he vivido mi vida al día. Solo puedo pedir perdón por el pasado. No puedo cambiarlo», confiesa. Sus recuerdos están llenos de una violencia demencial. Desde el soldado de su unidad que coleccionaba las orejas de enemigos abatidos («tenía bastantes botes llenos») hasta los militares que se suicidaban por parejas para darse valor y huir de tanto horror.

«El fútbol me salvó. Me llevó lejos del pensamiento oscuro de la guerra»

Para él todo era aún más difícil. Globbelaar era uno de los pocos blancos respetados por la mayoría negra. Desde muy joven vivía como un héroe de culto incluso entre sus enemigos gracias al fútbol. Los hinchas le llamaban Jungleman (hombre de la jungla). Decían que era «un negro en la piel de un blanco». Por ahí empezó su redención. «El fútbol me salvó -afirma a la cadena británica-. Me mantuvo alejado de los pensamientos oscuros de la guerra».

En cuanto pudo, huyó para jugar en Canadá. Después llegó el salto al Crewe, un modesto club inglés. Un día, Bob Paisley, el mánager que reunió al mejor elenco del Liverpool de su historia, fue a verle. Grobbelaar salió a calentar con un paraguas (llovía) y se puso a hacer equilibrios sobre el travesaño de su portería. Le acabaron fichando.

Cerveza para las derrotas

El relato de 'Live in a Jungle' hace justicia a su historia. De las junglas bélicas africanas pasó al vestuario de un club que, en contra de su imagen arrolladora, ahogaba victorias y derrotas en cerveza. Antes y después de los partidos. Si ganaban, Bruce solo engullía tres pintas. Sus colegas, más. Si perdían, caían no menos de doce. «Para calmar la angustia, matar el dolor».

Siempre tuvo una extraña querencia por la tragedia, y no solo en el campo de batalla. En los de fútbol fue testigo de los mayores dramas: la muerte de 39 hinchas de la Juventus en el estadio de Heysel en la final europea de 1985, y la de 96 seguidores de su equipo aplastados en el de Hillsborough (Sheffield, 1989). «La barrera cedió y los cuerpos cayeron. Podía oír el aire que salía de ellos», explica aún estremecido.

Un juicio por apuestas amañadas en el que resultó absuelto le envió al ostracismo los últimos años de su carrera. La redención de sus pesadillas le llega en estos días. Jackie, una joven cuyo rostro aplastado se le quedó grabado en el estadio de Hillsborough, sobrevivió, y pudo firmarle un ejemplar de su libro en la presentación. El nuevo presidente de Zimbabue, Emmerson Mnangaqwa, le llamó hace unos días. «Hola, Jungleman. ¿Cómo estás?», le preguntó. «Le dije que regresaré en noviembre y que me encantaría ser el embajador del deporte y la reconciliación. Todavía tengo muchas esperanzas para Zimbabue y me gustaría marcar la diferencia». Siempre lo ha hecho.

'Baile del espagueti' para descentrar al rival en los penaltis

Final de la Copa de Europa 1984 en Roma. Enfrente, el equipo local y un Estadio Olímpico detrás. La cosa acaba en los penaltis. Le toca a Graziani, héroe del último mundial italiano en España 1982. «Pensé: el plato nacional es el espagueti. Haré las piernas espagueti». Bajo la portería empezó a moverse como si estuviera borracho. Graziani lanzó fuera y el Liverpool ganó el título. Fue la herencia de Grobbelaar, ya que su equipo no volvió a ganar este título hasta 2005, frente al Milán. También en los penaltis. Dudek, el portero entonces, repitió el truco. También le funcionó.

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