«A mis pacientes puedo darles la opinión de un médico que también estuvo muerto»

Roberto Canessa. /
Roberto Canessa.

Fue uno de los 16 supervivientes de uno de los accidentes aéreos más trágicos, inmortalizado por el libro y posterior película ‘Viven’. Hoy habla sobre su experiencia y sobre cómo le ha ayudado a encarar su profesión como especialista en cardiopátias congénitas

PILAR MANZANARESmadrid

El 13 de octubre de 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, que transportaba a jugadores de rugby y sus familiares a Chile, se estrelló en Los Andes causando la muerte de varios de sus ocupantes. Tras 72 días de supervivencia, y cuando ya se había dejado de buscar, Nando Parrado y Roberto Canessa aparecieron vivos tras escalar durante 10 días la cordillera de los Andes. Después, ellos mismos guiaron a los equipos para rescatar a 14 supervivientes más que esperaban en el fuselaje del avión estrellado.

Canessa, consciente de que su vida debía honrar a los compañeros caídos, se graduó como cardiólogo pediatra y fue galardonado tres veces con el Premio Nacional de Medicina en Uruguay. En 2015 fue designado Honorary Fellow of the American Society of Echocardiography. Actualmente es jefe de Ecocardiografía y Cardiología del Hospital Italiano y colabora con una red integrada por los más prestigiosos colegas en todo el mundo para ayudar a bebés y niños con cardiopatías congénitas: «Nada más escuchar el corazón de un feto sé si lo tiene completo o si está roto, si solo tiene un pedazo, si hay que arreglarlo», explica. Tras noticias, documentales, películas, libros, testimonios de compañeros como Nando Parrado... ahora es él quien cuenta su historia y cómo la tragedia le inspiró en su carrera en Tenía que sobrevivir (ed. Al revés).

¿Qué lecciones aprendió durante aquellos 72 días de brutal supervivencia?

Aprendí a no esperar los helicópteros [risas]. Aprendí a que no hay que esperar a que se te caiga el avión para darte cuenta de lo afortunado que eres, que vivimos siempre añorando sin darnos cuenta de lo que tenemos, que no hay que mirar la montaña sino el próximo paso, porque además no sabes lo que vas a necesitar para subir. Uno piensa que los problemas están donde no están. Nosotros sabíamos que al caminar, en algún momento, íbamos a encontrar un camino, una carretera, era una distancia finita, no podíamos pensar en un imposible, sino en pequeñas etapas. Las incertidumbres nos hacen perder eficiencia.

Tenía que sobrevivir

extractos de libro

«Me vuelvo hacia la madre embarazada en la camilla. ¿Cuál es la mejor manera de decirle que a su hija, que aún lleva en el vientre, le falta la cavidad más importante del corazón? Hasta hace muy pocos años, los recién nacidos con este tipo de cardiopatías congénitas complejas () morían al poco de nacer. Pero un día se dio un paso más en la medicina () y esta madre puede tener esperanzas. Les aguarda (a la familia) un largo periplo de destino tan incierto como el que nosotros vivimos en la montaña».

«No puedo evitarlo: me identifico con seres viviendo situaciones imposibles de superar. A esas madres (de hijos con cardiopatías congénitas) quiero decirles que lo que recibieron fueron diagnósticos de médicos que siempre estuvieron vivos, pero yo puedo darles la opinión de un médico que también estuvo muerto».

«Si esos mismos investigadores, con aquellos criterios, analizaran la vida que les espera a estos niños que nacen con cardiopatías congénitas que los obligan a padecer una cirugía a pecho abierto en el mismo instante en que nacen, donde a su minúsculo cuerpo lo congelan como a nosotros en el fuselaje y lo conectan a un corazón extracorpóreo, y sufren varias de estas cirugías en los primeros años de vida, concluirían que esos niños tendrán una vida peor que la del común de los niños. Yo pienso en cambio que su vida no es peor ni mejor: es diferente».

Como era estudiante de Medicina se convirtió en el médico de urgencia. ¿Cómo lo vivió?

Muy, muy mal. De pronto tenía que hacer vendajes, limpiar heridas, sajarlas, ver cómo controlar las infecciones, que eran internas porque el frío de aquel lugar lo convertía en el quirófano más aséptico del mundo... Y todo sin instrumentos. El agua de colonia que encontramos en las valijas de los portaequipajes se transformó en desinfectante; las hojas de afeitar, en bisturíes; las camisetas de rugby, en vendas... Y allí no había un médico, solo el alma de un médico.

Durante aquellos meses perdidos en los Andes descubrió que el nunca antes es relativo.

Sin duda. Ese nunca antes provocó que a nosotros el mundo nos diera por muertos. Y cuando nos vieron vivos no nos dijeron: «Nos equivocamos». Dijeron: «Han resucitado». Nos llamaron héroes, algo que jamás habríamos pensado nosotros dentro del fuselaje de aquel avión, porque éramos los últimos desgraciados, los desahuciados... Y tuvimos que oír cosas como «se salvaron porque se comieron a los muertos». No, nos salvamos porque salimos del refugio que era el fuselaje a caminar para encontrar una salida, porque sabíamos que nos habían dejado de buscar. Es increíble cómo el mundo ve nuestra historia y cómo la vivimos nosotros. Aún nos dicen que tuvimos suerte... ¿Por qué? Nuestro avión se estrelló, no nos encontraron, nos olvidaron, murieron muchos compañeros...

Por cierto, la idea de comerse a los muertos fue suya y como médico sabe que no les quedaba otra, pero imagino que fue muy difícil comunicar esta idea a sus compañeros y llevarla a cabo.

Obviamente, era la única fuente de calorías, grasas y proteínas que teníamos, pero en lo personal tenía un problema filosófico y espiritual, porque no podía preguntarles ya a aquellos compañeros si nos daban permiso para usar sus cuerpos para sobrevivir. Yo pensé que si moría quería que mis músculos fueron los de otro, que sobrevivieran, sería una especie de donante de vida. Hubiera querido que los que vivieran contaran a mi madre que había luchado hasta el final. A veces pienso que una mano maldita quiso hacer un experimento con nosotros y que por eso puso en aquel lugar y aquella situación a jóvenes fuertes, formábamos parte de un equipo de rugby, universitarios, para que tuviéramos el conocimiento como herramienta, religiosos, para que si creíamos en Dios fuera él quien se apiadara de nuestras almas... Frases como «se salva quien tiene ganas de vivir, quien se levanta cada día con la ilusión de tal vez salgamos mañana de la montaña» o «mientras hay vida hay esperanza», que no parecen servir de mucho en la vida que llevamos, eran allí de un valor inestimable, tenían una dimensión poderosa. «Estoy muerto pero mañana podría estar vivo», así era la sociedad de la nieve.

¿Le perdió el miedo a la muerte?

Sí, al menos lo creo. Se pierde para no sucumbir a la desesperación de ese miedo. Yo cargué durante 72 días al elefante de la muerte sobre mis hombros, su inminencia fue mi mayor terror, y cuando salimos, cuando vimos a la primera persona, sentí una felicidad indescriptible. Era la vuelta a la vida.

¿Su experiencia le cambió la forma de afrontar, de ver y vivir la medicina?

Sí. Yo ahora sé lo que sienten mis pacientes, sus familias, estoy dentro de ese círculo, digamos. Como digo en el libro, puedo darles la opinión de un médico que también estuvo muerto. Y también me cambió la forma de ver la vida. Después de todo aquello pensé que no podía desperdiciar la vida y que debía honrar a mis compañeros caídos con lo que hiciera, que estuvieran orgullosos. Tendría que llevar una vida digna, no quería que los padres de los fallecidos se preguntarán por qué se salvó este sinvergüenza en vez de mi hijo. No podía llevar una vida de distensión, tenía un compromiso con la vida, una oportunidad que otros no habían tenido. Y la medicina formaba parte de mi plan, era un compomiso ayudar a otros.

Volviendo a sus pacientes y al compromiso con ellos, ¿tiene contacto con esos bebés que nacieron con medio corazón y que, gracias a su ayuda, han llegado a adultos?

Por supuesto que sí, muchísimo. Ellos y sus madres y padres me ayudan en muchas ocasiones. Uno de esos niños, Roberto, dijo: «Mamá, cómo no voy a salir en el libro de Roberto si él me salvó la vida» [risas]. Es como si fuéramos todos uno. Y otro de los niños de los que hablo, el gran Tomás, que desgraciadamente murió, venía al médico a ver a su amigo, no al doctor.

¿Es la historia de ese niño una de las que más le ha marcado?

Uno nunca se olvida de los pacientes que se le mueren, se suceden las preguntas: «¿Qué no hiciste bien?», «¿Qué faltó?», «¿Qué no supiste darle?». Son las cuentas no resueltas con la conciencia.

¿Son los niños que trata más valientes que los adultos o les puede el miedo tanto como a ellos?

Creo que se puede nacer miedoso y morir valiente, y al revés. Son cosas que van cambiando en la vida.

Preguntas tan habituales para los padres de esos niños como «¿Seguimos?» « Si seguimos, ¿qué costo tiene?» Y la pregunta final: «¿Vale la pena?» ya se las formuló usted antes. ¿Qué respuesta les da cuando se las hacen?

No puedo darles ninguna, son preguntas que deben resolver ellos. Yo solamente puedo indicarles dónde está el camino sin darles garantías de si llegaremos a meta o no, eso no lo sabemos ni nosotros mismos. Pero también les muestro la luz del camino, lo que les espera si logramos llegar al final.

Para usted mereció la pena seguir caminando...

Creo que la vida merece la pena, que tiene respuestas maravillosas, como la de mi paciente María Rosario nació con medio corazón. Ella siempre corre en carreras y siempre llega la última, y los padres, por miedo, me preguntan: «¿Te parece que la dejemos seguir corriendo?». Y siempre les respondo lo mismo: «Preguntadle a ella». Porque a ella le encanta, le gusta que todos la aplaudan cuando llega a meta aunque sea la última. Dice que es un motor con un cilindro cuando los demás tienen dos, como una moto pequeñita al lado de las de competición. Sabe que siempre va a llegar la última, pero la vida es eso también. Creo que Rosario tiene el doble de alma y la mitad de motor. Las personas con una discapacidad no enseñan a vivir a los demás.

¿Qué hacemos cuando todas las probabilidades están en contra?

Para un niño que tiene un 90% de posibilidades de salvarse, en contra tiene un 10%. Para muchos de mis pacientes es al revés. Pero si te toca es el 100%, por pocas probabilidades que hubiera. No se trata de probabilidades, sino de lo que a ti te toca. Y eso es algo que tienen en cuenta los padres de mis pacientes, si les ha tocado el remoto porcentaje de enfermedad, también les puede tocar el de la curación.