Enrique (murciano) IV

O el loco más cuerdo que jamás se viera

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Fue como si hubiera venido a Murcia una compañía (de las mejores), desde un teatro madrileño (prestigioso), con una pieza (de reconocida categoría): el 'Enrique IV', de Pirandello. O, lo que es lo mismo, un grupo murciano -Teatro de la Entrega- como aquel TEU que sorprendió con la obra de Valle-Inclán: 'Farsa y licencia de la Reina Castiza', en un alarde de trabajo bien hecho, propio de profesionales.

Jueves y viernes de la semana pasada, un público entusiasmado se entregaba (ovacionándolo) a Teatro de la Entrega. Rememoramos entonces la acreditada trayectoria, históricamente hablando, del teatro hecho por murcianos, desde Ángel Fernández Montesinos hasta César Oliva, siendo Gustavo Pérez Puig el companaje del sabroso bocadillo.

Una puesta en escena actual, sencilla y eficaz fue el continente de un contenido pirandelliano, tan bien llevado que atrapó la atención del respetable, a lo largo de más de hora y media de apasionada representación. Seis actores y actrices -convincentes y con la lección bien aprendida- componían lo que a ratos era trono y a ratos portal urbano, para el loco más cuerdo que jamás vieran los siglos, en la persona de Enrique IV.

-¿El de Castilla?

No, el de Alemania. Tanto el uno como el otro eran carne de locura que era cordura y cordura que era locura. Ambos le habrían servido a Pirandello para construir su personaje. Tampoco parece que fuese imprescindible un rey. Cualquier sujeto de la jet set actual habría podido encarnar al protagonista de la pieza.

Luis Martínez Arasa abrazó el papel de Enrique IV como si le fuera la vida en ello. El actor y el loco/cuerdo, el trastornado y el juicioso, se fundieron en uno solo, resultando de ello una actuación inolvidable por tan convincente. Gestos, disimulos, broncas, excusas, llantos y risas llovían sobre unos espectadores de ojos muy abiertos, alimentando un torrente de sensaciones y sentimientos -unas veces coléricos y otras veces mansos-, en un alarde de histrionismo con causa que desembocaba en máximos.

Este 'Enrique IV' es también el resultado de largas horas de trabajo disciplinado, que se sirve finalmente como el buen vino que te regala sabores inesperados, cuando catas la embriaguez del disparate y la sobriedad de la clarividencia. Todo un acierto.

 

Fotos

Vídeos