«¡Si me escuchas, detén el Talgo!»

Diez años después de la tragedia de Chinchilla que causó 19 muertos, la línea sigue siendo un anacronismo en la red ferroviaria

MANUEL BUITRAGO MBUITRAGO@LAVERDAD.ESMURCIA.
El Talgo y el tren de mercancías, tras la colisión frontal | Ramón Espinosa / AP/
El Talgo y el tren de mercancías, tras la colisión frontal | Ramón Espinosa / AP

La línea Cartagena-Albacete es un anacronismo cada vez más patente dentro del mapa ferroviario español y resume el olvido histórico de los gobiernos de turno por modernizar el transporte por tren en la Región. Cuando se cumplen diez años del trágico accidente de Chinchilla entre un Talgo y un convoy de mercancías, que causó 19 muertos y 40 heridos, este tramo ferroviario ha recibido las inversiones mínimas para mantener su operatividad, pero su modernización se encuentra estancada pese a las reiteradas promesas políticas. Las pruebas, un suma y sigue, son la variante de Camarillas que se dejó a medio construir, y el paso a nivel de Alcantarilla que también se ha cobrado demasiadas vidas y que ahí sigue.

Esta línea que transporta cada año más de medio millón de viajeros entre la Región y Madrid estaba anclada hace diez años en el tercermundismo ferroviario mientras el Estado destinaba casi todo el dinero a la red de alta velocidad. El marco era demoledor: una vía única, sin electrificar, con un trazado del siglo XIX, y, sobre todo, con medidas de seguridad obsoletas . Y tanto. Con esta suma de precariedades la tragedia -dos trenes que circulaban hacia el infierno ocupando la misma vía- tuvo unas causas evidentes.

A las 21.41 horas del 3 de junio de 2003, el jefe de circulación de Chinchilla llamó alarmado al puesto de mando de Valencia porque se había 'escapado' el Talgo 226 con destino a Cartagena, con 86 viajeros a bordo. En aquellos momentos, el tramo estaba ocupado por otro tren de mercancías que recibió la señal de salida en Navajuelos, un apeadero situado a pocos kilómetros de distancia.

En la investigación posterior, el empleado declaró que la señal de salida estaba abierta para que siguiera el tren, pero que no recordaba cuándo la puso. El caso es que nadie se explicó qué pudo suceder exactamente porque los maquinistas también fallecieron. En la intersección de Chinchilla, aquel Talgo pasó de la modernidad de la línea Madrid-Valencia (vía doble, electrificada y con modernos sistemas de señalización y seguridad) a una vía anticuada que era otro mundo; el epítome de la indolencia inversora. Los respectivos jefes de estación se comunicaban a través del sistema de Bloqueo Telefónico, con el que verbalmente se solicitaban y concedían paso a los trenes entre los diferentes cantones de la línea. El factor humano, unido al precario sistema de seguridad, fue una combinación desgraciada, ya que no hubo forma de detener los trenes, y tampoco de comunicarse con los maquinistas para que se detuvieran antes de la colisión, probablemente porque el fatal desenlace ya se había producido a escasa distancia de Chinchilla.

Hacia el infierno

El registro de las conversaciones entre el factor de Chinchilla y el puesto de mando de Valencia, al que tuvo acceso 'La Verdad', mostró los instantes de angustia previos al choque: «¿Puede llamar al maquinista del 226 (Talgo)? Que se detenga inmediatamente, que está subiendo el 83407 (mercancías)», informó a toda prisa el jefe de circulación de Chinchilla al puesto de Valencia.

Por el canal 3 del sistema Tren-Tierra, el operador trató de comunicarse con los maquinistas: «¡Si me escuchas, detén el talgo!», gritó alarmado. También lo intentó infructuosamente con el mercancías. Dos minutos después, en mitad de la desesperada conversación, el factor de Chinchilla dijo que estaba viendo mucho humo: «¿Me escuchas? ¡Chinchilla! ¿Me escuchas? Oye ese tren..., se ha tenido que chocar ¡eh!.. Tiene que ser a la misma salida...» Acto seguido reclamó auxilio.

A unos 4 kilómetros de Chinchilla, en dirección a Murcia, la máquina del Talgo quedó empotrada bajo el mercancías en un espectáculo dantesco. Los pasajeros que viajaban en primera clase sufrieron la peor parte. La mayoría de fallecidos iba en el primer vagón, que instantes después del choque se vio envuelto en llamas. Las puertas quedaron bloqueadas y quienes aún seguían con vida tras el fuerte impacto, buscaban una salida a la desesperada rompiendo las ventanillas. La temperatura alcanzó los 1.800 grados centígrados dentro de los vagones más afectados, ya que para mayor desgracia tocaron un tendido de alta tensión paralelo a la vía que inflamó el combustible que se había derramado.

Los heridos fueron trasladados al hospital de Albacete, donde empezaron a llegar los familiares con una mezcla de sentimiento que iban desde el desasosiego a la indignación. La irritación fue creciendo conforme se conocían las circunstancias de uno de los mayores accidentes ferroviarios de España, ya que muchos pensaron que se pudo evitar a poco que se hubiera mejorado la línea. Además, llovía sobre mojado, ya que en febrero de ese mismo año se produjo otro accidente en Tobarra, a pocos kilómetros, al descarrilar otro tren Talgo, provocando la muerte de dos viajeros y numerosos heridos. El entonces vicepresidente del Gobierno regional, Antonio Gómez Fayrén, estalló al denunciar públicamente la condiciones de la línea, que ancló en el siglo XIX, una crítica que no encajaron bien el presidente José María Aznar y el ministro Álvarez-Cascos.

Fue una suma de fatalidades. El sistema de seguridad que habría impedido la tragedia de Chinchilla fue adjudicado 24 día antes del accidente, aunque lo denunciable fue que dicha mejora llevaba tres años de retraso. Se trata del Control de Tráfico Centralizado que permite dirigir la circulación de la línea desde el puesto de mando de Valencia. Pese al siniestro de Chinchilla, pasaron otro tres años para que este sistema quedara instalado.

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