«El dengue dejó a mi hijo muy tocado; pensábamos que se nos moría»

Antonio, ayer, en una loma desde la que se puede otear Ribera de Molina, donde en apariencia recibieron las picaduras del mosquito tigre. / vicente vicens / agm

Antonio, un vecino de Cabezo de Torres infectado por dengue junto a su hijo en septiembre, relata los ocho días de pesadilla que vivió toda su familia hasta que el chaval recibió el alta hospitalaria

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

El dolor que refleja el rostro de Antonio al recordar los padecimientos sufridos no hace buen maridaje con los obligados mensajes de tranquilidad que se vienen lanzando desde la Consejería de Salud desde que, a finales del verano, se conoció que el dengue había dejado de ser una enfermedad 'exportada' al cien por cien y que ya se había registrado el primer brote autóctono en España. Las autoridades sanitarias insisten en que, «en la mayoría de los casos, el dengue es una enfermedad leve». Y sin duda es muy cierto, por más que Antonio repita una y otra vez eso tan castizo de «por nadie pase» y todavía sea incapaz de hablar sin emocionarse de la semana larga que pasó su chico de 19 años, el pequeño de la familia, el otro Antonio, ingresado en una sala de aislamiento del Hospital Morales Meseguer por culpa del dichoso virus que transmite el mosquito tigre. «Lo pasamos muy mal; pensábamos que se nos moría», confiesa este vecino de Cabezo de Torres, de 53 años de edad, quien se ha jurado y perjurado un millón de veces que su chaval no volverá a pisar, «así lo manden los médicos», la finca familiar de Ribera de Molina en la que se sospecha que recibieron las picaduras del mosquito tigre.

Allí, en unas cuantas tahúllas adquiridas por su padre mucho tiempo atrás, en las que Antonio cuida de un puñado de naranjos y limoneros y mata sus pocas horas libres arrancando verdolagas y otras malas hierbas, se encontraba con su hijo a mediados del pasado septiembre. «Que mira que es casualidad, ya que no suele venir a la finca porque no le gusta», explicaba ayer a 'La Verdad'. En un momento dado, el chico, que vestía pantalón corto, se quejó de que había recibido algún picotazo en las piernas. «Por allí no hay muchos mosquitos, pero bueno, al estar trabajando entre las hierbas, pues alguno te puede picar...».

Él también sabía bien lo que era sentir la incómoda quemazón que deja la picadura del mosquito tigre ('Aedes albopictus') y ver cómo se hincha y enrojece la zona afectada, «hasta que desaparece en un par de días». De ahí que ninguno de los dos le diera mayor relevancia al hecho, ni esa jornada ni en las que le sucederían, hasta el día en que una llamada procedente del Morales Meseguer permitió al fin que todas las piezas encajaran.

«Había pasado una semana y media o dos desde que le dieron el alta cuando me llamaron desde el Morales Meseguer; me dijeron que habíamos tenido el dengue»

Y es que fue en ese centro sanitario donde acabó el joven Antonio, en la noche de un viernes, después de que la fiebre que venía sufriendo durante más de 24 horas siguiera sin remitir y alcanzara picos por encima de los 38,5ºC. «Yo estaba trabajando y fueron mi mujer y mi hija Cristina quienes lo llevaron al hospital. Y allí ya les dijeron que se tenía que quedar ingresado».

«Es mil veces más fácil que te toque la lotería a que te pase lo que nos ha ocurrido a nosotros»

Los ocho o nueve días siguientes fueron una tortura para la familia. «El crío seguía con fiebre alta y se le pusieron muy rojas las piernas y los brazos; se quedó prácticamente sin defensas, a cero, y le afectó también al hígado», rememora. «Tuvieron que ponerlo en aislamiento en la sala de las ocho camas y solo podíamos entrar con mascarilla, porque éramos un riesgo para él».

«Un trato magnífico»

El vecino de Cabezo de Torres se viene abajo solamente con echar la vista atrás. «Es que fue muy duro. Nadie sabe lo mal que se pasa hasta que ves así a tu hijo», indica. El único buen recuerdo de esos días, al que se aferra en cuanto tiene oportunidad, es «el excelente y cariñoso trato que nos dieron todos los trabajadores de la sexta planta del Morales Meseguer, desde la doctora Rosa, que estaba volcada con nosotros, al resto de los profesionales».

«Mi zagal se quedó con las defensas prácticamente a cero y tuvieron que ponerlo en aislamiento; solo podíamos entrar con mascarilla para evitarle riesgos», rememora

El día en que le dijeron que el tratamiento estaba haciendo efecto, que la evolución del chaval era muy buena y que le iban a dar muy pronto el alta hospitalaria, Antonio pudo por fin sustraerse a la congoja y al miedo y pararse a pensar, aunque solo fuera por un minuto, que él también había estado enfermo de lo que fuera que había castigado a su hijo. Aunque no le hubiera hecho el menor caso a su dolencia de tan preocupado que estaba por su vástago.

En ese momento, lo cierto es que nadie sabía a ciencia cierta que lo que les había golpeado a ambos era el virus del dengue, con la inestimable intermediación de un mosquito tigre.

«Nos enteramos unos cuantos días más tarde; igual una semana y media o dos semanas después de que el crío hubiera salido con el alta. Nos llamaron del hospital y nos dijeron que eso que habíamos sufrido era el dengue. La verdad es que me quedé muy sorprendido, aunque ya había leído unos días antes que unos vecinos de Alhama también se habían contagiado. Tampoco es que nos alarmásemos, porque ya estábamos en casa y había pasado lo peor», comenta Antonio, que en este último mes y medio ya ha retornado a la finca un buen puñado de veces.

«No he cogido miedo, al menos por mí, pero me he jurado que el chaval no vuelve a poner los pies en esta tierra». Cuando se trata de su hijo, todas las prevenciones le parecen pocas, por más que desde la Consejería de Salud se haya hecho saber que la zona ha sido fumigada y por más que las posibilidades de volver a ser picados por un mosquito tigre que porte ese virus son, más que muy remotas, prácticamente inexistentes.

Y es que, cuando Antonio se para a pensar en las circunstancias que se han tenido que dar para que él y su hijo se hayan visto afectados por ese primer brote autóctono de dengue, la mente no le alcanza a tal cúmulo de casualidades encadenadas. «Un mosquito tigre le tuvo que picar a alguien que ya portaba esa enfermedad en la Región. Y ese mismo mosquito fue a picar a unos vecinos de Alhama, que se contagiaron. Y ya no sé si ese mismo mosquito nos picó también a nosotros, o fue otro el que...», comienza a formular hipótesis, hasta concluir que «es mil veces más probable que te toque la lotería a que te pase lo que nos ha ocurrido a nosotros».

«Bueno, quizás estas navidades se invierta la suerte y le toque el Gordo», le anima el periodista. Y Antonio, aunque celebra el comentario y se dice por dentro que no estaría mal que así ocurriera, acaba reconociendo que «Dios ya ha cumplido con nosotros al salvar a mi hijo».

«Así no se pega»

Mientras apura una Coca-Cola en una terraza de Cabezo de Torres, bromea con la repercusión que puede tener el hecho de darse a conocer públicamente como afectado por el dengue. «Yo creo que todo el mundo sabe que esta enfermedad no se contagia de persona a persona, solo por las picaduras del mosquito tigre, pero déjalo claro por si acaso», reseña. Y es que afirma que en los primeros días después de superada la enfermedad, cuando le decía a algún conocido lo que les había pasado, «siempre había alguien que, bromeando, daba un salto mientras decía: '¡pijo, a ver si ahora me lo vas a pegar a mí!'».

Que estén tranquilos, que así no se contagia. Dicho queda.

 

Fotos

Vídeos