Mapas sin mundo (03/03/2019)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Cuando Joseph Beuys dijo estar firmemente convencido de que «una liebre puede adquirir más conocimiento del desarrollo político del mundo que un ser humano», seguro que tuvo una revelación y estaba pensando en este mismo momento que vivimos. El concepto de 'Individuo político' ha quedado tan devastado por los determinismos culturales que, a fin de recuperar un mínimo de humanidad, lo mejor, paradójicamente, es recuperar el instinto animal, esa inteligencia natural que permite una adaptación no forzada con el entorno. La liebre se ha llegado a convertir en una utopía en el actual panorama político. Su agilidad es el camino más corto hacia la rehumanización de las acciones. La desesperación de Beuys le llevó a afirmar : «Quiero elevar el estatus de los animales al de los seres humanos». Pero no: la solución hoy es elevar a los seres humanos al estatus de los animales.

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En la inmisericordia de la cordura, de la corrección nauseabunda del lenguaje, emerge Nietzsche y afirma: «El hombre es el ser enfermo». Sí existe un superpoder en él es desviarse, quebrantar, alejarse de la realidad. La enfermedad es la fuente creativa del individuo, su única defensa contra el escrúpulo de un sistema violento.

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Quizás el mayor aporte de sufrimiento sea esa persecución a la que Yeats dio forma con dos celebres versos: «Estoy buscando la cara que tenía / antes de que fuera creado el mundo». No existe el rostro antes de la máscara. Queremos llegar a lo preexistente, cuando, en realidad, todo es mundo y nada más que mundo. Ningún rostro fue alguna vez puro.

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Solo se puede ser aproximadamente. La plenitud es inexacta.

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Si el Rey hubiera posado ante su ninot, la realidad habría desactivado a la representación. Sin embargo, el no atreverse a hacerlo demuestra, una vez más, que la monarquía es una representación y no una realidad.

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Los lugares equivocados son la última evidencia de que aún todo es posible.

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No me digas cómo ser libre; déjame serlo.

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Quien rompe siempre se rompe. No hay cuerpos alternativos de una sola pieza.

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He llegado a la conclusión de que no sé dar la bienvenida ni tampoco despedir. Las actitudes del «hola» y del «adiós» me resultan demasiado extremas y excepcionales, necesitadas de un desembolso emocional que pone en alerta cada célula de mi cuerpo. No me gustan los momentos emblemáticos, aquellos que para los demás son solo una parte más de los protocolos, pero que para mí aportan una intensidad intolerable.

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La diferencia entre una mujer y un patriota es que éste puede defender sus derechos y la mujer no. Si osa hacerlo ella será una feminazi, una heredera de Hitler.