Los Ludi Apollinares

Ilustración del pintor murciano Arturo Pérez. /Arturo Pérez
Ilustración del pintor murciano Arturo Pérez. / Arturo Pérez

Teatro de Carthago Nova, Nonas Iulias (7 de julio). Año 3 d. C.

ARÍSTIDES MÍNGUEZ BAÑOS

Una procesión de mariposas recorría las entrañas de Titus Iunius Paetus. Por fin habían llegado las Nonas de julio, el segundo día de los Ludi Apollinares, los juegos de Apolo, introducidos para implorar su protección tras la derrota de Cannas ante Aníbal, el púnico, quien hizo sudar sangre a las águilas romanas. Partió, precisamente, de esta urbe.

Se había levantado poco antes del alba sin necesidad de que lo despertaran. Sus padres le habían prometido que podría ir a los espectáculos del teatro y a los del anfiteatro, acompañado de Calístenes, su preceptor.

Calístenes procedía de Quíos. Pater lo compró en el mercado de esclavos de Delos, porque era oriundo de la misma isla que Homero. Era un ayo severo. Solo le hablaba en griego y le exigía que él lo hablara sin acento latino. A pesar de que Calístenes era un cardo borriquero, no sería tan estricto como Pater, Lucius Iunius, uno de los prohombres de la colonia.

A sus 12 años era la primera vez que le dejaban salir acompañado por un esclavo solo. Apolo castigaba con sus rayos inmisericordes a los mortales. Ni siquiera corría una mísera brisa. Cuando se acabaran los Ludi, la familia se marcharía a su villa en el Caput Paludis, la Punta de la Laguna. Allí estaban más frescos y tenían dos mares para su disfrute.

Calístenes lo había conducido primero al templo de la Tríada Capitolina, en el foro, ante cuyo altar exterior los harúspices sacrificaron un buey para Apolo, dos cabras a su gemela Diana y una novilla para su madre Latona.

Visto que los dioses se habían mostrado propicios después de que los harúspices examinaran las vísceras, corrieron hacia el teatro. Los Paetus eran uno de lo patronos que habían colaborado con la ornamentación del edificio y contaban con sitios reservados en las primeras gradas de la ima cavea, la más cercana al escenario. Entraron por los vomitoria que conducían a la orchestra, donde los músicos y los bailarines acompañarían a los actores, que representaban en el pulpitum.

Titus quedó estupefacto ante la monumentalidad del edificio. Calístenes le informó de que en la cavea cabían 7.000 espectadores y de que las clases más altas se sentaban en la ima cavea, mientras que las más desfavorecidas lo hacían en la summa, la más alejada. Las clases medias, en la media cavea.

Gratuidad

El niño preguntó cómo se sabía en qué sector se tenía que sentar. Su mentor le explicó que todos los espectáculos eran gratuitos. Un ciudadano relevante corría con los gastos de todos los juegos para ganarse el favor de sus conciudadanos y que lo votaran en las próximas elecciones. Este año su cuñado Salvius era el patrocinador: aspiraba a ser uno de los próximos duoviri que regirían el municipio.

Los que querían asistir a los diferentes espectáculos acudían a las oficinas municipales, donde los funcionarios, consultando el censo, les daban a cada uno una ficha según su clase social. Luego se dirigían a los distintos vomitorios buscando un grabado con la figura que llevaban en su ficha. Cada túnel conducía a la zona del graderío que te correspondía según tu linaje. Lo mismo sucedía en el anfiteatro y en el circo.

Pantomima

Calístenes le mostró las aras que su padre había encargado, dedicadas una a la diosa Fortuna, a quien los Paetus rendían culto especial, y a Cayo, el nieto de Augusto, el que financió de su propio peculio el edificio.

Por eso, continuó el quiota, la mayoría de las esculturas de la scaena o fachada estaban relacionadas bien con Apolo, dios muy caro al emperador, bien con Rómulo y Remo, los fundadores de Roma.

Titus admiró el edificio, acariciando con sus dedos los nombres de su padre, de su abuelo Lucio y de su bisabuelo Tito, de quien heredó el praenomen.

Un heraldo anunció la función. Era una pantomima sobre el Juicio de Paris. Muy divertida, casi irreverente, decían, pero el niño solo pensaba que por la tarde irían a ver a los gladiadores en el anfiteatro. Eso es lo que de verdad le atraía.