Diario de escritura (VII)

'Paisaje encerrado'./Sylvia Molina
'Paisaje encerrado'. / Sylvia Molina
Miguel Ángel Hernández
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Lunes 3 de junio

Despiertas con dolor de cabeza y el resfriado sigue ahí. Mañana de correcciones. Exámenes y prácticas. Varios trabajos vienen con varios tipos de letras. Algunos ni siquiera disimulan el copia y pega. A veces piensas que es mejor que entreguen las cosas escritas a mano. Así al menos tendrían que tomarse la molestia de transcribirlas.

Por la tarde, el traumatólogo te da la fecha definitiva para la operación de menisco -28 de junio- y ya deseas que llegue el día. No sólo por el dolor, sino sobre todo por la posibilidad de pasar un mes entero recluido en casa, leyendo y escribiendo. El cuerpo es lo único que ha aprendido a decir que no.

Martes 4 de junio

Mañana de tutorías en la universidad. Te acomodas al nuevo despacho. Has cambiado varias veces desde que comenzaste, pero por fin sientes que este es el definitivo. Lo piensas un momento: si todo va bien, permanecerás ahí hasta que te jubiles. De repente, todo se torna extraño. Y, por alguna razón, no logras imaginar el futuro.

En la tertulia de la radio, citas a Ulrich Beck y, al comentar el regreso de problemas que parecían superados, hablas de conceptos y categorías zombi: prácticas e ideas que, aunque pertenecen a otro tiempo, nunca acaban de irse del todo. Eso es, piensas, lo que plantea la ultraderecha, el regreso de un mundo que creíamos extinguido.

Tras la tertulia, apenas tienes tiempo para comer. A las tres y media, examen de Teoría del Arte. Terminas rápido y sales para Albacete, donde tienes un club de lectura sobre 'El dolor de los demás'. Dos horas largas de preguntas que vuelven una y otra vez sobre lo mismo. Intentas contestar como si fuera la primera vez. Pero a veces no puedes esquivar la náusea de la repetición. Al regresar en el coche, te notas cansado y se te cierran los ojos. Diez kilómetros más y no llegas.

Miércoles 5 de junio

Tutorías. Después, videoconferencia con el Cervantes de Londres. Varios ingleses han leído tu novela. Lo que más llama la atención es el territorio extraño y mágico que describes: la huerta. Todos quieren venir a visitarla.

Abandonas definitivamente el último libro de Siri Hustvedt. Tiene páginas esplendorosas, pero por alguna razón no puedes mantener la atención estos días. Te cuesta admitirlo, pero no acaba de arrancar y no encuentras el modo de seguirle el hilo.

Hay libros que abandonas con el marcapáginas en su interior, confiando en un futuro y pensando que el problema es tuyo y no del libro. Y hay otros muchos que abandonas para siempre sin remordimiento alguno. Al libro de Hustvedt le dejas el marcapáginas dentro.

Jueves 6 de junio

En el tren hacia Albacete, ves dos capítulos de 'Chernóbil'. Tremenda. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. Los planos detenidos. Y la música -más bien, el sonido-: se clava en el cerebro como algo metálico y te conduce directamente hacia el infierno.

Por la tarde, club de lectura en Villarrobledo. Al terminar una mujer se acerca y te enseña una foto suya subida en un poni. Está convencida de que es el mismo poni de la portada de tu novela.

Haces noche en Albacete. El hotel es antiguo y demasiado oscuro. Con el resfriado y el cansancio, no encuentras el modo de dormirte. Pruebas a masturbarte, pero las imágenes de 'Chernóbil' contaminan el deseo. Enciendes el iPad y ves varios episodios hasta que se te cierran los ojos. No apagas la luz.

Viernes 7 de junio

Tren a Madrid hacia la Feria del Libro. Te encuentras allí con Leo, que también viaja a la feria. Coméis con Malcolm y con David y llegas con el tiempo justo a la caseta para firmar. La tarde se da bien. Mucho mejor de lo que habías imaginado. Antonio os trae cervezas. Con Chirinos recuerdas los días en Venezuela. De vez en cuando se acercan amigos y lectores. Sientes que ya no eres un extraño.

Al acabar, te cuelan en la fiesta de Penguin. Miguel escribe tu nombre a mano en la lista. Y entras del brazo de Cristina, que finge ser tu pareja. Allí está todo el mundo editorial. Escritores que admiras que ahora también son amigos.

Cuando os echan de ahí, la fiesta sigue en el Cock. En un momento, se acerca Jabois y Leo canta a voz en grito el himno del centenario del Madrid. Se hace el silencio en el bar y todos se quedan mirando. Jabois se acerca a la barra entre orgulloso y avergonzado. Todo continúa como si nada hubiera sucedido.

La noche se alarga hasta la mañana. En el after, la camarera te reconoce y te pregunta por Walter Benjamin. Estás en una nube. Besos y abrazos en la madrugada. Te quedarías ahí para siempre.

Sábado 8 de junio

Has dormido tres horas, te duele la cabeza y, sin embargo, te levantas extrañamente animado. Lees los periódicos y caminas hacia la feria. Firmas en la caseta de Fórcola. Unos lectores te traen cerveza fría y patatas fritas Pijo. Coméis con Diego, Alfonso y María Luisa. Expedición murciana en el Retiro.

La siesta de una hora no logra resucitarte del todo. Tienes la boca seca y el resfriado continúa. En la Feria, charla de Herrralde con Juan Cruz. Después, en casa de Miguel García, cena de autores de Anagrama. Celebráis los cincuenta años de la editorial. La tarta es una reproducción de la mesa de Herralde, con los libros y manuscritos desordenados. Lali corta el pastel y reparte trozos como si fuera la madre de todos. Algo de eso hay allí. Anagrama también es una familia. Y no puedes evitar la emoción por formar parte de algo así.

Al terminar, os acercáis a la fiesta de Contexto en Hotel de las Letras. Demasiado calor y demasiada gente. Triunfa tu chapa de Homer Simpson obeso. Tras la fiesta, más copas en el Costello. Pero esta noche tú no puedes seguir el ritmo. A veces dormir es una opción.

Domingo 9 de junio

Despiertas temprano y sin resaca. Desayunas tranquilo y te encuentras con Kutxa y Marta. Ejerces de mitómano y Trapiello, Peiró y Limonov te dedican sus libros. Al llegar a la caseta de Delirio, Flavio te ve la cara de derrota y dice: «habría que mirarte la caja negra para saber cómo has llegado hasta aquí». El humor es curativo. Como el día. Hermoso. Estás cansado, pero pletórico.

En el tren de vuelta, comienzas a leer 'El final del affaire', que Salva te ha hecho comprar en la caseta de Libros del Asteroide. El tono es exactamente el de la novela que quieres escribir. Graham Greene es un maestro. Cierras los ojos y mentalmente haces la prueba. Aunque habías pensado utilizar el indirecto libre, la historia también funciona en primera persona.

Últimamente solo piensas en la novela mientras viajas en tren. Como si el traqueteo del vagón también moviese el pensamiento. Estas semanas de viajes continuos van a acabar siendo productivas. Ahora necesitas sentarte tranquilo en casa. Aunque sea con muletas.

Raquel te recibe con los regalos de cumpleaños sobre la mesa. No se resiste a dártelos al día siguiente. Tú tampoco a recibirlos. Unos auriculares y un juguete musical japonés. Para el hombre de 42 años y para el niño que sigue anidando en su interior. El que nunca se marcha del todo. El que esta noche cae rendido a la cama y ya no sabe qué más soñar.