Diario de escritura (VI)

Kintsugi_Notebook II/Sylvia Molina
Kintsugi_Notebook II / Sylvia Molina
Miguel Ángel Hernández
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Lunes 27 de mayo

Resaca electoral. Ahora, tiempo de pactos. Pero estás tan cansado de la campaña que decides desconectar las redes unos días y te dedicas a escribir. Continúas con el relato sobre el Real Murcia que comenzaste la semana pasada. Ensucias varias páginas con esbozos y posibilidades y, a media mañana, ya tienes cogido el tono para empezar una primera versión. Inauguras entonces el cuaderno japonés que has comprado por internet. Un cuaderno Life tan bonito que llega a ser disuasorio. Sin embargo, no lo piensas demasiado y comienzas de cualquier manera. Es el único modo de evitar el bloqueo de la primera frase. Profanando el cuaderno. Escribiendo cualquier cosa. Incluso tachando y manchando. De lo contrario la página se convierte en un templo y anula la escritura.

Es algo que enseñas en el taller de escritura: empezar como sea. Sobre todo, porque las primeras frases son siempre tentativas. Empiezas sin el tono preciso y, poco a poco, lo vas cogiendo. Es tu manera de escribir: no esperar a estar preparado. Tirarte a la piscina sin saber nadar. Y confiar que en algún momento saldrás a flote y podrás regresar a la orilla.

Por la tarde, visitáis un piso en Murcia. Habéis decidido mudaros al centro y llevas unas semanas viviendo en la web de Idealista. Entras todos los días y prácticamente ya conoces de memoria las casas disponibles en Murcia. La que veis hoy os gusta y está cerca de la universidad. Pero necesitas una lotería o un 'best seller' para poder comprarla. Habrá que seguir buscando.

Martes 28 de mayo

Piscina por la mañana. Una semana después. Ya estás de nuevo en los 110 kilos. Y tienes claro el origen: demasiada vida social. Solo adelgazas cuando estás en casa. Los días que se avecinan no presagian nada bueno.

Miércoles 29 de mayo

Temprano, dentista. Llevas así ya casi cuatro meses, acabando novelas en la sala de espera. Hoy al menos es rápido.

En la universidad, entre reuniones y tutorías, acabas de escribir el diario.

Comes con Javier y Fernando, que presenta esta tarde su último libro en el Cendeac, y disfrutas con sus historias y sus lecturas. A pesar de todo, lo notas más apagado de la cuenta. Todo el mundo tiene derecho al cansancio. Incluso Fernando.

Después, 'gin-tonics' con Sergio. Recordáis el día glorioso de Mieke Bal.

Terminas justo a tiempo para el club de lectura de la Biblioteca Río Segura. Bebes agua, te lavas los dientes y nadie nota nada. Estás lúcido y disfrutas con la conversación de los lectores. A pesar de todo, hay terrenos en los que ya te cuesta volver a adentrarte. Escribiste una novela para salir de una historia traumática y llevas más de un año sin parar de hablar de ella. No sabes cuánto más vas a poder aguantar.

De camino a casa, pasas frío en la moto y llegas con dolor de garganta. Otra razón para vivir en el centro. Estás harto ya de tanta moto. Antes de acostarte, vuelves a entrar en Idealista. No hay nada nuevo.

Jueves 30 de mayo

Examen en Filosofía. Mientras 'vigilas', lees 'Historia y ficción', el libro de Justo Serna sobre las novelas de Javier Cercas. Anotas varias reflexiones sobre la imaginación histórica y la conjetura como herramientas de la historia y de la literatura. Las necesitas para el texto que vas a escribir sobre el artista Patrick Hamilton. La historia no constatable. La historia de aquello que no pudo ser. La historia de los no-hechos.

Acabas el examen con dolor de cabeza y malestar. Al llegar a casa lo compruebas: tienes fiebre. Ha llegado el resfriado. Justo en el mejor momento.

Viernes 31 de mayo

Sales temprano hacia Madrid. El tren va cargado de ingleses vestidos de rojo y con ganas de Champions. Te duele la cabeza, la garganta y no puedes respirar. Los sobres de Bisolgrip no dan resultado.

Lees el manuscrito de la novela de un amigo y sientes envidia. Es lo que tú quisieras tener ya. Deseas que llegue el verano y se acaben los compromisos. Julio es el mes que tienes en mente. El mes de la novela por venir. Quisieras estar ya ahí, frente al ordenador, lejos de todo y de todos.

Comes con Bruno y le dices que te gusta mucho lo que has leído. No querías beber, pero después de un Aperol cae una botella de vino.

Dejas las cosas en el hotel y tomas un café con Patrick cerca de la Feria del Liro. Le comentas que tienes su texto en la mente. Es un privilegio conocer a los artistas cuya obra te interesa. Habláis de tu alejamiento paulatino del mundo del arte. En el fondo, explicas, es una ventaja. Desde lejos solo se ve lo realmente sustancial. Te estás quedando con lo bueno.

En la caseta de Akal, firmas el contrato para el ensayo que hace un tiempo prometiste entregar. Está ya prácticamente terminado. Falta escribir el capítulo sobre la obra de Patrick y unificar todo lo demás. Es curioso, piensas, hubo un tiempo en que escribías sin parar y no encontrabas lugares dónde publicar. Ahora que has encontrado los lugares, lo que no tienes es tiempo para escribir.

Intentas pasearte por la Feria, pero no hay manera. No cesas de toparte con gente y saludar. Aun así, acabas comprando más de la cuenta. Cenas con Javi, Marta y Antonio. Celebráis el reencuentro y la amistad. Después, dos 'gin-tonics' en el Josealfredo y a dormir. El catarro te acompaña, pero tú ya no lo sientes.

Sábado 1 de junio

Vuelves a la Feria. Vas a regresar los dos próximos fines de semana, pero no puedes evitarlo. Quieres pasar por todas las casetas. Hoy no vas como escritor, sino como lector. Y como comprador compulsivo.

En el tren hacia Sevilla hojeas todo lo que has comprado. Ensayos, novelas, dietarios... Sabes que no podrás leerlo todo. Pero es tu gran vicio. Y una de tus grandes conquistas: no tener que preocuparte por lo que gastas en libros. Trabajas para eso.

En la Feria del libro de Sevilla, Braulio presenta tu novela y lee un fragmento de 'Aquí y ahora' en el que hablas de tu primer viaje a Sevilla. Han pasado tres años desde ese momento. Ahora, cada viaje es un reencuentro. Con Sevilla, con los lugares y con los amigos. Una especie de vuelta a casa. Es lo que sientes al llegar al Pecata Mundi. Por alguna razón, estás tremendamente a gusto en ese bar. Allí Braulio comenta que jamás ha tenido una resaca. Beba lo que beba. Lo tocas e intentas apropiarte de ese súper poder. Entre otras cosas, porque se hacen más de las cuatro y al día siguiente el viaje es eterno.

Domingo 2 de junio

Misteriosamente, te despiertas sin resaca. Ni siquiera dolor de cabeza. Solo el malestar del resfriado. Braulio ha obrado el milagro.

Regresas a Murcia en tren. Sevilla-Madrid. Madrid-Murcia. Tardas algo más que un vuelo a Nueva York. Al menos tienes tiempo de leer.

En Madrid suben los hinchas del Liverpool. Las cuatro horas hacia Murcia las haces entre cánticos y gritos. Es entonces cuando aparece de golpe la resaca. A ella se suma el frío polar del aire acondicionado. Es la combinación perfecta. En Albacete ya sientes que mueres. Llegas a casa como quien vuelve de la guerra. Regresar, piensas cuando Raquel te recibe, es un estado de ánimo.