De Ovidio al Golem, el origen del monstruo

Recreación. Una de las más famosas escenas de la película, con Boris Karloff. /
Recreación. Una de las más famosas escenas de la película, con Boris Karloff.

Mary Shelley tomó referencias de varias tradiciones y puso igual énfasis en la criatura y su creador

IÑAKI EZKERRA

Todos los monstruos son gente peculiar, pero el que imaginó Mary Shelley tiene una característica que lo distingue del resto. El monstruo de Frankenstein no es solo un personaje que aterra con su aspecto manifiestamente mejorable y propaga la destrucción, como los zombies, los hombres lobos o los vampiros. Es además y sobre todo un monstruo creado por el hombre. Esa es la razón por la que la novela repara tanto en la criatura como en el creador, al que sin embargo se ha relegado a un segundo plano en el cine. Mary Shelley tituló, de hecho, esa obra, publicada el 11 de marzo de 1818, 'Frankenstein o el moderno Prometeo', haciendo hincapié en el personaje del científico que burla a los dioses y que por ello tiene un castigo. Este hecho hace preciso delimitar lo que podemos llamar 'la galaxia Frankenstein' que estaría más definida por esa relación del creador y la criatura que por el carácter meramente terrorífico y efectista de esta última.

Detrás de esa ficción había diversas tradiciones, de las que la más reconocible es la de la leyenda judía del Golem, la estatua de arcilla creada en el siglo XVI por el rabino de Praga Rabbi Judah Loew, que se volvió contra todo ser humano que se encontraba a su paso y que en realidad reproducía con tintes macabros la propia rebelión bíblica de Adán y Eva contra Dios. Asimismo el 'homúnculo' que crea Wagner, el ayudante del 'Fausto' de Goethe, y que vivía dentro de un recipiente de vidrio, es otro antecedente nada desdeñable. Las demás referencias del monstruo hay que buscarlas en la mitología y la literatura griegas. En 'Las metamorfosis', Ovidio recoge la leyenda del rey Pigmalión, quien se enamora de tal modo de una estatua que él mismo había esculpido, Galatea, que esta cobra vida para hacerle feliz gracias a la intervención de Afrodita. George-Bernard Shaw nos brindaría una versión moderna así como más cínica de esa historia en la comedia en la que un profesor de fonética educa a una humilde florista hasta convertirla en una refinada dama. Con la alusión a Prometeo, sin embargo, la gran escritora inglesa presenta al doctor Frankenstein no como a quien recibe un premio de la divinidad, sino un escarmiento por haberla desafiado, lo que es también otra constante mitológica. El Titán que roba el fuego sagrado para dárselo a los hombres termina encadenado a una roca, como Dédalo pierde a su hijo Ícaro por intentar volar con unas alas construidas con cera y plumas de ave; o sea, por querer hacer lo que no les está permitido a los humanos.

La novela hay que situarla en esa polémica sobre los descubrimientos e inventos de la época

La obra de Shelley ya tuvo la primera versión teatral en 1823 a cargo de Richard Brinsley

Más que novela gótica

Las referencias a las represalias de los dioses resultaban muy recurrentes para el debate sobre lo lícito en el progreso científico que se planteaba en aquel primer tercio del siglo XIX. La novela de Mary Shelley hay que situarla en esa polémica sobre los inventos y descubrimientos de la época, que a menudo comparecían mezclados con experimentos paracientíficos e imposturas extravagantes. En su 'Frankenstein' la joven Shelley plantea una cuestión esencial -la de los límites éticos de la ciencia- que sobrepasa el propio género gótico y que ha seguido siendo fuente de polémica hasta nuestros días. Sin ir más lejos, el profesor Nick Groom de la Universidad de Exeter, sostiene en estas fechas en la prensa británica que «los estudiantes de hoy se niegan a condenar al monstruo».

La explicación que encuentra para este fenómeno de empatía estudiantil con un ser que no es humano tiene que ver con la propagación de la ideología animalista entre las nuevas generaciones y con que estas lo ven como una víctima del maltrato y el rechazo sociales, acreedora de unos derechos que no habrían sido respetados. Para ese alumnado habituado a los malvados cibernéticos y metalizados (los Megatrones y demás Transformers del cine o los videojuegos) un ser de carne y hueso con el cuerpo repleto de costurones no deja de ser un pobre tipo. Paradójicamente, el tiempo ha convertido al monstruo de ayer en una criatura reinsertable, mientras que el doctor Frankenstein, que era tratado con piedad por la propia Shelley, hoy encarna la falta de escrúpulos científicos para una mentalidad social concienciada ante la amenaza nuclear o los experimentos de clonación humana.

Herederas literarias de esa crítica moral al Progreso que plantea el 'Frankenstein' serían todas las tramas narrativas sobre científicos locos que han poblado el género de la ciencia-ficción, desde 'La isla del doctor Moreau', la novela que el británico H. G. Wells publicó en 1896 surcada por hombres-cerdo y otros híbridos de pesadilla, hasta 'La mosca', el relato que el francés George Langelaan publicó en 1962.

Se ha escrito mucho sobre la cita del verano de 1816 en Villa Diodati en la que Lord Byron, el anfitrión, propuso a sus invitados escribir un relato gótico después de haber leído varias historias de fantasmas. Se ha mitificado y envidiado aquella reunión como un laboratorio creativo en el que Mary Shelley concibió (en sueños, según propia confesión) ese ser que es mucho más que un monstruo. Y es que Frankenstein (como lo llamamos ahora aunque su autora reservó ese apellido para su creador) es un arquetipo en efecto.

Con su hallazgo humilló a todos los hombres que la rodeaban en aquella mansión situada en las cercanías del Lago de Ginebra. Humilló a Byron, que había lanzado la idea de la competición literaria, pero que desistió a los primeros intentos. Humilló a su marido Percy Shelley, que tampoco escribió allí nada que hoy se recuerde. Y humilló a John Polidori, el médico de Byron, que escribió una novela sin éxito, 'Ernestus Berchtold o el moderno Edipo', y al que se le recuerda por su relato 'El vampiro', publicado tras su suicidio, solo cinco años después.

El éxito de aquel sueño de Mary Shelley fue en realidad el verdadero acontecimiento de la mítica cita. La obra tuvo ya la primera versión teatral en 1823 a manos de Richard Brinsley ('Presunción o El destino de Frankenstein') a cuyo estreno en Londres se sabe que ella asistió. Y su influencia se dejó ver solo diez años después de la primera edición, en 1828, cuando Elizabeth Caroline Grey publicó 'El esqueleto del conde o la amante vampiro', obra en la que un sabio resucita, gracias a la alquimia y la nigromancia, a una campesina muerta, que necesitará de la sangre ajena para mantenerse con vida.

La novela es especialmente interesante por los lazos que establece entre el Frankenstein original, el mito fáustico del pacto con el diablo y la literatura de vampiros, que llegaría a formar en sí misma un género independiente en el tratamiento de la muerte. La 'frankensteinmanía' no ha cesado desde aquellas fechas. En estos días se representa en el Garrick Theatre de Londres la comedia musical 'El joven Frankenstein', que es una adaptación literaria de la película homónima que Mel Brooks estrenó en 1974.

Herencia

En un sentido amplio podemos considerar como herencia de aquel sueño todas las pesadillas que conforman el género de terror, pero especialmente los seres que se distinguen por una personalidad singular y una criminalidad retorcida. Herederos de Frankenstein, de la silueta que avanza en la Naturaleza como una misión maldita serían desde el héroe de 'El perfume' del alemán Patrick Süskind a 'Mordake o la condición infame' de la española Irene Gracia. En esa herencia se contarían obras que hacen explícita alusión a la cita junto al lago Lemán, como 'Las piadosas' del argentino Federico Andahazi o iniciativas como la plataforma 'Hijos de Mary Shelley', creada en 2010 por Fernando Marías, Ramón Pernas y Silvia Pérez Trejo, o como la compañía teatral del mismo nombre creada por Vanessa Montfort.

En la tradición específicamente frankeinsteniana, o sea en esa en la que la criatura necesita de un creador contra el que se rebela al modo en que un día lo explicaría Freud, más que toda la estirpe de los chupasangres, cabrían obras como 'El señor de Pigmalión', un drama fechado en 1921 del novecentista barcelonés Jacinto Grau, en el que unos muñecos conspiran para matar al empresario que los ha fabricado. El texto ha sido relacionado con los 'Seis personajes en busca de un autor' de Pirandello, que curiosamente se estrenó en Italia el mismo año, y también con 'Niebla', la novela que Unamuno publicó en 1914 y en la que el protagonista, Augusto Pérez, visita al autor para pedirle cuentas de sus cuitas y rebelarse contra su estatus de ente de ficción. El propio 'Pinocho' de Carlo Lorenzi podría interpretarse como una versión infantil del afán humano de crear una vida que plantea Mary Shelley en su novela.

Para cerrar este repaso de la presencia del monstruo en todos los géneros, cabe citar el relato 'La mirada del deseo' de Paula Izquierdo así como los ensayos 'Frankensteiniana. La tragedia del hombre artificial' de Pilar Vega Rodríguez o 'El Frankenstein de Mary Shelley y su descendencia literaria' de Genara Pulido Tirado. Cabe por último citar el poema titulado 'El Golem' de Jorge Luis Borges en el que el rabí mira a su creación con una ternura y un horror homologables a los del doctor Víctor Frankenstein: «En la hora de angustia y de luz vaga,/ en su Golem los ojos detenía./ ¿Quién nos dirá las cosas que sentía/ Dios, al mirar a su rabino en Praga?».