Gonzalo Sicre, bienvenido al Muram

'Nocturno III' (2019). Lápiz conté sobre papel. 30 x 40 cm./
'Nocturno III' (2019). Lápiz conté sobre papel. 30 x 40 cm.

Un día pintó un óleo nocturno en el que se lee: «No te preocupes por la vida. No saldrás vivo de ella» (de 'Los perros ladran', de Capote). Ahora, hasta el 2 de febrero de 2020, el artista expone en Cartagena 'Entre lo humano y lo sublime'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

No creo que pinte él, ¿o sí? Gonzalo Sicre, digo, que ayer inuguró en el Muram de Cartagena la exposición 'Entre lo humano y lo sublime', en la que muestra, hasta el 2 de febrero de 2020, un total de 54 obras: 43 pinturas y dibujos y 11 cerámicas. ¿Son suyos esos cuadros que parecen dirigirse a las almas y no a la vista? De tanta belleza, a veces amarga, ¿de veras él es el responsable? Me lo pregunto en serio, cada vez que veo la maravilla, cada vez que me conmuevo, que la niebla me rodea por completo, en cada ocasión que quiero adentrarme en sus aguas, con cada latigazo de soledad que propina en ocasiones su creación. El esplendor. Esa pintura viva, que no reluciente, ni decorativa, ni de postal para esquimales, que también tiene derecho a recibir postales.

De Gonzalo Sicre, excelente pintor, sé algunas cosas. Por ejemplo:

Ni muerto dejará de vivir en Cartagena, ciudad con mar en la que habita desde su infancia.

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En Cartagena vive y pinta la oscuridad en su estudio inundado de luz, se escapa en sus cuadros embarcados en la tiniebla y el primer rayo de sol del día, crea su propio mundo: bellísimo y triste, habitualmente. Inquietante, apetecible para explorar, misterioso.

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Sicre no hace literatura con la pintura, ni traza un discurso moral o sociológico. Impacta al espectador, pero tampoco ese es su propósito. Su obra es en ocasiones durísima -te golpea en lo profundo-, pero él es inofensivo por completo, casi desvalido.

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En su caso, pintor y obra parecen no conocerse, no haber sido ni siquiera presentados. Pero uno y otra son inseparables, y se mueven por el mundo conjuntamente, sin explicaciones.

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Sicre no explica su obra. Es más, Sicre no explica nada. Hay mucho de enigma en la relación de este artista con la pintura, en los -asombrados y asombrosos- resultados técnicos y artísticos obtenidos.

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Le gusta jugar con la pintura, pero sin llevar la voz cantante. Seguir rastros, hacerse invisible, resucitar en sus logros: esa pintura que no conoce la rutina. Le gusta dibujar y por eso empezó a hacer cursos de pintura. «Básicamente, me gusta pintar. Tiré por ahí, por la pintura, y un día decidí que quería dedicarme a esto, pero no recuerdo cuándo fue», cuenta sin darse importancia alguna, sin poses. Y nos vamos al puerto de pescadores a comer. Nos acompaña una brisa azul y un agua color viento suave.

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«Soy apasionado, no creas», asegura Sicre sin pasión alguna.

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Cultiva un arte sobrio y nocturno, resistente y batallador, que no esconde el rostro de la desesperanza o la duda, como tampoco escamotea importancia a la amistad o al descubrimiento de los destellos de felicidad que propicia caprichosamente el mundo.

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En sus cuadros se instalan, a veces, fantasmas, ánimas errantes, besos negados, corazones helados... El altar que es cada obra suya es una posibilidad de regreso al origen de un mundo del que apenas sabemos nada.

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Disfrute de estas obras que tiene ante sus ojos, y deje depositados en ellas sus más profundos secretos. Acompañan en este tiempo sórdido, helado y confuso por el que navegamos.

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Nunca hay en sus pinturas una luz que nos ciegue y, por debajo de la aparente sencillez de las composiciones, y las imágenes cotidianas que muestra Sicre, hay preguntas sin resolver, deseos de escapar -no se sabe a qué lugar-, y cuentas pendientes con la vida, que en cuanto te descuidas te traiciona o te hace la puñeta.

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Sus cuadros conducen al espectador a otros lugares, a las historias de otras gentes... Incluso los objetos que puede que habiten en ellas parecen tener el poder de comunicarse con nosotros.

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Sicre, quien en 2001 expuso 'Continental' en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, vive el presente, no dedica mucho tiempo a analizarse y asegura: «No me siento solo».

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Podría parecer que el pintor es un ser completamente angustiado o desolado, pero no es así. Podría entenderse que el pintor pretende denunciar la dureza del mundo que estamos construyendo, pero no es así; o la escasez de afectos, los miedos y vacíos, pero tampoco.

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Me encuentro con Sicre en un lugar muy especial para él, en El Cuervo, en Cartagena, en la barra-altar. No, no, no, me digo: sus cuervos pintados no tienen ojos cuya apariencia recuerdan a los de un demonio que está soñando, en plan cuervos de Edgar Allan Poe; ni caen en picado del cielo, portando pan para ayudarte a que no mueras de hambre, como el pintado por Velázquez en 'San Antonio Abad y San Pablo ermitaño'. No. Los cuervos de Sicre son misteriosos, pero pacíficos; no se ponen histéricos y violentos a lo Hitchcock, ni sueñan con habitar en 'La isla de los muertos' de Böcklin. Sus cuervos prefieren el calor mediterráneo a los crudos paisajes de invierno de Brueghel, y jamás le harían daño a Tippi Hedren. A los cuervos pintados por Sicre les gusta el jazz y el blues, y el buen cine y las copas, las caricias, los encuentros entre amigos y leer de vez en cuando 'Pedro Páramo', de Juan Rulfo, para imaginarse sobrevolando Comala, que está «sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno». Son muy curiosos, pero nada cotillas. Los cuervos son el símbolo elegido para que se identifique con él, en riguroso negro festivo, el bar que el pintor tiene en la calle Poeta Miguel Hernández.

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Vale, ¡un güisqui con hielo! Sicre lo disfruta como quien escala una pirámide: mejor sin prisas, pero saboreando el placer instante tras otro instante más. «No me gusta ser radical en nada. Y siempre estoy dispuesto a que me convenzan de que tengo que cambiar de opinión», dice el artista, a quien no le importa dejarse acompañar, cuando pinta a solas, por Chet Baker, Tom Waits, Terremoto de Jerez, Led Zeppelin...

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Sicre no se pone límites cuando pinta. Cualquier temática que abrazan sus pinceles termina convertida en arte. Uno de sus óleos más comentados está protagonizado por una naranja podrida, «porque no es menos verdad una naranja recién cogida del árbol que una naranja podrida. Además, eso que llamamos vida las acoge a las dos».

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Ahora estamos en su estudio. Suena música de Ryuichi Sakamoto. El estudio está a rebosar de obras y de un oleaje de restos de pintura, de colillas y de vida. Apoyada en la pared, junto al tiempo detenido y alejada de una perdiz disecada que no se sabe qué hace ahí, guarda silencio, arrinconada, su guitarra eléctrica; en el suelo permanece arrumbado, entre otros muchos, un libro de 'Cocina griega', de Anne Wilson, comprado en la ya largamente desaparecida Librería Escarabajal.

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Cuando los críticos quieren elogiar sus obras, se empeñan en citar a creadores como Edward Hopper o René Magritte.

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Ahora estamos en el verano de hace unos años. Hace calor. Sofocante. Un apartamento en Cala Flores (Cabo de Palos). Anda agosto apurando sus últimos días. Me cuenta: «Llevo pintando todo el mes. El espacio es reducido, así es que no puedo trabajar con los formatos habituales. Cada día comienzo a pintar un cuadro, un óleo sobre tabla. Es un diario en imágenes y eso me da la libertad de no tener un tema: hay almohadas, rocas, salmonetes, marinas, interiores, figuras y casas. Treinta cuadros, treinta días».

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Sicre adora estos versos del poema 'Insomnio' de Jorge Luis Borges: «El universo de esta noche tiene la vastedad / del olvido y la precisión de la fiebre».

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Sicre pintó un día -¿de veras lo ha pintado él?- un óleo nocturno en el que se lee: «No te preocupes por la vida. No saldrás vivo de ella» (de 'Los perros ladran', de Truman Capote).

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Le pregunto: ¿Acaso se ha vuelto usted más optimista?

Me responde: «¿Acaso cree que hay motivos para ello? No, mi mirada es más bien pesimista. Muy en general. No soy un tío alegre, no soy alegre por naturaleza y tampoco me voy a empeñar en serlo. Tampoco molesto a nadie. Atiendo a mis hijos, me gano la vida, hago deporte, pinto solo, hablo poco, no grito, no le doy la paliza ni a los amigos, procuro dejar vivir...».

Le pregunto: ¿Qué le sigue interesando mucho?

Y me responde: «Lo que se esconde en las sombras, lo que se refugia en la luz a medias, los secretos que encierran unas sábanas blancas de una cama deshecha, la inquietud que provoca un balcón abierto, la luz en la ventana de una casa perdida en el bosque, una toalla vacía sobre la arena, un farol encendido cuando empieza a amanecer, una fruta pudriéndose sobre un bello mantel, las habitaciones de hotel, todo lo que encierra una gota de sangre...».

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Miro una y otra vez las obras de esta nueva exposición suya, aquí en el Museo Regional de Arte Moderno de Cartagena, Muram. Una y otra vez, y otra vez nuevamente... Te cuesta trabajo alejarte de ellas.

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Obsérvela: la palmera solitaria, esa luna cuyo misterio querrían trasladar a las palabras John Donne o Dylan Thomas; estas noches desiertas, el oleaje del mar, la terraza en la que te gustaría quedarte a vivir, los dibujos ya para siempre eternos de alpinistas cuyo pequeño corazón batalla por conquistar el enorme corazón de las cumbres.