El dilema de Prometeo

Boris Karloff. El actor, en su papel del monstruo en el filme de James Whale./
Boris Karloff. El actor, en su papel del monstruo en el filme de James Whale.

Frankenstein sigue vigente por simbolizar al hombre que duda si vanagloriarse como un dios o afrontar las consecuencias de su creación

LUISA IDOATE

El auténtico monstruo es el doctor Frankenstein, no su criatura. Lo es porque no se responsabiliza de la vida que crea. Le repugna y asusta el ser que fabrica con cadáveres. Se desentiende de él y los problemas que acarrea. Lo abandona. Él se lo reprocha: «Debería ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha». Así interpreta la escritora Mary Shelley en 1818 el mito de Prometeo, el titán a quien Zeus encadena en un monte del Cáucaso por robar para el hombre el fuego divino. Era la llama del progreso, el mismo que anima el siglo XIX en que nace el personaje. La leyenda cantada por Hesíodo, Esquilo y Platón continúa hoy vigente. Confronta al hombre con sus avances científicos, tecnológicos y sociales; con el dilema de sentirse un dios creador o asumir las consecuencias de lo creado y asomarse al abismo de lo incontrolable. Frankenstein sigue vivo. Y nos interroga.

«El mito prometeico nos alecciona y advierte de que el progreso comporta dolor, sufrimiento, esfuerzo, y la vida del hombre es así, dura, trabajosa, progresiva», asegura Carlos García Gual, helenista y catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid. «Es el introductor del sacrificio, esencial en la religión antigua, del fuego, base de todo progreso técnico, y el causante de la invención de la primera mujer (Pandora)». Es tramposo. Engaña y roba dos veces a Zeus y regala a los hombres la llama divina, explica. Debe de ser castigado. «No puede morir como dios que es, pero sí ser condenado a sufrir por mucho tiempo&rdquo. Es releído, reinterpretado y redefinido continuamente, detalla el autor de 'Prometeo: mito y tragedia' (Hiperión, 1979). Con Esquilo, «es el filántropo y rebelde patrón de las artes humanas frente a un Zeus tirano». Los poetas románticos lo magnifican y «toman partido por él». Mary Shelley lo convierte en «símbolo del rebelde y revolucionario que busca la libertad contra el despotismo divino». El siglo XX lo redibuja «como una figura simpática y catastrófica», cercana al artista que quiere crear un nuevo mundo y al revolucionario que busca un orden justo y libre de servidumbres. Ya lo dijo Karl Marx, recuerda García Gual: «Prometeo es el primer santo en el calendario del proletariado».

Dominar el desasosiego conlleva más desasosiego, defiende el filósofo Rafael Argullol. Cuando el doctor Frankenstein cree controlar la vida, apunta, «esa vida plantea nuevos problemas». Nos pasa lo mismo en el siglo XXI, «cuando todos nuestros avances científicos parecen espectaculares a corto plazo». Descubrimientos en genética, neurología, comunicación, astronomía. «Es lo que yo llamo el archipiélago: colonizar una isla y cuando ya estás en la otra punta, te das cuenta de que hay más islas esperando». Eso nos genera ansiedad, incertidumbre. Y nos aboca al principio que anima a Prometeo: «La esperanza en la posibilidad de reducir al máximo la angustia». Quizá lo mejor fuera desprenderse de ella, reflexiona el profesor de la Universidad Pompeu Fabra, y no emprender esa carrera sin fin de isla en isla. «Ese dilema, esa dificultad de optar, ha guiado a la Humanidad desde el principio y nos sigue llevando en nuestros días».

«El mito prometeico nos advierte de que el progreso comporta dolor, sufrimiento, esfuerzo»

La historia «no alerta sobre el peligro de crear algo, sino sobre el peligro de abandonar lo creado»

Obsesión de la muerte

Para Argullol, hay un párrafo esencial en el Prometeo de Esquilo. «He librado a los hombres de la obsesión de la muerte» dice el titán. «¿Qué remedio has descubierto a este mal?», interroga el corifeo. Le contesta: «He hecho habitar en ellos ciegas esperanzas». Al entregarles el fuego de los dioses, los hombres querrán igualarse a ellos, señala el ensayista. Esa llama sagrada es el conocimiento con que el hombre busca la perfección y la certeza, «inaugurando el gran sueño que trata de diluir la frontera entre lo inmortal y lo mortal». Con él, dinamita el teocrático mundo medieval y disuelve la dicotomía de Cielo e Infierno de Dante; y entroniza el arte, la ciencia, los mecenas y los inventos en el Renacimiento. Pero, con ello, derriba la nítida y tranquilizadora frontera entre bien y mal y encara «un escenario sin márgenes». Afronta la inquietud de lo desconocido; «el descubrimiento y la creatividad», «la soledad cósmica y la destructividad». Y lo hace a lo largo de los siglos.

La desazón late en todas las reformulaciones del héroe encadenado. «Los creadores aman y odian a sus criaturas» porque temen su rebelión e interrogación, escribe Argullol en 'Blade Runner' (Tusquets, 1988). Y las criaturas aman y odian a sus creadores, contrapone, «por el sufrimiento provocado por los límites con que han sido engendrados». En la medida en que el hombre «intenta dominar ese territorio de incertidumbre que es la relación de presente y futuro», la zozobra «se genera en nuevos territorios de incertidumbre». Esa lógica rige al Prometeo griego y al moderno. Su nombre en griego significa el que prevé, el que predice. Ese deseo de controlar el porvenir es su permanente característica, insiste. Una meta inalcanzable. Una vana esperanza.

La obra de Esquilo es una clásica tragedia griega, admite Camilo Hoyos Gómez, profesor de la Universidad Pompeu Fabra. «Aunque, a la vez, la podemos leer dentro de un escenario abierto, ahistórico y atemporal, que cruza los siglos y llega a nosotros». Conocido con el pseudónimo de Delfín Agudelo, asume que hemos alcanzado muchos logros vaticinados por el coloso heleno. «Pero al mismo tiempo el hombre se mueve en un horizonde de miedo, en un horizonte de temor, de incertidumbre agudísima respecto a lo que le rodea». No es de extrañar, deduce, que muchas manifestaciones artísticas, cinematográficas y literarias de los últimos lustros incidan «en ese claroscuro de las ciegas esperanzas». Porque en el siglo XXI, el hombre sigue enfrentado a su dilema: individuo y masa, ciencia y conciencia, dominio y libertad, pasado y futuro...

«Los dioses vigilan a los creadores. Sospechan de los científicos y artistas arrogantes, rebeldes por antonomasia, que desafían al poder divino cuando se obsesionan con el acto más radical de cualquier creación, hacer nacer la vida». Lo plantean Jordi Balló y Xavier Pérez en 'La semilla inmortal' (Anagrama, 2006). Creen probable que «el primero de los grandes rebeldes sea el titán Prometeo», que se presenta como impulsor de la civilización y el progreso y «causante de la emancipación humana respecto a la divinidad». Pero, sobre todo, subrayan, «encarna la gran aspiración de crear vida sin generación sexual, a través de una intervención inteligente y tecnológica». Ese sueño, añaden, fue «invocado con lucidez» por Mary Shelley en el siglo del progreso. «El motivo fundamental que la inspiraba -la vida artificial- era perfectamente asociable al osado héroe griego», afirman. Y está totalmente vigente en la actualidad.

Mala fama

«El término 'alimentos Frankenstein' -que se aplica a los productos genéticamente modificados- ilustra cómo su nombre se ha convertido en sinónimo de mala ciencia», incide Angela Wright, profesora de la Universidad de Sheffield (Reino Unido). Una metáfora injusta, aclara, porque la novela no habla de la amenaza de la ciencia, sino del riesgo de desentenderse de lo logrado. También lo piensa Neil Jacobstein, responsable de Inteligencia Artificial y Robótica en Singularity University (SiliconValley), para quien la historia «no alerta sobre el peligro de crear algo, sino sobre el peligro de abandonar lo creado». Es algo que hacemos habitualmente en aras del progreso y reconoció el inventor de la bomba atómica, Robert Oppenheimer: «Cuando encuentras que algo es tecnológicamente atractivo, sigues adelante y lo haces, y solo debates sobre qué hacer con ello después de haberlo terminado con éxito». Luego lamentó: «Me he convertido en la muerte, en el destructor de mundos».

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