Los ungulados silvestres recolonizan la Región

Dos hembras de arruí observan atentamente desde un risco./S. Eguía
Dos hembras de arruí observan atentamente desde un risco. / S. Eguía

En 25 años, las poblaciones de cabra montés se han multiplicado por 23 y los ciervos han reconquistado el Noroeste y el oeste de Ricote

Pepa García
PEPA GARCÍA

Los grandes ungulados silvestres vuelven a salir a la luz en la Región de Murcia. Sus poblaciones han reconquistado los ecosistemas forestales. «Ya es posible que montañeros, ciclistas, agricultores o ganaderos observen a simple vista ejemplares» casi por toda la geografía regional. Así lo aseguran Sergio Eguía, gerente de Mendijob Medio Ambiente, y José Antonio Sánchez Zapata, profesor de Ecología de la Universidad Miguel Hernández (Alicante), ambos dedicados a la investigación de estas especies desde los años 80, cuando era cuestión de mucha suerte cruzarse con una cabra montés, y hacer seguimientos de sus poblaciones exigía «mucho esfuerzo humano y mucho trabajo de campo de gente experta y con ayuda de prismáticos y telescopios», recuerdan los primeros censos, y aprovechan para agradecer el trabajo junto a su precursor, el fallecido naturalista de Calasparra Miguel Ángel Sánchez, casi una década antes.

Los censos de cabra montés se empezaron a realizar en 1991, cuando, desde Revolcadores, Villafuerte, Cabeza del Asno y el Barranco del Quípar, iniciaba este animal su expansión regional; y después de que Sánchez recopilara, en los años 80, información fidedigna a través de entrevistas a antiguos habitantes de la zona, citas y documentación históricas. Hoy, la población se ha multiplicado al menos por 23, cuentan los investigadores haciendo referencia a los datos de los últimos avistamientos. «En el primer censo de cabra realizado en Murcia en 1991-92, se avistaron 0,08 por km2, mientras que en 2016-17 la cifra se eleva a 1,91 por km2. Para conocer la densidad de un ungulado en una zona concreta es necesario realizar censos minuciosos y unas estimas matemáticas que requieren un diseño previo y un esfuerzo importante. Generalmente, el coste de estos trabajos no puede asumirse por parte de la Administración y se tiende más a realizar muestreos con réplicas de los mismos a través del tiempo. Estas réplicas no nos dicen cuántos ejemplares hay, pero sí nos indican la tendencia de una población y la estructura de la misma», aclara Eguía. Y asegura que cabra montés, ciervo, arruí y muflón de Córcega están en fase de expansión, como demuestra «el alto porcentaje de juveniles en los distintos grupos», y afirma que «el grueso presenta un buen estado de salud».

1,91
cabras se avistaron por cada km2 en el último censo de 2016-17.
23
veces mayor es la población de cabra montés que hace 25 años, con 0,08 cabras por km2 vistas.

Lo cierto es que, actualmente, la cabra montés, «la más ampliamente distribuida de estos grandes ungulados, está en toda la Región excepto en las sierras litorales». Las mejores poblaciones del «único ungulado endémico» son las de los Macizo de Revolcadores, la Sierra de Villafuerte, Sierra de Mojantes y Sierra de Moratalla, áreas que fueron su único refugio entre principios y mediados del siglo XX.

El arruí no prospera ni en el Altiplano ni en el Noroeste, lo mismo que le ocurre a los gamos procedentes de vallados cinegéticos

El muflón de Córcega parece que encuentra su nicho en la cuenca del río Quípar

No obstante, advierten los dos investigadores, no han llegado al tope de crecimiento las poblaciones de este animal «esquivo y rústico en sus necesidades, que se adapta bien a nuestras condiciones, por lo que, en cuanto cesan las presiones antrópicas (explotación del monte maderera y de caza), recupera terreno poco a poco; igual que ocurrió con el jabalí». Según explica Sánchez Zapata, que junto a Eguía lleva más de tres décadas siguiendo los pasos de estos animales, «tienen mecanismos para autorregular sus poblaciones, sobre todo en la reproducción, que es bastante variable según las condiciones». En cuanto escasean los recursos, los ejemplares que sobran, generalmente los más jóvenes, colonizan otras sierras, cuentan, «y no siempre las más próximas, como nos muestran los claros patrones de avance de las cabras que hemos dibujado en los últimos lustros. Aún así, siempre nos sorprenden», subraya Sergio Eguía.

Las astas prosperan

El caso del ciervo, que hoy campa a sus anchas entre las cuencas de los ríos Argos y Quípar, no es igual. Los saludables grupos, que «aún dan la sensación de que no han encontrado su nicho, por su gran movilidad», provienen de ejemplares 'fugados' de vallados cinegéticos (como ocurre con muflones de Córcega y gamos, con disparidad de resultados). Los ciervos, que parece que desaparecieron a mediados del siglo pasado en la Región, han prosperado en territorios no muy aptos para las cabras, como el entorno de los embalses de los ríos Argos y Quípar, el oeste de Ricote y la solana de las Sierras del Molino y la Palera. «Aislados y en pequeños grupos -reconocen- se pueden ver también en la Sierra del Gavilán, el Pinar Negro y Revolcadores, pero de manera tímida».

Dos machos y dos hembras de cabra montés, un muflón de Córcega y dos hembras de ciervo. / Sergio Eguía

Estos datos alegran a Eguía Martínez y Sánchez Zapata, «por lo que representa la recuperación de unos animales que han conseguido superar la presión antrópica y recolonizar la sierra, y porque son elementos que forman parte del paisaje y suponen un bien histórico que enriquece el entorno».

Las poblaciones de muflón de Córcega, bastante menos abundante y también fruto de sueltas y fugas, sitúa sus dominios en la Isla del Barón, Cabo Tiñoso y Sierra de Carrascoy, y tiene «una única población que parece que está prosperando en la zona del Pantano del Quípar y las Minas de Gilico», detalla el gerente de Mendijob Medio Ambiente.

El caso de los gamos es distinto. «Los avistamientos se limitan a áreas limítrofes con los vallados cinegéticos de los que se escapan, porque no prosperan sus poblaciones», aseguran ambos especialistas.

Mención aparte merece el arruí, un ungulado exótico de origen africano, que fue liberado a principios de la década de 1970 en Sierra Espuña por intereses cinegéticos. Aprovechando la ausencia de cabra montés y la menor presión antrópica, se expandieron rápidamente. «Llegó a un tope y, cuando alcanzó territorio de cabra, no pudo colonizar las sierras más frías, donde la cabra sí estaba asentada, y ralentizó su avance».

No obstante, sus poblaciones se han incrementado notablemente, llegando a su máximo en Sierra Espuña -de 4 a 6 individuos por km2 (una densidad establecida merced a censos anuales en los que participan unas 40 personas entre técnicos de la administración, agentes medioambientales y personal técnico experto en ungulados)-. Con su catalogación como especie exótica invasora -con la que comulgan ambos especialistas porque permite establecer una gestión adecuada de la población-, la polémica sobre la conveniencia o no de su erradicación sobrevuela los últimos meses los círculos de naturalistas, biólogos y ecologistas. Y, aunque, afirma Eguía, no suponen una amenaza para la cabra montés endémica, quizá sí haya ralentizado su expansión. «Precisamente, ahora estamos estudiando con más detalle la interacción de ambas especies con la información disponible, para ver las estrategias que han desplegado cada una de ellas en su avance, colonización y estabilización en el territorio», adelantan desde Mendijob Medio Ambiente. Y aseguran que «el arruí no ha llegado a formar grupos reproductores en el Altiplano y no se ha establecido en el Noroeste de la Región», territorio predilecto de la cabra montés. Por contra, a sus más potentes poblaciones de Espuña, se suman las establecidas en las sierras del Gigante, del Pericay y del Almirez (Lorca), desde las que ha pegado el salto a la vecina sierra almeriense de María.

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