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Playas casi africanas

El puerto de época romana cortado a pico en una cala acantilada. Al fondo se adivina la silueta de Cabo Cope./
El puerto de época romana cortado a pico en una cala acantilada. Al fondo se adivina la silueta de Cabo Cope.
Águilas y Parque Regional de Cope-Calnegre

Una caminata por las calas vírgenes de Águilas y Lorca desvela un espacio natural solitario y cargado de historia

Miguel Ángel Ruiz
MIGUEL ÁNGEL RUIZÁguilas

La crisis económica ha dado un respiro a las playas vírgenes de Águilas y Lorca, en la Marina de Cope, donde el Gobierno regional impulsa el complejo turístico más grande del Mediterráneo -¡sálvese quien pueda!-. Mientras llega el día -que llegará- en que esta franja litoral de 10 kilómetros de longitud quede irreconocible y entregada al veraneo de lujo -al estilo Portofino, ya nos lo han advertido-, tenemos la ocasión -y casi la obligación- de recorrer esta interminable sucesión de calas disfrutando de su singularidad natural y su carga histórica y etnográfica.

Si aparcamos el coche junto a la Torre de Cope, es bueno que sepamos que la pequeña fortaleza defensiva, del siglo XVI, la edificó el Concejo de Lorca para defender el poblado costero de los piratas berberiscos. Desde la torre, y después de visitar la singular ermita de Cope, caminamos por la costa hacia el este sobre la gran duna fósil que se extiende durante varios kilómetros pegada al mar. Superado un primer kilómetro de costa rocosa, llegamos a las playas del Sombrerico, separadas por un saliente y un ostentoso chalet. La segunda de las calas, más arenosa, tiene mejor baño.

A partir de aquí continuamos el camino costeando por una pista pedregosa apta para la bicicleta de montaña que en ocasiones se aparta de la orilla. Más o menos a medio camino alcanzaremos una cala rocosa en la que, si nos fijamos bien, distinguiremos los restos de un puerto romano tallado a pico, con el extremo del rudimentario muelle señalando la punta de Cabo Cope. Es fácil encontrar fragmentos milenarios de ánforas con escarbar mínimamente.

Un par de calas más adelante veremos un bebedero para el ganado al borde de la arena, ahora más seco que la pata de un grillo, que nos recuerda que el agua corría por la rambla antes de que la agricultura intensiva secara los escasos acuíferos de la marina.

A estas alturas ya nos habremos encontrado con algunos de los habitantes de este espacio natural, tan numerosos y variados que nos parecerá increíble estar recorriendo un desierto litoral. Entre las aves, las gaviotas son omnipresentes, aunque en invierno es fácil contemplar a los alcatraces haciendo picados cerca de la orilla. También avistaremos cormoranes, cada vez más frecuentes. En el cabo anidan el águila perdicera, el búho real y el halcón peregrino, y a ras de tierra corren perdices, alcaravanes, cogujadas -para los aguileños, tutuvías- y el raro y escaso camachuelo trompetero.

Pozo con noria, ya en desuso, construido con piedra seca, la playa de La Galera y la playa del Sombrerico.

La amenazada tortuga mora también se arrastra por el parque, en compañía de lagartos ocelados, lagartijas colirrojas y enormes culebras bastardas. Conejos, zorros, erizos de tierra, tejones y jabalíes son mamíferos relativamente abundantes.

También impresiona la variedad de la vegetación, plagada de africanismos; es decir, especies que sobreviven en esta zona desde la época en que Europa y África estaban unidas. Con un poco de adiestramiento podemos distinguir sabina negral, margarita marina, cornical, orquídeas, azufaifos y siemprevivas.

El Charco, Rafal, Rambla Elena, El Pozo, El Pocico del Animal, El Pozo de las Huertas y Las Pulgas son los curiosos nombres de las playas que recorremos antes de llegar a La Galera, que debe su nombre al peñasco varado a pocos metros de la orilla, como un barco naufragado. A partir de aquí entramos en el término municipal de Lorca y un kilómetro más adelante, en Playa Larga, es posible ver surfistas cogiendo olas, normalmente por la mañana temprano. La imagen es un tanto exótica, pero real: la ola de Playa Larga no es un mito.

En este punto, al otro lado del camino, nos llevamos en la retina y en la cámara de fotos uno de los pocos ejemplos de construcción con piedra seca que se mantienen en pie: un pozo con noria, de las que se movían tiradas por un burro o una mula. Desde aquí caemos a la bellísima Cala Blanca, un anfiteatro calizo con sus refugios para pastores y pescadores excavados en la arenisca y centenares de nidos de palomas y golondrinas agujereados en el ático del farallón. Es un espectáculo contemplar las veloces idas y venidas de las aves, que casi parecen aviones de combate.

Otro kilómetro más y terminamos nuestro recorrido en la playa de Los Hierros: tranquila, solitaria y una de las preferidas por los narcotraficantes para desembarcar fardos de hachís en las noches sin luna. Por la rambla del Cantar, que llega hasta la misma arena, pueden venir a rescatarnos en coche si no queremos regresar caminando a la Torre de Cope.

La excursión

Dónde:
Playas de Marina de Cope (Águilas y Lorca).
Dificultad:
Desde Águilas, por la carretera de Calabardina, que sigue hasta la Torre de Cope. Desde Cartagena, por la salida Cabo Cope-Calabardina de la autopista.
Cómo llegar:
Media-alta (unos 20 km. ida y vuelta, en 7-8 horas).
Cartografía:
Mapa 997 bis de Cope en escala 1:50.000 (IGN).
Cobertura de móvil:
Buena.

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