Enfermera viajera

O de cómo los niños se ponen malos en cuanto llegas a la habitación de hotel

Enfermera viajera
M. Saura
Rosa Palo
ROSA PALO

Al final, la escribo. La guía de viajes, digo. La titulada 'Conozca España a través de sus centros de salud'. Porque me los he recorrido todos. Mi pequeño, que es muy oportuno para sus cosas y se pone malo en cuanto salimos de casa: faringitis en Estepona, varicela en Menorca, gastroenteritis en Zahara de los Atunes y otitis en Denia. Y, ahora, anginas.

Llegamos al hotel el jueves pasado, y desde entonces estoy encerrada en la habitación. Fue abrir las maletas y Miguelito empezar a vomitar. Eso no es nada, me dice mi marido, las chuches que se ha comido por el camino, que es que te tengo dicho que no le des tantas. Vale. Encima de cornuda, apaleada. Pues mira, para no ser nada, 39 y medio de fiebre. Conozco yo a mi hijo como si lo hubiera parido. Que va a ser por eso, al final. Así está el pobre crío, hecho un vendo. Lo hemos metido en brazos en el coche y hemos salido disparados al centro de salud. Otro capítulo más para la guía.

En el médico, una cola que para qué. Picaduras de medusas, insolaciones, cortes en los pies y viejos con indigestión por comer paella y tomar helado de turrón como si no hubiera un mañana. Para colmo no hay pediatra, que están bajo mínimos. Nos ha tocado un tipo que parecía el doctor Mengele. No me extraña que el crío se haya puesto a llorar como un descosido en cuanto lo ha visto. Lo ha cogido como si fuera un conejo, le ha apretado la barriga clavándole los dedos con saña y le ha metido el palico en la garganta hasta que ha vomitado otra vez. Amigdalitis aguda, me dice el tío mientras garabatea una receta, que se ha pasado media hora haciendo reglas de tres con el peso del niño para saber la dosis del Dalsy. Total, si yo ya me la sé. Y la del Ventolín. Y la del paracetamol. Y la de la amoxicilina. Que estoy a dos enfermedades de mi hijo de licenciarme en Pediatría. Y el sádico ha rematado diciéndome que el niño no se bañe ni en la playa ni en la piscina, que no le dé el aire acondicionado y que no salga a la calle bajo ningún concepto durante una semana. Acabáramos. 'Inocente encarcelada', se llama la película. Porque Mengele no solo ha confinado a mi hijo, sino también a mí. Y aquí estoy. Metida en la habitación del hotel a treinta y dos grados sin poder enchufar el aire, poniéndole paños fríos en la frente a Miguelito y viendo 'Peppa Pig' en la tele en bucle, que a ver si llega ya San Martín y matan a la cerda, porque esto es una tortura psicológica que ni Guantánamo.

Pero aquí los únicos que estamos en la trena somos mi pequeño y yo. Porque mi marido, en un acto de generosidad impagable, se ha bajado al mayor a la piscina. Que no se va a quedar el crío todo el día encerrado, que él no tiene ninguna culpa. Claro que no, pero yo tampoco y aquí sigo. Los veo desde la ventana de la habitación. Tres horas lleva mi marido sentado en el chiringuito de la piscina, y el crío bañándose sin echarle protección solar, que en vez de un enfermo voy a tener dos. Y mi marido venga a hacer el tonto con la camarera. Y venga a pedirle mojitos. Y venga a reírse. Y el crío que papá, báñate conmigo. Y el padre que ahora voy, que no seas 'pesao', Fernando, hijo. Y Fernando padre sin despegar el culo del taburete. Y mis dos bikinis monísimos muertos de risa en el armario. Y la cerda gruñendo. Y Miguelito vomitando otra vez. Y la camarera de la habitación mirándome con odio asesino porque ha tenido que volver a cambiar las sábanas de la cama. Y Miguelito saltando de un lado a otro en cuanto le ha hecho efecto el Dalsy. Un cuadro todo.

Pero mi marido sigue sin venir. Ni está ni se le espera. Ahora se ha apuntado a aquagym. Él, que es un tío huevón que juega al fútbol con los críos sentado en la silla del jardín porque se cansa mucho. Será porque hay una rubia veinteañera de monitora y animadora sociocultural, aunque aquí la única sociocultura que se anima es la de mi marido, porque las quince abuelas con el bañador turbo faja y el gorro de flores se mueven como robots oxidados. Mi marido, en cambio, está pegando saltitos en la piscina mientras mete barriga. O se asfixia o se ahoga. En este momento, cualquiera de las dos opciones me parecen buenas.

Para colmo, cuando ha subido de la piscina se ha puesto malo. Que tiene mucha angustia, dice. Normal: es lo que te pasa si te tomas tres mojitos seguidos y luego te metes en la piscina a dar perigallos creyéndote Gemma Mengual. Qué idiota es, el tío. Pues mira lo que te digo, que aquí os quedáis los tres. Fernandito, Miguelito y maridito. Que yo me piro. Que no puedo más. Que me pongo el bikini y me bajo a la piscina. Que me concedo un día de libertad provisional. Que estoy de pedir sándwich club al servicio de habitaciones hasta el tomate. Y que si vuelvo a oír gruñir a Peppa Pig, hago morcillas esta noche.