El tango del vendedor de bicis

Valentín Izquierdo, en su taller, que cumple 62 años. / a. salas
Valentín Izquierdo, en su taller, que cumple 62 años. / a. salas

Repuestos Valentín cumple 62 años entre bielas y grasa. Su fundador solo cerró el negocio para bailar con su mujer en La Dama de Oro: «Lo primero que queremos en la vida es una bici»

ALEXIA SALAS

Uno de aquellos tangos de Gardel que el joven Valentín Izquierdo bailaba agarrado a la cintura de su mujer, Concha, en la pista de La Dama de Oro, en Cartagena, podía haberlo protagonizado él mismo. «Ella, que era de Balsapintada, paseaba de negro por el paseo de Los Alcázares. Iba de luto por su padre. Yo, de blanco porque era verano. Me acerqué y le dije: 'Si fuera al revés podríamos casarnos ya mismo'», tiene vivo Valentín el recuerdo como si fuera de este siglo. Pasaron juntos más de 50 años como una cadena engrasada que se desliza sobre los piñones de la bici en un giro sin final. Aquella tarde Valentín ya tenía claro que es preferible imaginar los radios de la rueda, porque si los ves es que el movimiento ha parado, una pesadilla para el mecánico de bicis, que se ha regido por la norma «ni un día sin producir». Su taller Repuestos Valentín cumple 62 años en la esquina de la avenida 13 de Octubre con la calle Meseguer, y promete funcionar otro siglo más. «La bicicleta siempre es un negocio. Es lo primero que deseamos en la vida», muestra las versiones infantiles en el taller que ya ha delegado en su sucesor.

Toda una vida con las manos llenas de grasa, entre bielas y latas de aceite. Las llantas descansan en sucesivos ganchos por las alturas entre una densidad de cajas con piezas imperecederas para sustituir pastillas gastadas de los frenos o parchear cámaras. El establecimiento que Valentín abrió a los 21 años -ya ha cumplido los 83- conserva la impronta del tiempo desde el luminoso original hasta su mesa gastada de cuentas y cábalas, donde el comerciante ha fraguado una larga vida de transacciones.

Visita recomendada
Repuestos Valentín, en la avenida 13 de Octubre, esquina con la calle Meseguer de Los Alcázares.
Qué hacer
Elegir la bici de tu vida, comprar repuestos, reparar pinchazos y sustituir cadenas, frenos y llantas.
El guía perfecto
Valentín Izquierdo, su fundador y padrino de Ángel, el actual encargado del taller de bicicletas.

«Empecé con 85 pesetas un lunes a la mañana», recuerda Valentín el primer día de su taller, aunque la historia comienza algo más atrás. Nació en un pueblo dividido en dos. «Había un pino frente al restaurante La Tropical que tenía un lado en Torre Pacheco y el otro en San Javier. Un día murió un hombre bajo el pino. Cuando llamaron a la Guardia Civil, los agentes preguntaron de qué lado tenía el muerto los pies», narra Valentín. Sin muchas opciones, comenzó a recolectar algodón y cereales a los 9 años en los campos cercanos. Pronto vio que ganaba unos céntimos más vendiendo petróleo en bici por las casas. «Lo necesitaban para los quinqués, y cuando no les llegaba el dinero para pagarme, me daban huevos, que yo vendía en otro sitio», fue pedaleando Valentín a contracorriente de «las fatigas de la posguerra». Muchos no recordarán que, frente a su taller actual, funcionaba la fábrica de juguetes Barchi de Gerardo Balsalobre. «Con 14 años me coloqué a destajo haciendo caballos de cartón, algunos hasta de un metro de alto», recompone su historial.

«Con 14 años me coloqué a destajo haciendo caballos de cartón, algunos hasta de un metro de alto»

Primer utilitario

Trabajó después de cuidador de cerdos, de aprendiz de mecánico y de ayudante en un ómnibus que iba a llevar a los niños a Cartagena. No tardó en montar su primer taller de motos en el local donde la juguetería cerró. Y pronto arregló vehículos: «Era la época del primer utilitario de Renault, el 4/4, y del Gordini, el R-8 y el R-10», señala unas calles bacheadas, por donde rugían aquellos primeros escarabajos de líneas mofletudas. Entre chapa y pintura, nunca dejó sus negocios de compra-venta que le han permitido ampliar sus locales en el pueblo costero. Cuando se sienta junto a la higuera olorosa de su patio, aún le resuenan «los tangos, el fox ligero y el fox lento, las rumbas y las sambas que bailábamos cuando íbamos en el '1.500' a Cartagena». Nunca quiso alejarse más de Los Alcázares porque, como dice el viejo tango, «fue el farolito de la calle en que nací, el centinela de mis promesas de amor».