El romanticismo de las gallinas

El agricultor ecológico José Carlos Montealegre, en su granja de San Javier. / A. salas
El agricultor ecológico José Carlos Montealegre, en su granja de San Javier. / A. salas

Las granjas ecológicas son difíciles de encontrar en la comarca del Mar Menor. El agricultor José Carlos Montealegre adora la tierra, recita a Extremoduro y habla a sus ponedoras

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Varios gallos en el gallinero, mal asunto. Y el granjero ecológico José Carlos Montealegre, que además de agricultor es filósofo y leído, tiene varios, que pasean su cresta encarnada y ese plumero trasero verde oscuro con los que te dejan claro quiénes son los directores generales. Todos, además, tienen el ojo de puñal y el gesto torcido de Trump. «Aquí no hay problema. Paz total, porque hay que tener al menos 12 gallinas por cada gallo, y yo tengo en total 50 gallinas para cuatro. Están bien servidos», describe José Carlos el consenso avícola logrado en su territorio, sin atisbos de 'Rebelión en la granja' ni revoluciones feministas.

Así son ellas. Acuden en tromba a la fiesta de un melón partido -«solo les doy frutas y verduras ecológicas», las cuida el granjero-, viven sin más guía que el sol, fían al cielo el alimento de mañana, y se apretujan al caer la noche en los palos del gallinero. «Dormir en alto es su instinto por si aparece un zorro», las psicoanaliza José Carlos, a quien indigna más el bestiario con cerebro y móvil en el bolsillo que el de pico y plumas.

Visita recomendada
Montecler, granja ecológica en San Javier.
Qué hacer
Hacer tus pedidos de verduras y frutas cultivadas sin química, conocer al granjero y ver sus gallinas felices.
El guía ideal
José Carlos Montealegre, agricultor ecológico.

«Dejan la tierra inerte, le quitan toda la diversidad y la riqueza, la fumigan, la matan, y entonces siembran, pero claro, luego tienen que inyectarle en vena productos químicos para que crezcan verduras en cantidad y lo más pronto posible. Yo necesito 20 días más que el resto para tener lechugas», marca el agricultor la diferencia. «Lo decía Einstein: hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y de lo primero no estoy seguro», refuerza su argumento.

«Si me tocan 300.000 euros, me compro tres mulas con tres arados para trabajar la tierra como antes»

En un campo con olivos bicentenarios e higueras longevas, escarba en la tierra húmeda que le regala zanahorias, cebollas y calabazas. Su pie no deja huella en el planeta. «Si me tocan 300.000 euros, me compro tres mulas con tres arados para trabajar la tierra como antes. Aquí no pisa un tractor, que aplasta todos los seres vivos de la tierra», sueña el filósofo labrador, que madura sus reflexiones mientras empuja a su 'pascualín', un arado elemental, que más que abrir surcos acaricia la arcilla.

Con los pies en el barro, José Carlos recita de memoria letras de Extremoduro, escucha la voz de su padre cuando le decía que «nadie es más que nadie», y les habla a sus ponedoras. «Nunca mato a ninguna. Aquí se hacen viejas y viven el doble que las que esclavizan en las naves industriales», las llama en su propio lenguaje.

Acaba de plantar perales, ciruelos, manzanos y caquis para dar más color a los pedidos de sus clientes con conciencia, a los que reparte sus cajas multicolor a domicilio. «Tenía claro que no iba a hacer monocultivo. Y para tratar las plantas, abono natural, cola de caballo y purín de ortiga», recomienda el experto para lograr alimentos naturales y que no nos salgan tres ojos como a los peces de los Simpson. «¿Sabes que solo usamos 17 especies de las innumerables que hay en el mundo? Y solo porque esas dan el calibre justo que les va bien para meter los productos en las cajas», revela el agricultor, a quien sus clientes le piden «tomates que sepan a tomate». Desconfía de la industria ecológica a gran escala: «Lo que cultiva el de las orejas tiene de ecológico lo que yo de científico», se inclina José Carlos por la paciencia de las berenjenas puras y limpias de aditivos, pequeñas joyas de la tierra que el mercado aún tiene como alternativa minoritaria. Sabe que su apuesta no le llenará los bolsillos: «Siempre fui fuerte, como mi perro, pero muy tontico. Fue mi mujer la que me pidió salir a los 12 años». Como cuarto de ocho hermanos, tiene marcado «que te toquen solo dos fresas», así que José Carlos ha sacado brillo a la filosofía de la austeridad: «Soy rico, el hombre más feliz del mundo. Necesito poco. Solo quiero ganarme la vida dando alimentos sanos a la gente».