Donde no se acaba el ron

El equipo del Chiringo Pirata, con el jefe Juan Iborra, en el centro. / A. Salas
El equipo del Chiringo Pirata, con el jefe Juan Iborra, en el centro. / A. Salas

El Chiringo Pirata atrae a bañistas habituales en la playa del Barco Perdido. «Siempre tuve cara de malo, por eso no se meten conmigo», revela Juan Iborra, el capitán en tierra

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

El último pirata de verdad que pasó por allí tuvo la delicadeza de dejar una nota con disculpa. Juan Iborra, propietario del Chiringo Pirata de La Manga, saltó a los telediarios hace unos años cuando fue víctima de un robo masivo. «Se llevó todo, desde el ordenador hasta las bolsas de basura», cuenta el hostelero, que no guarda el menor rencor a su asaltante nocturno. «¿Qué le vas a hacer? Además, dejó una nota de disculpa, que empezó diciendo lo buenos que estaban mis frutos secos, y terminó justificándose con que sus hijos iban a poder comer gracias a mis cosas», cuenta Juan resignado por partida doble: «A los cuatro días volvieron a robarme», afirma.

La vida ha puesto a prueba su flema otra vez este verano, después de que el cirujano le dejara por error media aguja dentro del brazo, que se rompió en un peligroso transporte de mercancía. «Iba en mi patinete eléctrico con diez kilos de limones a la espalda», reconoce Juan con su benévola sonrisa. Procura también no alterarse con la prohibición municipal de poner música en los negocios de La Manga. «¡Claro que a veces he tenido ganas de matar a alguien!», ríe de nuevo el hostelero.

Visita recomendada
El Chiringo Pirata, en la playa del Barco Perdido, en La Manga.
Qué hacer
Disfrutar del mar Mediterráneo en una playa de 15 metros de ancho de arena fina y dorada. Probar el tataky de atún rojo, el entrecot de vaca rubia y los arroces. Hay menú infantil. Y contemplar el faro de Cabo de Palos mientras cae la tarde con un ron, como los buenos piratas.
El guía ideal
Juan Iborra Zubillaga, propietario del Chiringo Pirata.

En su barco encallado recalan a diario amigos y conocidos en tribu variopinta, desde familias al completo hasta solitarios con tatuaje. La familiaridad es tal en el Chiringo Pirata que «los clientes me dicen: 'Juan, tienes que revisar tu wifi porque no me llega hasta el aseo de casa'», sonríe de nuevo el hostelero, preparado para hacer frente a las contrariedades cotidianas de un chiringuito playero en agosto, que suelen ir «desde los problemas del personal a un corte de luz o un problema de suministro en la cocina».

«Los clientes me dicen: 'Juan, tienes que revisar tu wifi porque no me llega hasta el aseo de casa'»

Ajenos a las tribulaciones, los bañistas le hincan el diente, frente a las olas de un Mediterráneo turquesa, a un entrecot de vaca rubia, o al tataky de atún rojo. El faro de Cabo de Palos hace de escolta en el extremo oriental de la playa, en agosto poblada por turistas de Murcia, Madrid y la cercana Cartagena. Los socorristas del puesto de vigilancia son los vecinos más próximos en una de las playas más extensas del litoral murciano, ya que el manto de arena fina y dorada se extiende sobre unos 2.000 metros de largo por más de 15 de ancho.

Juan recaló en la playa del Barco Perdido después de atracar en varios puertos, como el capitán Jack Sparrow. Hace unos cuantos años ya que decidió dejar atrás Cartagena y ver mundo. «Me dijeron: 'Juanico, tienes que viajar', y me fui a Irlanda, Gales y Escocia», cuenta de sus andanzas por el norte, que le hicieron desear asentarse en el sur, izar la bandera pirata de forma estable y tener hijos. Con el ímpetu del emprendedor amplió la cocina para ofrecer una carta más variada e instaló la pérgola de madera. Con el afán de cuidar todos los detalles, muestra con orgullo el aseo: «Tiene ventilador, música, cambiador de bebés y máquina para comprar cepillo de dientes».

Las noches caen tranquilas y más solitarias en esta playa abierta, la primera que encuentran los vientos al girar en el Cabo de Palos con rumbo norte. Merece la pena quedarse sin palabras desde el Chiringo Pirata cuando una inmensa botella de ron viejo parece derramarse sobre el cielo.