Baño dulce y aldeas de ribera

Aguas arriba del Cenajo. Los meandros del Segura, antes del embalse, tienen una playa fluvial ideal para refrescarse. /GUILLERMO CARRIÓN / AGM
Aguas arriba del Cenajo. Los meandros del Segura, antes del embalse, tienen una playa fluvial ideal para refrescarse. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM

Pepa García
PEPA GARCÍA

A un paso de la frontera regional y en un territorio que los murcianos sentimos muy próximo, se encuentra un paraíso natural bastante desconocido, pero pleno de atractivo. La recomendación para este fin de semana es visitar la Sierra del Segura, allí donde nace el río que da vida a nuestra tierras, el Segura, y también el que le aporta caudal, el Mundo.

La idea es disfrutar de un refrescante baño en las playas fluviales que abundan en esta zona y visitar una bella aldea abandonada. Si deciden madrugar, lo mejor es empezar por Ayna y, antes de llegar, parar en el Mirador del Diablo, a 1,5 km. de Ayna, en el estrecho del Gargantón, con unas vistas impresionantes del paisaje.

Desde el pueblo parte la ruta que conduce al primer destino: Alcadima. Por una pista, primero asfaltada y después de tierra, que sale por el extremo este del pueblo hacia el cementerio, se llega a Alcadima, una aldea que pertenece al municipio de Liétor pero que, por cercanía, ha tenido más trato con Ayna, y que estuvo habitada hasta 1977, ya que sus vecinos terminaron de abandonarla cuando el colegio de Híjar, otra aldea cercana, cerró sus puertas. Sus habitantes, que vivían de vender o intercambiar las aceitunas y almendras que recolectaban, así como del esparto que recogían, y de la lana y la carne de las cabras y ovejas que criaban, poseían fértiles huertas en la ribera del Mundo, en las que producían hortalizas, verduras y frutas para autoconsumo. Hoy, estas huertas siguen en producción y algunas de las casas están siendo recuperadas. Llegar hasta Alcadima exige un paseo de 4 km. a pleno sol, pero por una pista vertiginosa que pone a sus pies las hoces del Mundo en una de las zonas en las que su cauce se encajona entre verticales paredes.

Ya en el pueblo, pueden caminar hasta la fuente, pegada a un antiguo lavadero que también adecentan ahora unos jóvenes. Allí mismo, pueden bajar por sus calles hasta el río Mundo, sobre el que un puente permite cruzar a la otra margen. Seguro que encontrarán algún punto para darse un remojón, aunque estos días, tras la tormenta reciente, las aguas bajan marrones y bravas.

De vuelta en Ayna, no dejen de visitar los restos del Castillo de la Yedra, una fortaleza musulmana (s. XII) que aprovecha un promontorio rocoso y una entrada natural, en la parte alta del pueblo y desde el que se contempla el encajonado valle y los espectaculares Picarzos; entren a la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios, una antigua sinagoga judía recuperada para el culto cristiano tras la reconquista de estas tierras fronterizas en el s.XIII, y disfruten las filigranas del artesonado mudéjar que cubre sus techos; también pueden acercarse a admirar las pinturas paleolíticas de la Cueva del Niño (la visita es guiada y hay que reservar plaza antes) y, por supuesto, seguir el itinerario marcado de 'Amanece que no es poco' de José Luis Cuerda. De hecho, si se acercan a disfrutar del río a su paso por Ayna en busca de un remojón, junto al Charco de los Molinos encontrarán el semillero de hombres de la película reproducido en cartón piedra.

El recorrido por estos pueblos y aldeas da para mucho, todo depende del tiempo de que dispongan. Si no tienen prisa por regresar, busquen alojamiento y visiten también Royo Odrea y Cárcabos, dos pintorescas y pequeñas aldeas encaramadas en la ladera rocosa. Si no, continúen y hagan una parada en el Mirador del Infierno, ideal para observar el bellísimo entorno.

El postre de este viaje es un baño en una playa fluvial del Segura, junto al Puente de Híjar que sobrevuela el río, en la carretera A-13, que une Socovos y Férez con Hellín, y en la cola del embalse del Cenajo. Nada más pasar el puente, a la izquierda, tomen un desvío asfaltado solo en los primeros metros y desciendan al río. Aparquen junto a un enorme pino y desciendan hasta una playa con una fantástica poza en la que el meandro permite bañarse sin peligro de que les arrastre la corriente. Ya de vuelta a casa, paren en el Mirador del Puente de Híjar y disfruten de las vistas.