Artríticas apresuradas

O de cómo viajar por Italia en autobús entre andaderas y prostáticos

Artríticas apresuradas
Mar Saura
Rosa Palo
ROSA PALO

Si hoy es domingo, esto es Roma. O Milán. O Florencia. O yo qué sé. Qué lío llevo de ciudades. Preciosísimas, eso sí. Y carísimas, que ayer me cobraron seis euros por un espresso en la plaza Navona. Total, que en cuatro días nos hemos gastado el presupuesto en cafeterías. Pero es que mi hermana no perdona ni su cortado de media mañana ni su merienda de la tarde. Y luego, cuando estamos en casa, me racanea el dinero y me obliga a comprar Afín en vez de Nescafé, la muy rata.

Nos hemos ido las dos de viaje por Italia. A nuestra edad. Anselma y Luisa, nos llaman las hijas de mi hermano Pepe, por lo de la película aquella. Que a ver si venimos con un Brad Pitt italiano, nos sueltan. Unas bordes es lo que son. Y unas cotillas, que estoy yo que les cuento algo. Porque estas se creen que yo me chupo el dedo. Seré soltera y entera, vale, pero todavía tengo mi aquel, que pillé al frutero el otro día mirándome con ojos golosones. Y eso que yo no doy pie, porque mi hermana Bernarda es mucha Bernarda. Y muy posesiva: hombre que se me acerca, hombre al que espanta. Con las ganas me quedé de ir al programa de Antonio Hidalgo, a ver si me salía un pretendiente. Pero no me dejó. Se ve que le da miedo que me vaya con uno y la abandone: toda la vida juntas llevamos, que se quedó viuda con veinticinco años. Y, desde entonces, aguantándola estoy, que es que no hay nada que le cuadre.

De hecho, lo del viaje ha sido un milagro. Llevo años intentando convencerla para irnos por ahí, y no ha habido manera. Ni siquiera ha querido ir a Benidorm, con la ilusión que me hacía a mí ver a María Jesús y su acordeón de cuerpo presente. Pero ni por esas. Así que me quedé muerta cuando me dijo que quería ir a Roma. A ver al Papa, encima. Con andadera incluida. Lo cierto y verdad es que, cada vez que Francisco sale en la tele, mi hermana entra en éxtasis. Entre eso y las úlceras de las piernas, parece 'stigmata'. Total, que ya puestas, la convencí para que hiciéramos un tour por Italia. Y allí que nos fuimos.

Contratamos el periplo con Viajes Senecto Vetústez. No anduve yo fina ahí, porque el nombre ya me daba una pista: el autobús parece un congreso de prostáticos. Paramos cada diez kilómetros para que los viejos bajen a mear. Abuelos de ochenta años que se creen que la cintura llega hasta el sobaco y que hablan en voz alta buscando público. Yo, a su lado, una pollita, que a mis sesenta y cinco bien llevados estoy hecha un brazo de mar. Con razón, entre meo y meo, uno de Lobosillo no ha parado de tirarme los trastos, que se pasó el viaje de Milán a Roma recitándome trovos. «Me gusta tanto tu jeta / que cuando te miro se me hincha / lo que tengo en la bragueta», me soltó el tío cochino a la altura de Livorno. Hasta que le pregunté cuánto le había quedado de paga. Ochocientos euros, me dijo. Así que le contesté: « Como que me llamo Asunción / que no limpio yo culo alguno / por esa mierda de pensión». Y ahí se acabaron los trovos.

Pero es que lo del autobús es un suplicio. Por lo del viejo de Lobosillo y porque nos tratan como a ganado. Todo el día corriendo. Y ahora sube al autobús, y ahora baja del autobús, y venga palacios, y venga plazas, y venga museos, y venga iglesias, y venga andadera. Un sinvivir. Pero peor lo tiene el guía, Fabio, un romano con pinta de afeitarse en el coche. Al Fabio se le quedan los abuelos embelesados mirando los monumentos, como si fueran obras, y no hay forma de hacerlos avanzar, que ni avanti, ni presto, ni leches en vinagre. Y luego está el calor. Y los chinos. Y mi hermana. Una pesadilla todo.

Así que, por las noches, llegamos al hotel reventás. Eso sí, a mi Bernarda el cansancio no le quita el hambre, que cena tres veces. Está a dos macarrones de que le prohíban la entrada en el bufet libre. Y, encima, se mete media botella de vino blanco entre pecho caído y espalda con joroba. Que la relaja, dice. Claro, y las veinte pastillas que se toma con el vino, que parece una traficanta: la de la tensión, la del colesterol, la del azúcar, la de la artritis, la del reuma, la de la circulación. A ver si lo del éxtasis va a ser por eso. Porque es que le ha dado un parraque viendo al Papa que ni te cuento: ha sido salir Francisco al balcón y volverse loca perdida. Las monjas, haciéndose selfis con ella en el suelo. «¡Santa súbita!», decía una novicia colombiana. Y Bernarda, con los ojos en blanco y desmayada en medio de la plaza de San Pedro. Mi hermana es que ha sido siempre muy numerera. En fin, que el de Lobosillo me ha ayudado a subirla al autobús y aquí estoy, a cuarenta y dos grados a la sombra, abanicando a mi hermana con el Calendario Romano. Sí, el almanaque de los curas guapos del Vaticano, qué pasa. Que si a ella le pone el Papa, a mi me pone el Padre Marzo. Mira, algo bueno me llevo del viaje, porque esto ha sido un desastre. La próxima vez me voy a Benidorm. Sola. A ver a María Jesús y a su acordeón. Y a bailar 'Los pajaritos'.