María José Peñalver: «Vamos cada año a caballo a Caravaca»

La arquitecta María José Peñalver, con sus caballos Albero y Campeón./ josé maría rodríguez / agm
La arquitecta María José Peñalver, con sus caballos Albero y Campeón. / josé maría rodríguez / agm

«Me entraron palpitaciones cuando entré por primera vez a la Mezquita de Córdoba», recuerda la decana del Colegio Oficial de Arquitectos de la Región de Murcia

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

A María José Peñalver (Murcia, 1968), le gusta esta idea que un día me trasladó el consagrado arquitecto portugués Álvaro Siza: «La arquitectura debe proporcionar reposo, abrigo, belleza. Y no ser un obstáculo, sino una ventaja». Apasionada de su trabajo y decana del Colegio Oficial de Arquitectos de la Región de Murcia (COAMU), hay algo que le sucedería si un día, siguiendo los pasos del poema de María Victoria Atenza, levantase «con los dedos el cristal de las aguas», contemplase «su silencio» y se adentrase en sí misma. Incluso allí, instalada en lo más recóndito de su ser, seguiría dibujando e ideando espacios «con los que hacer feliz a la gente». Madre de tres hijos, espera alegre la llegada de una de ellos de Londres, donde vive.

-¿Qué edades tienen?

-Pues... 23 años el mayor, 21 años una chica, y la otra tiene 20. ¡No, espérate! 18... ¡qué lío tengo! [Risas] A ver: 23..., 21... y 19. ¡Pero si es que no sé ni los años que tengo yo! [Risas] En cuatro años los tuve a los tres.

-¿Y la experiencia?

-Fue todo muy rápido y muy intenso, ¡fue la bomba! Vinieron así. Es curioso porque en mi mente no estaba ni casarme, ni tener hijos; nada, pero bueno. De repente, conoces al príncipe azul y las cosas cambian. De hecho, incluso me hubiera gustado tener algún hijo más.

-¿Príncipe azul dice?

-Azul muy intenso, sí. Una persona muy inteligente. Nos conocimos una noche en la que yo había venido de Madrid, donde estudiaba. Nos presentaron y, enseguida, empezamos a hablar de Matemáticas, él es ingeniero, y luego de caballos, así es que me dije: '¡Mi príncipe azul!'. Encima, Salva[dor] es muy guapo. Yo tenía 22 años.

-¿Un sitio para tomar una cerveza?
- En la terraza del Club Náutico de La Ribera.
-¿Una canción?
-'Your song', de Elton John.
-Libro para el verano.
- '21 lecciones para el siglo XXI', de Yuval Noah Harari.
-¿Qué consejo daría?
-¡Cuidado con los consejos!
-¿Cuál es su copa preferida?
-Tónica.
-¿Le gustaría ser invisible?
-No.
-¿Un héroe o heroína de ficción?
-Westley, de 'La princesa prometida'.
-Un epitafio.
-[Ninguno. No le gustan]
-¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Mejor madre, mejor arquitecta, mejor persona.
-¿Tiene enemigos?
-No lo sé.
-¿Lo que más detesta?
-La falta de educación.
-¿Un baño ideal?
-En el Mar Menor.

-¿Echa de menos otros tiempos?

-Para nada. Cada etapa tiene su momento y lo inteligente es vivirla al máximo.

-¿A qué han enseñado a sus hijos?

-Los hemos enseñado bien, creo, a que sean luchadores y tengan espíritu crítico. Mis hijos se han criado sin televisión y hemos intentado que leyeran mucho, que se formaran y que practicaran deportes.

-¿Una madre sufridora?

-No lo puedo evitar. Y sospecho que seguiré siéndolo... [Risas]

-¿De niña cómo era?

-Una niña muy empollona, incluso diría que asquerosamente empollona [risas]. Era muy responsable, y muy, muy tímida.

-La timidez parece que voló.

-Completamente. Pero es verdad que pensaba que iba a ser una persona superintrovertida para siempre, pero luego la vida... Me fui a estudiar fuera y eso me vino muy bien: aprendí a desenvolverme, a abrirme más a los demás y a solucionar yo sola los problemas.

«Mis hijos se han criado sin televisión y hemos intentado que leyeran mucho, que se formaran y que practicaran deportes»

-¿Qué quería ser de mayor?

-Con 12 o 13 años, ya quería ser arquitecta.

-¿Qué recuerda?

-Que hasta que empecé la carrera todo era fácil para mí y que me sentía en todo muy afortunada: por mi familia, mis amigas, la educación que recibía, la práctica de la equitación... Llevaba un expediente brillante cuando empecé Arquitectura, por lo que confiaba en que podría mantenerlo sin problemas. Me di cuenta rápido de que el nivelón era tremendo, que yo allí era una más y que tendría que dejarme la piel.

-¿Cómo es usted?

-Aunque cada uno lleva su cruz, una mujer muy afortunada y muy tenaz. También sigo siendo enormemente responsable. Cabezota lo soy cada vez menos, porque de jovencita era más intransigente; la vida me ha enseñado a transigir.

-¿Con qué no transige?

-Cuando me empiezan a mentir, corto; cuando se cae en la mala educación, corto. Por lo demás, soy dialogante y me gusta escuchar.

-¿Es qué es usted una 'crack'?

-En nada en absoluto.

«Cuando me empiezan a mentir, corto; cuando se cae en la mala educación, corto»

-¿Hay un Más Allá?

-Creo que sí, tiene que haber algo para darle sentido a todo esto. La condición humana necesita creer que hay algo tras la muerte que nos permita mantener la ilusión y que dé sentido a la vida.

-¿Católica practicante?

-Católica sí, practicante poco.

-¿Dónde ha sido muy feliz?

-En un apartamentito que tenemos en la playa que, ahora, está lleno de muy buenos recuerdos con nuestros hijos. Yo en la playa también he sido muy feliz, no se me olvida la cantidad de caballitos y estrellas de mar que llegué a ver en el Mar Menor y que me parecían alucinantes.

-¿De qué viaje no se olvida?

-De mi primer viaje a Holanda, con 22 años, con Salva. Le planteé un viaje enfocado en ver arquitectura. Recorrimos en bicicleta Amsterdam, La Haya y Roterdam, visitando específicamente edificios. Empezábamos a las seis de la mañana y acabábamos a las diez de la noche, ya reventados. Fue maravilloso.

-No lo dudo, no.

-[Risas] Fue muy emocionante, nos encantó.

-¿Algún otro que se le quedase grabado?

-El primer viaje a caballo que hicimos, también Salva y yo, a Caravaca. Desde entonces, lo repetimos una vez al año. Es como una peregrinación. Salimos a caballo desde las cuadras, en Torre Pacheco, y empleamos tres días en llegar a Caravaca. Vamos sin apoyo logístico, tan solo con las alforjas llenas, incluyendo una muda, la comida de los caballos y los bebederos. Son tres días duros, pero maravillosos. Llegamos con los caballos hasta el Santuario, rezo un padrenuestro y, después, los caballos ya regresan en camión.

-¿Cuándo se aficionó a ellos?

-Desde niña me parecieron los caballos unos animales bellísimos. Con 12 años empecé con las clases de equitación y no he parado nunca, salvo en los embarazos, de montar. Durante nueve años estuve compitiendo en saltos con un caballo que tenía un corazón impresionante.

Regatistas

-¿Ahora cuántos tiene?

-Dos. El que ahora monto nació en nuestro campo. Se llama Albero y yo creo que él piensa que somos sus padres [risas]. Parece un perro grande. El otro se llama Campeón y lo compramos cuando tenía 6 o 7 meses.

-¿Sus hijos han heredado esta pasión suya?

-Saben montar, pero lo que les gusta es la vela. Son muy buenos regatistas, han sido campeones de España y son los tres deportistas de élite. Y todo comenzó con esos cursillos de vela a los que los apuntamos de críos.

-¿Tenemos barco?

-Un velerito pequeño.

-¿Qué es una verdad verdadera?

-Que estamos aquí de paso.

-¿Cuál es su lema en la vida?

-Haz todo lo que puedas.

-¿Lo mejor?

-Lo mejor son mis hijos.

-¿Qué no desea?

-Conocer mi futuro. Hay que vivir al día; y ya es bastante que cada día sea una sorpresa.

-¿De qué tiene la fortuna?

-De que vivan mis padres. [Hoy] he comido con mi madre, porque mi padre y mi marido están fuera por trabajo, y ha sido estupendo. Mi madre ha preparado gazpacho, tortilla de berenjena y filete encebollado. ¡Como dos amigas contándonos nuestras cosas!

-¿Ha sufrido algún tipo de discriminación por ser mujer?

-Mi experiencia, también en ese sentido, reconozco que ha sido afortunada. En la Escuela de Arquitectura jamás noté ningún trato discriminatorio, ni por parte de los compañeros, ni del profesorado. En cuanto a llegar a ser decana, tengo que decirle que he sentido en todo momento el apoyo de mis compañeros. Y en cuanto a la práctica de la profesión, a lo mejor al principio, cuando era muy joven, algún promotor pudo pensárselo algo más. Lo que es cierto es que, cuando me licencié, muy poquitas de mis compañeras querían montar un estudio como yo hice. Querían un trabajo más cómodo, más estable, pensando que así lo tendrían más cómodo para compaginarlo con la vida familiar.

Maternidad

-Usted lo hizo: compaginó su despacho con la maternidad.

-Sí, lo hice con mucho esfuerzo y, también, con mucha naturalidad. Yo iba al Colegio de Arquitectos a visar un proyecto y me llevaba a mi hijo. Nunca he considerado que mostrar la maternidad sea un punto débil de la mujer, para nada. Llevo aquí [en su estudio, donde tiene lugar la entrevista] 26 años, y aquí monté una especie de parque infantil cuando mis hijos eran pequeños. Yo quería estar con ellos, pero no me planteé dejar de trabajar. Lo que sí hice fue levantar un poco el pie del acelerador, pero justo hasta el límite para no quedarme descolgada.

-¿Qué le cuesta trabajo?

-Expresar mis afectos.

-¿Qué se dice?

-Que tengo que ser útil, intentar siempre aportar algo.

-¿Por costumbre qué tiene?

-En la ciudad, en un radio de cinco kilómetros me desplazo a todos sitios en bicicleta.

-¿Qué llevan a rajatabla en su casa?

-No se desperdicia ni una gota de agua.

-Recomiéndenos alguna obra arquitectónica que no debamos dejar de conocer.

-Me entraron palpitaciones cuando entré por primera vez a la Mezquita de Córdoba.

-¿Qué decisión tomó y le cambió la vida?

-Ir a nadar. Empecé por obligación, porque después de los tres embarazos me quedaba hecha un ocho con unos dolores muy fuertes de espalda, y la natación resultó ser milagrosa. Desde que nado no tomo ni una pastilla. Es mi medicina, además de que no solo te viene bien para la espalda, sino también para el coco. Cuando tengo problemas, me pongo a nadar y salgo nueva.