PROPIOS Y EXTRAÑOS

Las tardes crujientes del verano

Isabel, con un cartucho de patatas fritas, dice que hasta los extranjeros van a echarle fotos. / Vicente Vicéns / AGM
Isabel, con un cartucho de patatas fritas, dice que hasta los extranjeros van a echarle fotos. / Vicente Vicéns / AGM

Isabel Madrid Raja, vendedora de patatas fritas al momento en el quiosco de Isla Plana durante 30 años. «Hacen cola para comprar un cartucho y se las comen quemando», se sorprende

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Los recuerdos del verano tienen un sabor en Isla Plana: el mordisco crujiente y salado de las patatas recién fritas del quiosco de Isabel Madrid, en la plaza del Mar. Más de 30 años lleva sirviendo en el mostrador cartuchos de estas 'chips' cartageneras con Fanta de naranja o de limón. «Alguna cerveza también vendemos, pero sobre todo refrescos», comenta Isabel, que a pesar de las tres décadas al frente del negocio no sale de su asombro por el éxito de unas simples 'papas' fritas. «Las corto muy finicas y salen crujientes, pero es lo más simple del mundo. ¡Y se forman unas colas para comprarlas! ¡Y se las comen quemando!», no se explica la vendedora, que en una tarde de verano se puede ventilar un saco de 25 kilos de tubérculos en lonchas para echar a la freidora. «Los extranjeros se vuelven locos con las patatas fritas. ¡Y a veces nos 'echan' fotos. ¡Pero si esto no tiene nada extraordinario!», se maravilla Isabel. Sin 'influencers' ni 'community manager' ni nada, los 'guiris' llegan atraídos por las fotos que otros suben a las redes sociales.

«Una vez le vendí patatas fritas a un chico y cuando se marchó me dijeron que era el actor Ginés García Millán», se admira Isabel de la alargada fama de sus frituras. Solo abre las tardes de los sábados y domingos de verano desde las seis de la tarde, cuando el calor aplaca su furia, y cierra cerca de la medianoche, «cuando ya no soporto más las temperaturas». Al asomar la luna, Isabel ya ha vendido cartuchos a media humanidad: «Los tengo de un euro, de dos y de tres, pero me encargan cantidades más grandes para los cumpleaños. Y vienen a llevarse a otros pueblos y hasta al hospital para algún familiar ingresado», no da abasto la vendedora, que cogió el testigo de su madre.

Quién
Isabel Madrid Raja.
Qué
Vendedora de patatas fritas.
Dónde
Isla Plana (Cartagena).
Gustos
El invierno y las plantas.
ADN
Leal y nostálgica.
Pensamiento
«El alzhéimer es la enfermedad más cruel. Te quita la identidad»

En realidad, la pionera fue Paca Raja Madrid, quien comenzó a freír patatas en fuego de leña bajo el sombrajo de un árbol con flores amarillas que trepaba como un emparrillado a pocos metros del mar. «Comenzó con 'La Churra', que era muy amiga de mi madre. Las familias vivíamos puerta con puerta, como si fuéramos parientes», recuerda la heredera de la tradición. «Estaban deseando que llegara el verano para irse las dos a pelar y cortar patatas y a venderlas a la gente, porque mi madre era muy alegre y, aunque apenas sacaban dinero, siempre le daba para comprar comida para nosotros», comenta Isabel de los años en que hasta los deseos eran escasos.

«Isla Plana era mucho más bonita y rústica, con los niños jugando en la calle a la rayuela»

El pueblo del pasado queda en su memoria como una foto de periódico amarillento. «El agua corriente llegó a Isla Plana hace algo más de 30 años, y hasta entonces se usaban los aljibes y las cubas», llegó Isabel a tiempo de vivir «las carreteras con piedras y las viejas casas de los pescadores». «Era mucho más bonito, más rústico, con los niños jugando en la calle a la rayuela», añora las tardes después de la escuela en Las Colonias, donde apenas 15 niños ocupaban los pupitres. Tiempos en que las madres ideaban, con sus mínimos recursos, nuevas formas de rascarle unos duros a la vida para comprar zapatos o un saco de legumbres para la despensa. «Mi abuelo pescador era de los conocidos como 'Los Chirretes', se recorrían luego los pueblos para cambiar pescado por higos y harina», han visto los ojos de la vendedora, que al mirar la modesta iglesia marinera de Isla Plana, levantada en enclave de monasterio, evoca «el cine que había justo al lado, donde hemos visto películas de Manolo Escobar y Julio Iglesias».

Isabel no tiene idea de por qué desapareció la máquina de cine de Isla Plana, como tampoco comprende cómo a su madre se le han borrado los recuerdos. «Ella, que se iba con su sartén y sus patatas a La Azohía o adonde la llamaran, ahora no recuerda casi nada. Cuando pasamos por delante del quiosco que ella creó, me pregunta si ella ha estado ahí y se le encienden los ojos al oír el nombre de su amiga, 'La Churra'.

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