PROPIOS Y EXTRAÑOS

La memoria epistolar de un pueblo

José Sánchez con una de sus viejas gorras de cartero de Santiago de la Ribera. / A. S.
José Sánchez con una de sus viejas gorras de cartero de Santiago de la Ribera. / A. S.

José Sánchez fue salinero, pescador, marino, policía y cartero en La Ribera durante 49 años, 5 meses y 22 días. «Las cartas más temidas son las que tienen resguardo», se sabe de carrerilla

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Dos cosas aprendió Pepe de sus muchos oficios a lo largo de toda una vida: que uno busca su hueco en el mundo aunque le cueste años, y que los perros ladran a los carteros, sin piedad, por el olor de las antiguas bolsas de cuero. «Por eso las cambiaron», recuerda. Pepe fue cartero de Santiago de la Ribera durante 49 años, cinco meses y 22 días, justo hasta el día en que ya no pudo con los sofocos veraniegos de tener que llevar el casco obligatorio de la moto, al tiempo que rellenaba impresos de giros y certificados a la puerta de cientos de casas. Y ese sol de agosto cociendo hasta las palabras. Antes lo había sentido ya penetrando en las sienes cuando Pepe se prestó para sustituir a su padre en los trabajos de las salinas de San Pedro los fines de semana. Se le encomendó la labor de la granja, donde tenía que dar de comer a las mulas que tiraban de las vagonetas de sal y de los carros de transporte. «Al torcer la 'curva de la culebra', el levante te lanzaba bolas de espuma de sal», recuerda Pepe del camino que zigzaguea entre las charcas salineras.

Tampoco escapó Pepe de los rayos que horadan la voluntad y hasta las piedras, cuando salía a pescar, ya con 15 años, con su abuelo por el Mar Menor. «Cuando salíamos al Mediterráneo nos decía el patrón: 'Cuando se haga de noche no saquéis ni las manos ni los pies del barco porque hay morenas y tintoreras'», caía como una terrorífica amenaza sobre el joven de 15 años. Pepe recuerda que otros dos muchachos, ambos sordos y mudos, pescaban con su padre, que se comunicaba con ellos dando zapatazos en el casco del barco. «No me gustaba la pesca porque no volvíamos en una semana. Íbamos a La Manga, El Seco Grande, La Chanca, Marchamalo. Si cogíamos pescado íbamos a vender a Los Alcázares y luego volvíamos a la mar, y yo lo que quería era divertirme corriendo por ahí, dando serenatas a las chicas con una guitarra. En La Manga como mucho jugábamos a las 'tres en raya' y empujando las vagonetas de sal. El mar era muy aburrido. Mucha soledad», escucha Pepe aquel viejo silencio, ahogado ya en el estruendo de asfalto.

Quién
José Sánchez Pérez.
Qué
Excartero
Dónde
Santiago de la Ribera.
Gustos
Ver llover.
ADN
Constancia.
Pensamiento
«Antes se ganaba menos, pero veías que prosperabas».

Bajo el sol perseguidor se embarcó en la mili con destino a Portopí (Mallorca) con el destacamento de Defensa Submarina. No tuvieron otra misión más arriesgada que darle al joven pinatarense, que calar minas antisubmarinos, así que su plaza de policía municipal en Cullera (Valencia) no le pareció tan incierta. «Había que hacer frente a algunos borrachos y poco más en la patrulla nocturna, porque antes había mano dura de verdad, desde arriba y en las familias», recuerda Pepe de su turno de uniforme, que cambiaba por el de cartero durante el día. A Pepe nunca le cuadró aquello de poner multas -«prefería decir 'no lo haga usted más'», confiesa-, así que preparó oposiciones a Correos para volver al sol del Mar Menor.

«Algunos no sabían leer y tenía que escribirles yo la carta de respuesta a la novia»

Solo quedan fuera de su mapa mental con las baldosas contadas y las puertas memorizadas, las calles construidas después de su jubilación. Durante casi medio siglo recorrió a pie y en moto la barriada que queda entre el centro y la Ciudad del Aire. Aún le dices un número y una calle a Pepe y te recita los nombres de sus ocupantes. Con tantos ha compartido tristezas y euforias que no olvida «las cartas y los giros que llegaban desde Francia y Alemania. ¡Cómo se esperaban! Y eran tan agradecidos que a veces llegaba en el paquete un cartón de tabaco para mí». Los sobres con membretes sobrecogedores, como los de Tráfico, nunca querían llegar a las manos del destinatario. «Un día me dijo un vecino extranjero: 'Chino no quelel multa'», no se extrañó el cartero paciente.

«Algunos no sabían leer y tenía que hacerlo yo, y a veces hasta escribirles la carta de respuesta a la novia», le pilló a Pepe entranado en palabras de amor de las misivas que cerró con celo para Carmen. «Lo más temido es lo que viene con resguardo», entregaba Pepe con aprensión las cartas que huelen a humo.

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