Miguel Ángel Orengo: «Un médico le dijo a mi madre que me tirara a la basura»

Miguel Ángel Orengo, a lomos de su Vespa, en Santiago de la Ribera. / Edu Botella / AGM
Miguel Ángel Orengo, a lomos de su Vespa, en Santiago de la Ribera. / Edu Botella / AGM

Percusionista

Daniel Vidal
DANIEL VIDALMurcia

Su historia pone los pelos como escarpias. A Miguel Ángel Orengo (Murcia, 1977) no le daban muchas esperanzas de vida tras nacer con diferentes malformaciones y un importante grado de minusvalía. Los mismos médicos que le dijeron a su madre que le tirara «al cubo de la basura» no lograban evolución alguna y tampoco le daban el alta porque un niño con aquellas malformaciones era «objeto de estudio». Hasta que su abuelo se lo llevó de allí por la fuerza. Cuatro décadas después, Orengo sigue soñando con recorrerse Argentina, hasta la Patagonia, «de asado en asado». Profesor del Conservatorio Superior de Música de Murcia y percusionista de éxito al que se rifan una lista interminable de artistas de renombre de este país y de parte del extranjero, una ricachona nortamericana le invitó junto a Carlos Piñana a un crucero de lujo por el Mediterráneo donde nunca se acababan las ostras. «La curiosidad es el principal atributo de la especie humana», sentencia este gran ser humano, dueño de una Harley Davidson, tres Vespas y más de 3.000 discos compactos de música. Café cortado y cruasán para desayunar a pie de Mar Menor. Y después, un vermú.

1
-¿Un sitio para tomar una cerveza? - El restaurante Ramón, en Los Alcázares.
2
-¿Una canción? -'Round midnight', de Miles Davis.
3
-Un libro para el verano. -La trilogía de 'The Century', de Ken Follet.
4
-¿Qué consejo daría? -Tratar de empatizar con las opiniones contrarias.
5
-¿Cuál es su copa preferida? -Eso va por estaciones.
6
-¿Le gustaría ser invisible? -Es un deseo desde niño.
7
-¿Un héroe o heroína de ficción? -Supermán.
8
-Un epitafio. -'Quien venga a verme debe saber que no estoy aquí; estoy en todo aquello en lo que participé'.
9
-¿Qué le gustaría ser de mayor? -Una persona con tiempo y salud. Me gustaría seguir siendo motero.
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-¿Tiene enemigos? -Quiero pensar que no. En todo caso, no veo razones para ello.
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-¿Lo que más detesta? -La falta de argumentos.
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-¿Un baño ideal? -En Santiago de la Ribera, en el Mar Menor.

-¿Qué más no perdona en verano?

-El limón granizado. Soy un fanático. Eso sí, soy un poco especial. Cuando voy a un sitio nuevo, en el que no he consumido nunca, pido un 'culín' para catarlo. Y, si está bien, me pido un litro.

-Y se bebe el litro entero.

-El litro entero, 'in situ'. Me gusta muchísimo. Pero es muy importante la cata.

-Problemas de azúcar no tiene, ¿no?

-No, no. Las analíticas están perfectas. A ver, yo tengo minusvalía de nacimiento. Y es una paradoja que yo viva de mis manos, que es justo donde tengo la mayor minusvalía, además de en los pies, y de que tengo un par de vértebras soldadas. Pero yo trabajo con mis manos, y nunca me lo planteé como un reto. Solo me planteé que quería hacer algo que me gustaba. Yo no me planteo cuál va a ser el camino, me planteo el destino. Quiero conseguir un sonido en un instrumento y no me sirve la técnica que habitualmente se usa, así que pienso en el sonido, y me funciona desde siempre.

«Siempre llevo un 'kit' de supervivencia con fuet, chorizo y queso; a mí nunca me verá en un vegetariano»

-¿Minusvalía?

-Sí, de nacimiento. Es un poco extraño, porque no es de índole genética y tampoco tengo antecedentes en la familia, ni materna ni paterna. Al mismo tiempo, en las fechas en las que yo nací, nació mucha gente con malformaciones. Uno sin brazos... Muchos de índole estacional. A saber qué tipo de medicamentos, o pruebas... No se puede saber. La historia que viene después es interesante.

-Diga, diga.

-Los médicos me daban días de vida. Y esto no es una leyenda urbana de la familia, lo he podido comprobar yo después. Pensaban que iba a tener un retraso mental profundo. De hecho, uno de los médicos le dijo a mi madre que lo mejor que podía hacer conmigo era tirarme al cubo de la basura. Un pediatra, que era muy amigo de mi abuelo, dijo que conmigo no estaban teniendo ningún avance y que solo estaban experimentando. Un niño con malformaciones era objeto de estudio, y por eso no me mandaban para casa. Pero que había que sacarme de allí. Un día, mi abuelo fue con este pediatra a que me dieran el alta, que me llevaban para casa. Y el médico que era responsable de mí le dijo que eso era imposible, que conmigo tenían una mina. Mi abuelo cogió a este médico contra la pared y le pegó una hostia: «Te he dicho que vengo a llevarme a mi nieto». Y ya me sacaron de allí.

-Vaya escena.

-De Almodóvar total. Pues resulta que había un médico que estaba sacando dinero y haciendo mucho daño a mi familia con las consultas que pasaba en Lorca y en Cartagena, y no estaba haciendo realmente nada. Un tipo que debería estar preso. Bueno, ya está muerto. Luego, con el devenir de la vida, me he venido a encontrar por amigos en común con el enfermero de confianza de este médico. Y cuando me ha contado historias, cuando me ha contado lo del maletero lleno de bolsas de basura llenas de dinero, de lo que le sacaba a unos y a otros sin hacer nada que realmente mejorara... Increíble.

-Sí.

-Yo, por ejemplo, tengo las muñecas mucho más finas porque uno de los tratamientos era constreñir la muñeca con escayolas y piezas de metal. Había que operar, así no se conseguía nada. Después conocimos a Mariano de Prado, una eminencia. Él fue quien nos dijo que me tenía que haber operado al poco de nacer, y prácticamente no hubiera tenido secuelas. En Madrid me operaron de los dos pies y de la mano, en el 87 o el 88. Recuerdo que me operaba siempre en verano para no perder vida académica. Los postoperatorios eran muy lentos, así que los veranos me los pasaba en la cama.

-Vaya veranos, con diez años...

-Pero no los recuerdo con amargura. Ni siquiera recuerdo que sintiera esperanza de que me fuera a recuperar. ¿Hay que hacerlo? Pues hay que hacerlo. ¿Y cuando es mejor hacerlo? Pues en verano, evidentemente, porque no pierdes año lectivo. No obstante, algunos postoperatorios se metían ya en el curso, y me pillaban los exámenes. Yo estaba en la cama y tenía un protocolo de estudio. Pero no porque me lo impusieran, porque había que hacerlo. En la mano llevo dos operaciones, y pudo haber alguna más. El doctor quiso hacerla. Pero yo ya estaba en el Conservatorio y pensaba en cómo me iba a quedar. Con lo que tenía, ya funcionaba bien. Modestia aparte, siempre he sido un alumno con buen expediente académico. Matrícula de honor en todos los cursos. ¿Para qué voy a mejorar algo que funciona?

«Cabezonería»

-¿Qué pensó que no podría hacer?

-Conducir motos. Cuando yo tenía la edad de sacarme el carné de conducir, los exámenes se hacían con Vespas de marchas en el puño. Yo no tengo juego de muñeca, y no podía meter las marchas con el puño izquierdo. Desestimado. El efecto colateral es que no podía conducir una moto de más de 80 centímetros cúbicos, y a mí me gustan muchísimo las motos. Dejó de preocuparme. Pero hace seis años me enteré de que los exámenes habían cambiado, y ahora se hacían con motos que tenían el embrague en el puño y las marchas en el pie. Me dejó un amigo una, y me dije: «Esto lo puedo hacer yo». Lo primero que hice fue comprarme una Harley-Davidson, y así tener la presión de sacarme el carné. Me lo saqué a la primera. En aquel momento, mi mujer me conocía menos. Yo creo que entonces empezó a descubrir que mi principal atributo es la cabezonería.

-¿Cuál fue su mejor decisión?

-Plantearme metas a largo plazo, pero etapas a corto plazo. Es decir, hasta que no termino una etapa, no empiezo a pensar en la siguiente. Al final, si no, vas dejando cosas sin terminar.

-¿Qué suelen decirle?

-Mi abuelo Miguel, el que le pegó la hostia al médico, y que después me acompañaba a todos los conciertos, no me tiraba ni una sola flor cuando era estudiante. Me hacía ver que eso no era extraordinario, que era mi obligación, y punto. Y ahora me dice: «Tú eres el que menos problemas me ha dado. De hecho, no me has dado problemas». No es una flor por lo que has hecho, sino por lo que no has hecho. La flor que te tira la familia es la que menos te puede emocionar, porque va de oficio. Cuando me falte, sé que voy a tener una cicatriz muy grande. Justo por eso, no por haber sido cariñoso o condescenciendete, sino firme.

-¿Esa idea le resuena en la cabeza?

-Por ley de vida, no le pueden quedar muchos años. Mi peor pesadilla es que me falte. Y una cosa que sí que me atormenta es pensar que [la noticia] no me pille aquí, que me pille de concierto por ahí.

-¿Dejaría lo que estuviera haciendo, por muy importante que fuera y muy lejos que estuviera, para venir?

-Pues mire, esa es una disyuntiva. ¿Qué haría mi abuelo? Esto no lo he hablado con él, pero quiero pensar que no dejaría un compromiso adquirido. A él le pasó algo parecido cuando se fue a trabajar a Guinea Ecuatorial en los años 50.

-¿Sociedad borrega?

-Tampoco creo que sea borrega. No sé, no tiene nombre. Es una mezcla entre 'no me interesa nada', pero al mismo tiempo 'estoy orgulloso de ello'. Esa es otra. Orgullosos de vivir a cuerpo de rey sin pegar ni chapa, y no da vergüenza tirar la vida por la borda. Tengo una alumna brillante que tenía que recortarse en el instituto para que no la miraran mal.

-¿Qué viaje le marcó?

-Hombre, un viaje que estuvo muy bien fue uno que hice con Carlos Piñana. Lo recordamos muchísimo. Tuvimos una cosa en Mónaco, estaba allí el Príncipe Alberto... para recaudar fondos para hospitales para niños en Egipto. Y resulta que, en el hotel en el que nos quedamos, una mujer nos invitó a la habitación a tomar algo. Y resulta que al día siguiente se iba de crucero... ¡Y nos invitaba al crucero! Que los dueños eran amigos suyos, y tal. Sonaba un poco extraño. Un crucero que salía de Mónaco, una semana por el Mediterráneo. Saint-Tropez, Portofino... «¿Nos vamos?» «¡Pues vámonos!». Total, el crucero costaba 7.000 dólares por persona. Pues yo vi cómo la tipa pasaba la tarjeta de crédito. Pagó casi 15.000 'pavos' de los dos. Imagínese. Allí había casi tres camareros por cada pasajero. Antes de entrar a comer ponían un aperitivo, que era una montaña de ostras que no conseguía vaciarse, porque cuando cogías una, venía un payo y la reponía. Una pandereta de caviar más grande que un plato... Y cuando llegábamos a puerto, nos recibían con moqueta, sombrilla y un expositor con fruta y con bebida. En ese plan.

-¿Y un viaje por hacer?

-Me gustaría mucho hacerme Argentina en coche, hasta la Patagonia, de asado en asado.

-Ah, es usted carnívoro.

-Carnívoro a muerte. No se lo imagina. Y de marisco, que no son excluyentes. No sé por qué razón hay una asociación tácita entre la movida 'underground', la anarquía política y el veganismo. ¿Qué tendrá que ver ser vegano con ser anárquico? Con [el grupo] Schwarz me pasó que tocamos en un sitio 'okupa' en Valencia, una casa desvencijada, abandonada y llena de mierda convertida en 'meeting point' de toda esa escena 'underground'. Bueno, pues antes nos dieron de cenar... ¿Cómo se llama la mierda esa...?

-¿Quinoa?

-¡Quinoa! Quinoa con pasta, quinoa con tal, con cual. A mí se me llevaban los demonios. Menos mal que tenía una bolsa de torreznos en el coche. Desde entonces, yo ya siempre me llevaba mi 'kit' de supervivencia con mi chorizo, mi fuet, y un trozo de queso. Y estos se descojonaban, pero yo necesito mi dosis de proteína. A mí no me verá nunca en un vegetariano.

-¿Para qué se considera muy bueno?

-Para escuchar.

-¿Qué debería inventarse?

-La electricidad renovable gratuita universal.

-Termine esta entrevista.

-La humildad del que sabe es la humildad sincera.