Simón Ángel Ros: «Soy un lince haciendo patatas fritas»

El arquitecto lorquino Simón Ángel Ros. /Jaime Insa / AGM
El arquitecto lorquino Simón Ángel Ros. / Jaime Insa / AGM

«Le tengo mucho cariño a la Casa Azul que construí para Margarita Lozano», afirma el arquitecto lorquino sobre el encargo que recibió de la actriz y su marido

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Hay un lugar en el mundo que le fascina. Sintió al contemplarlo una sensación que jamás ha olvidado, mezcla de paz y de un gran júbilo, de sorpresa y gratitud. Hablamos de la italiana Iglesia de San Vital, en Rávena. A Simón Angel Ros (Lorca, 1953), amante fiel del marisco, no le encontrarán jamás tomando el sol sobre la arena, ni tampoco siendo desleal a sus amigos, entre los que figura la gran actriz Margarita Lozano, cuya Casa Azul, en Puntas de Calnegre, él proyectó.

-¿En qué no influyó usted?

-En que mis dos hijos mayores decidieran ser arquitectos, como tampoco en que mi hija pequeña se licenciara en Educación Física; siempre le ha encantado jugar al fútbol, y ahora lo hace, ya federada, en el Águilas. Desde siempre ha tenido esa vocación, la recuerdo desde muy niña jugando al balón con los chicos en la Glorieta.

«[Durante el terremoto de Lorca] Yo solo tenía una idea en la cabeza: saber que mi mujer y mi hija pequeña estaban bien»

-¿De qué no se libró usted?

-De la crisis económica. Cayó como un batacazo, la vida se puso dura como nunca. Profesionalmente, yo me había mantenido hasta entonces sin altibajos. Menos mal que soy una persona que se adapta a todo.

-¿De qué tiene la suerte?

-La tenemos todos nosotros, y nos olvidamos de ello: de vivir en el primer mundo. El otro día me comentaba un amigo pintor que un jeroglífico egipcio decía: 'Vivimos en el peor de los mundos'. Es verdad que todo se consigue a base de luchar contra otros, de pelear contra otros y de conquistar lo que es ya de otros. Me gusta pensar que en el Universo habrá algún mundo en el que sea posible una vida pacífica, en equilibrio, una vida en la que no vayamos pisándonos unos a otros. Pero, ya le digo, pese a todo tenemos la gran suerte de vivir en el primer mundo, sin la enorme cantidad de frustraciones, carencias y limitaciones con las que se vive en tantas zonas pobres del planeta.

-Eso no impide que siempre estemos quejándonos por todo.

-No me gusta esa actitud, pero reconozco que, en la medida en la que más piensas, más se puede complicar tu vida. ¿Recuerda 'El malestar en la cultura', de Freud, que está ya totalmente desfasado? Es cierto que, si llevas una existencia en la que no miras más allá de ti y de tu familia, es muy probable que vivas más tranquilo. Pero si te preocupa el mundo en el que estás, ¿cómo no estar intranquilo, incluso alarmado? El mundo lo mueven solos algunos, y no siempre son los gobernantes de primera línea. El cambio climático, las migraciones, las guerras...; no hay una sola semana en la que te dejen tranquilo. Todo eso me afecta psicológicamente, ¡claro que me afectan las injusticias y el sufrimiento ajeno! Parecía que con la caída del Muro de Berlín y con la entrada del siglo XXI iba a llegar la panacea de la paz universal, pero se ha ido a peor. Estamos viviendo un siglo XXI de vértigo y terrible.

Doce tragos

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
-Barra de Casa Roberto, Rivers y Segoviano, en Lorca.
2 -¿Una canción?
-'El tiempo en una botella', de Jim Croce.
3 -Libro para el verano
-'Homo Deus', de Yuval Noah Harari.
4 -¿Qué consejo daría?
-Tolerancia.
5 -¿Su copa preferida?
-Vino tinto.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
-En ocasiones.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Ignatius J. Reilly ('La conjura de los necios').
8 -Un epitafio
-'La vida no estuvo mal'.
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Mayor con salud.
10 -¿Tiene enemigos?
-No, que yo sepa.
11 -¿Lo que más detesta?
-La chapuza.
12 -¿Un baño ideal?
-En Cabo Cope, lanzándome al agua desde el barco de mi amigo Manolo.

-¿Qué ha experimentado?

-La vida es muy hermosa, y te ofrece muchas posibilidades de disfrutar y de ser feliz.

-¿Fundamental qué es?

-La familia, sin duda. No hay mejor apoyo que el de la familia: te sostiene, te centra, te da un sentido para vivir, para seguir luchando.

-¿Qué ha procurado con sus hijos, además de no influirles a la hora de elegir profesión?

-Darles libertad de acción en todo, no practicar con ellos la coacción, dejar que vayan desarrollándose según sus inquietudes, sus apetencias y sus preferencias de todo tipo. Me llevo bien con ellos, en eso también tengo suerte. Nuestra unidad familiar ha funcionado bien, aunque tengo que reconocer que yo no he tenido el control más inmediato, por ejemplo, sobre la formación de mis hijos; lo ha tenido más mi mujer [Maru].

«Siempre me he entendido muy bien con las mujeres; detesto los comportamientos machistas»

-¿Cómo es usted?

-Tranquilo, reposado, silencioso.

-¿Qué más?

-Me gusta escuchar mucho más que hablar. Y me cuesta trabajo, por no decir que me resulta imposible, ser el que más grita para imponerse; y no soporto que me interrumpan cuando estoy hablando.

-¿Con qué está de acuerdo?

-Uno de los signos de la inteligencia es el sentido del humor.

-¿Qué tal de niño?

-Un poco a la sombra de mi hermano mayor [sonríe], que era el más perfecto de los dos [la amplía todavía más]. Yo era polvorilla, tenía muchos problemas a la hora de comer, preocupaba más a mis padres. ¡Pero en los estudios, muy bien! Mi padre era catedrático de Matemáticas y supo muy pronto que yo tenía una gran visión espacial.

-¿Tímido?

-Mucho, antes y ahora.

-¿Qué valora enormemente?

-Tener amigos fieles. Siempre he tenido facilidad para hacer amigos nuevos donde quiera que haya estado.

-¿Qué sería ahora imposible?

-Parece evidente que volver a una vida sin móviles. Recuerdo que, durante algún viaje por Europa, no conseguí hablar con mis padres hasta pasados diez días. ¿Se imagina eso ahora? Ahora vivimos obsesionados por estar conectados las veinticuatro horas del día; los móviles actúan como cordones umbilicales.

-¿Qué pudo hacer y no hizo?

-¡Librarme de la mili! Tuve un colapso pulmonar, un neumotórax. Un día, de golpe, sentí que no podía respirar y que, cuando intentaba hacerlo, el dolor era insoportable. Estuve un mes largo de reposo, con toda mi familia y mis amigos volcados conmigo; debían pensar que me moría [sonríe]. Pues bien: después de hacer la mili, me enteré de que de haberlo contado me podría haber librado. No lo conté y me enviaron a Ceuta.

-¿Y qué tal?

-Estuve allí en la gloria. Ya había acabado la carrera, y me destinaron a la Comandancia de Obras a hacer proyectos. Allí me encontré con una buena biblioteca y con un comandante y un capitán, ambos ingenieros, de los que me hice amigo. Tengo muy buenos recuerdos.

Una persona honrada

-¿Qué asegura ser?

-Soy una persona honrada.

«No hay mejor apoyo que el de la familia: te da un sentido para vivir»

-¿Qué no quiere que cambie?

-Mi mujer y yo nos queremos y nos entendemos muy bien.

-¿Se imagina sin ella?

-Sí: un hombre solitario, triste, sin el menor interés por nada.

-¿Hay un Más Allá?

-No lo sé. La razón no permite pensar que sí, pero es cierto que hay cosas misteriosas que no tienen explicación. Yo soy agnóstico, nunca he sido un ateo beligerante. No podría haberlo sido, tengo muy nítido el recuerdo de mi madre, tan cariñosa, hablándome de la fe, de lo importante que era vivir teniendo fe. Nunca quise desairarla.

-¿Pero estamos solos?

-Sí, estamos solos.

-¿Partidario de cerrar las fronteras?

-Mis padres me educaron en el espíritu liberal de tolerancia y de respeto a la diversidad. No soy partidario de cerrar las fronteras. Y sé que ahora mismo existe descontrol, y que hay mafias..., pero no soy partidario de soluciones de 'ordeno y mando', ni de imponer por la fuerza supuestas soluciones que atentan contra los derechos humanos. Es necesario un control, por supuesto, pero un control que vaya de la mano de la solidaridad internacional, que debe organizarse porque no lo está.

-¿Qué opina de Matteo Salvini?

-Me parece un peligro. Estoy en absoluto desacuerdo con él, además de que es un chulo con quien debe ser muy duro convivir.

-¿Cómo es su relación con las mujeres?

-En la Escuela de Arquitectura había una pintada que decía: «Las mujeres son el demonio en bicicleta». Para nada, la mujer es el complemento ideal para el hombre heterosexual, y al revés. Siempre me he entendido muy bien con ellas, y detesto los comportamientos machistas.

-¿Con Franco qué hacemos?

-Sacarlo del Valle de los Caídos.

-¿Y con los restos de esos cien mil muertos que todavía permanecen en las cunetas españolas?

- Tener claro que eso no se puede permitir, que es un tema que la Transición dejó pendiente.

-¿Para qué es usted un lince?

-Para hacer patatas fritas; en eso soy, sin la menor duda, el experto de mi casa. Hay un sitio en Águilas, donde venden las mejores patatas para hacerlas fritas, en el que las compro; luego las lavo, las pelo a mano muy bien peladas, y las frío.

-¿De qué no se arrepiente?

-No he fumado jamás.

-¿Y de qué no se olvida?

-Del terremoto de Lorca [mayo de 2011]. Lo viví muy intensamente, revolucionó totalmente mi vida y la de la ciudad. Los recuerdos son muy tristes, muy desagradables...; trabajé como arquitecto en la reconstrucción, y al principio formé parte de las brigadas de reconocimiento, el llamado Grupo 0.

-¿Dónde le pillaron?

-El primero me pilló en mi casa, en un séptimo piso. El segundo, tomando una tila con un amigo en un bar. Eran las siete menos viente, salimos del establecimiento y se produjo un crujido tremendo; impactó a muy pocos metros de nosotros un alero de veinte metros desprendido de una fachada, y vi volar losas de mármol... Empezaron a sonar alarmas por todos lados, la gente gritaba histérica mientras corría por las calles. Yo solo tenía una idea en la cabeza: saber que mi mujer y mi hija pequeña estaban bien. Corrí a buscarlas muy angustiado. Pasé mucho miedo, y soñé durante tiempo que se repetía el terremoto... Las escenas que vivimos eran surrealistas; de pronto, nuestros estándares de vida cambiaron.

-¿Qué obra suya es muy especial para usted?

-Le podría decir varias, pero sin duda a la Casa Azul, que construí para [la internacional actriz lorquina] Margarita Lozano [en Puntas de Calnegre], le tengo mucho cariño. Fue muy especial desde el principio: el encargo de Margarita y de su marido [el ingeniero italiano Sandro Magno], que habían vivido en África durante años y que ya tenían una gran casa en Viterbo. Y el poder haberla disfrutado mucho con ellos: una casa abierta siempre a los amigos, a las veladas interminables en verano, una casa donde se respira la brisa del mar y se disfruta del silencio.