«A mí, la lentitud de la Justicia me indigna doblemente»

El magistrado Manuel Luna juega a las palas en una playa de La Manga. / Vicente Vicens / AGM
El magistrado Manuel Luna juega a las palas en una playa de La Manga. / Vicente Vicens / AGM

Manuel Luna, juez y presidente de la Asociación Profesional de la Magistratura de Murcia

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

He aquí un hombre de palabra, un juez de quien poder esperar justicia, un buen tipo. Sencillamente. Pero olvídese de él para pedirle el favor de que le cuide el perro. He aquí Manuel Luna (El Llano, Molina de Segura, 1973), juez y presidente de la Asociación Profesional de la Magistratura de Murcia.

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
-Plaza de las Flores. Murcia.
2 -¿Una canción?
-'Feel', de Robbie Williams.
3 -Libro para el verano.
-'Patria', de Fernando Aramburu.
4 -¿Qué consejo daría?
-Persigue tus sueños
5 -¿Cuál es su copa preferida?
-Vino tinto.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
-Entre sí y no, no.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Supermán.
8 -Un epitafio.
-«Fue buena persona».
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Juez
10 -¿Tiene enemigos?
-Creo que no
11 -¿Qué detesta más?
-La envidia.
12 -¿Un baño ideal?
-En La Manga.

-¿Cómo disfruta?

-Me encanta ver a mis hijos [dos niñas y un niño, entre los 11 y los 8 años] interactuar mucho entre ellos, haciendo piña. De hecho, se llaman a sí mismos 'la tripiña'. Como verlos felices no hay nada.

«Si intentasen comprarme con dinero, pincharían en hueso. El dinero es importante para vivir, pero no puede regir tu vida»

-¿Qué tal padre es usted?

-Mi mujer [María Dolores] y yo siempre tuvimos clarísimo que queríamos tener hijos, más de uno y no más de tres. Me tengo por un padre cercano, ni ausente ni lejano. Siempre me he implicado mucho en la educación de mis hijos, tanto en las tareas escolares como en las extraescolares.

-¿Qué más tuvieron claro?

-Queríamos criarlos nosotros, y volcamos más nuestras vidas en ellos que en nuestras propias carreras. Nos importa mucho hacer cuanto más cosas los cinco juntos, mejor.

-¿Para qué es usted un negado?

-No me ponga a planchar, sería un desastre.

-Todo es ponerse, y se lo digo yo que no sé freír ni un huevo.

-[Risas] Mi mujer me dice lo mismo, lo de que todo es ponerse: 'Tan fácil como pasar la plancha hasta que desaparece la arruga'.

-¿Qué le gustó de ella?

-Lo claro que lo tenía, su seguridad en sí misma, su personalidad tan especial... Nos hicimos novios con 16 años; ella fue mi primer amor, y yo el suyo.

-¿Y de usted qué cree que pudo engancharle?

-Yo era un chico majete...; no sabría qué más decirle, la verdad [risas].

-¿Qué más reconoce ser?

-Alguien que intenta ser una buena persona. No creo que supiese ser un tipo cabroncete, ni un borde. No me sale serlo, así es que tampoco creo que tenga mayor mérito.

-¿De qué no se olvida?

-Mis orígenes son humildes. Mi padre era obrero en una fábrica de cartón y mi madre, tras trabajar unos años en una fábrica de conservas, se dedicó a criarnos a los tres [hermanos]. Y no me olvido de lo que vi siempre en mi casa: buenas formas, humildad, cariño y respeto.

«Reconozco que sí, me como a besos a mis hijos, me encanta achucharles. En ese sentido, soy un poco oso mimosín»

-¿De qué estaba seguro?

-Desde muy jovencito, de lo que quería ser en la vida: juez.

-¿Para qué?

-Yo tengo vocación de servicio. Quería ser juez, y lo conseguí, para resolver los problemas de la gente. Quiero cambiar las cosas a mejor.

-¿A veces pierde los papeles?

-Muy pocas veces, puedo controlar la ira que me puede provocar una situación desagradable.

-¿Qué no suele hacer?

-No suelo echar leña al fuego de los conflictos.

-¿Satisfecho con su vida?

-No la cambiaría, no, no. Soy muy feliz con todo lo que me ha dado, empezando por una familia encantadora, aunque ya nos falta mi padre y un primo hermano que falleció en un trágico accidente aéreo. No cambiaría nada de lo que tengo.

-¿Le quedó con su padre alguna conversación pendiente?

-No, todo estaba hablado entre nosotros. Y, lo fundamental, él sabía que le quería y lo importante que era para mí. Nos llevábamos muy bien. Estaba muy orgulloso de mí y disfrutó de mis logros como si fuesen suyos. Murió, con 65 años, de un cáncer fulminante. De lo que sí me he dado cuenta es de que nos quedaron muchas cosas por hacer juntos, eso sí. Uno siempre cree que habrá tiempo más adelante.

-¿Qué supuso para usted un punto de inflexión en su vida?

-Cuando solo eres hijo, puedes llegar a creerte el amo del mundo [risas], pero cuando ya eres padre, todo cambia. Se multiplican las incertidumbres y las responsabilidades.

-¿Por qué da gracias?

-Mis hijos gozan de una salud estupendísima.

-¿En qué no ha cambiado?

-Sigo siendo muy optimista; siempre he creído que las cosas van a ir a mejor y que pasan para bien. Tiendo a la alegría y a la esperanza. Soy positivo.

-¿Para qué se ha dado usted por vencido?

-Dibujando siempre he sido un cero patatero. Tengo muy claro que lo seguiré siendo.

-¿Qué le resulta estimulante?

-Necesito retos profesionales.

-¿A veces qué?

-A veces creo que estoy demasiado dispuesto a todo en cuanto me piden echar una mano. No sé decir no.

-¿Cariñoso?

-[Amplia sonrisa] Reconozco que sí, me como a besos a mis hijos, me encanta achucharles. En ese sentido, soy un poco oso mimosín.

-¿Se le puede comprar?

-No con dinero, desde luego. Si intentasen comprarme con dinero, pincharían en hueso. El dinero es importante para vivir, pero no puede regir tu vida.

-¿Su mejor refugio?

-No es un lugar físico. Sobre todo lo encuentro en mi mujer.

-¿Qué es usted y no lo parece?

-Muy tímido, aunque hay quien ha llegado a decirme que le gustaría ser como yo, ¡extrovertido! [Risas]

-¿Hay un Más Allá?

-Creo que sí. Me resisto a pensar que esto se acaba cuando cerramos los ojos. Como juez, sé que la justicia humana es limitadísima. Tiene que haber una Justicia, más allá de la humana, que reestablezca el orden natural de las cosas. Soy católico, y queremos que nuestros hijos sigan la fe cristiana.

-¿Van a un colegio público?

-A un colegio concertado. Yo sí fui a un público.

-¿Tenemos ángel de la guarda?

-Yo creo que sí.

-¿Qué capricho diario se permite?

-Casi, casi diario, una siesta aunque sea de diez minutos. Mi cuerpo me la pide.

-¿A qué se está resistiendo?

-[Risas] Mi mujer y yo, a meter un perro en casa. Mi hija mayor nos lo está pidiendo desde que tiene uso de razón. Le hemos ido dando largas, pero ya va llegando la hora. En cuanto cumpla 12 años, ¡un perrito! En lo que confiamos es en que ella se encargue de él.

-¿No le gustan los perros?

-¡No! Les tengo miedo [risas]. Cuando salgo a correr tengo comprobado, cuando me encuentro con alguno, que detectan claramente que no me gustan. Ellos se ponen en alerta y yo me pongo muy nervioso.

-¿Con qué le haría ilusión sorprenderse?

-Me gustaría sorprenderme hablando bien francés.

Salir a correr

-¿Su afición de toda la vida?

-El deporte: practicarlo o verlo. Últimamente, sobre todo salir a correr. Es lo que más cómodo me resulta.

-Dice Rafael Sánchez Ferlosio: «Estamos dirigidos por ignorantes».

-Lo cierto es que haría falta más gente realmente preparada que llegue a la política para servir a la sociedad, y no para estar pendientes del voto o de los intereses del partido. No puedo entender cómo, por ejemplo, no se logra alcanzar un gran pacto de toda la clase política en materias tan básicas como la Justicia, la Educación y la Sanidad.

-¿Le indigna, como al 99% o así de los ciudadanos, la lentitud de la Justicia en casos tan sangrantes como, por ejemplo, la corrupción?

-A mí, la lentitud de la Justicia me indigna doblemente, porque me indigna como ciudadano y me indigna también como responsable de ese servicio; pero es que no puedes dar más, no puedes hacer que vaya mejor, y tú eres el responsable. Faltan medios. Y, aquí, los medios dependen de la clase política, del poder ejecutivo. Siempre se habla de la división de poderes -legislativo, ejecutivo y judicial-, pero al judicial, tan importante en su función de control, de contrapeso, quien lo dota de medios para que pueda ser eficaz es el ejecutivo.

-Sabe usted que cuando la Justicia por fin actúa, por ejemplo con condenas por casos de corrupción política o en el caso de Iñaki Urdangarin, la sociedad respira un poco.

-Realmente, en los últimos años de decadencia de la sociedad española, el sostén lo ha facilitado el poder judicial. La gente ponía su esperanza en la Justicia. La sociedad ha perdido un poco la esperanza en los gobernantes porque ha visto que se han llenado los bolsillos, que han hecho políticas en contra del interés general y para sus intereses particulares...; ha visto el nepotismo, el amiguismo... ¿Y qué resorte nos ha quedado en el que poder confiar? Los jueces. Y a los jueces, cumplir con nuestro deber nos enorgullece, pero a veces dices: 'Jolines, es que a nosotros no nos mima nadie; al contrario, nos dan palos'. Reivindicamos cosas que son muy necesarias para dar un mejor servicio a la sociedad, y hasta la propia sociedad no nos hace caso.

-¿El juez Pablo Llanera lo está haciendo bien?

-Creo que está haciendo lo que tiene que hacer. Es un magistrado muy preparado técnicamente y un hombre valiente.

-¿Qué ve con preocupación?

-Ese cierto populismo, que a veces desgraciadamente observamos, para el cual casi que los jueces no hacemos falta. ¡Venga, ponemos a un señor en mitad de la plaza del pueblo y que lo juzgue la masa popular! Y eso sería terrible.

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