Natalia Carbajosa: «Al erotismo también se llega desde la ternura»

Natalia Carbajosa, paseando en bici por el puerto de Cartagena. / PABLO SÁNCHEZ / AGM
Natalia Carbajosa, paseando en bici por el puerto de Cartagena. / PABLO SÁNCHEZ / AGM

«Me gusta la sensación de no tener horarios y sí días largos por delante», confiesa la poeta y profesora de la Politécnica de Cartagena

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Una vez que escuchas la voz sosegada de Natalia Carbajosa (Cádiz, 1971), sus poemas te suenan a esa armonía serena de agua cayendo en la piedra o de la luz de una mañana sin telarañas. 'Lugar' es el octavo poemario de esta profesora de Lengua Inglesa de la Universidad Politécnica de Cartagena. Su regalo más inesperado fue el verso involuntario que su hija le entregó cuando tenía cuatro años: «¿Te acuerdas de las cerezas?», le dijo sin pensar. Y le cortó el aliento.

-¿El verano es descanso o la cabeza no para?

-Aprovecho para leer mucho, traducir y escribir, pero sí descanso porque me gusta la sensación de no tener horarios y tener días largos por delante. A veces estás más productiva y otras no haces absolutamente nada. El verano me gusta muchísimo.

-¿A qué ayuda la poesía?

-La poesía es una manera de estar en el mundo. Esto lo dicen muchos poetas. Es una manera de articular con palabras sensaciones que tienes a las que tal vez aún no se le han puesto palabras, y cuando te acercas a ese 'nuevo decir', porque solo es acercarse, nunca logras decirlo tal como te gustaría, te sientes más acompañado. Es casi como una doble vida. Tienes tu biografía, tu rutina, tu familia y luego está la poesía. Es un terreno impreciso, difícil de acotar.

-¿Y como lectora?

-Un poeta, lo primero es un lector, y de la lectura se pasa a la escritura. Además, un poeta no escribe todos los días, lo hace a rachas y se puede pasar años sin escribir y sin saber si va a volver a escribir poesía, pero el lector lo es siempre. La poesía acompaña, define tu manera de estar en el mundo con un lenguaje que no es el que usas para el resto, aunque al mismo tiempo está en la vida. Leí hace poco unas memorias de infancia de Antonio Gamoneda que insiste en que la poesía no es ficción. Dice que cuando estás leyendo o escribiendo poesía, estás en la vida, si quieres con más resonancias, pero no en la ficción.

Doce tragos

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
-La terraza de El Batel, en Cartagena.
2 -¿Una canción?
-'American Pie', de Don McLean.
3 -Libro para el verano.
-'Solsticio', de José Carlos Llop.
4 -¿Qué consejo daría?
-No intentar contentar a todo el mundo, porque además es imposible.
5 -¿Cuál es su copa preferida?
-El vino de Toro.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
-No, por internet te hurtan los gestos y las miradas.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Benito Sansón.
8 -Un epitafio
-Comía de todo.
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Mujer de letras.
10 -¿Tiene enemigos?
-Alguno ocasional. Ahora que yo sepa, no, pero dan vidilla.
11 -¿Lo que más detesta?
-La gente que se aprovecha del dolor y la tragedia ajenas.
12 -¿Un baño ideal?
-Si es corto, en Cala Cortina. Con más tiempo, en la playa de Levante de Cabo de Palos.

-¿Es una necesidad perentoria?

-Sí y no. También hay una actitud de espera, que puede durar años. Hay un estar alerta, un rondarte una idea que no sabes si se concretará. Luego sentarte a escribir sí es un poco ese salto inesperado, pero hay un antes que puede ser largo y un después, para corregir.

-¿Cómo ha evolucionado su poesía hasta la más reciente?

-Al principio quería decir mucho. Es una actitud muy infantil, has leído mucho, intentas encontrar tu propia voz y no quieres dejarte nada. Hay libros que hoy me hubiera pensado publicarlos, pero no me arrepiento. Miguel Torga dice que una vez que lo publicas, que sale del cajón, logras pasar página y someterte a escrutinio público, que es muy sano aunque luego no te guste lo que digan de ti. Sí he ido entendiendo que la poesía es decir menos y sugerir más.

-¿Fuera de las páginas, dónde ve poesía?

-En cualquier cosa. De las niñas, cuando eran pequeñas, he tomado versos involuntarios, la gente mayor, que usa giros particulares o con cierta ironía. En todas partes.

-En un verso ha escrito sobre la ciudad «arrasada por la blanda sandalia del turista», ¿le preocupa que Cartagena, su ciudad actual, forme parte de esa invasión que se ve en Venecia o Barcelona?

-Me preocupa la tematización de las ciudades, de los cascos históricos. Me preocupa la noción de 'lugar', que es el título del libro. En uno anterior hablo mucho del 'no lugar'. Si paseas por un centro urbano donde los edificios son fachadas porque detrás no vive nadie, porque al subir los precios es difícil, y además te quitan todos los servicios básicos... Lo interesante es ver la vida cotidiana y me preocupa que se nos vaya de las manos. Conocí a una profesora que vivía en Venecia y me dijo que el día que desapareció la última panadería de su barrio, supo que se tenía que ir. Todo lo que quedaban eran tiendas de turistas y bares y restaurantes de precios desorbitados. No tiene sentido. El turismo, como todo, es un problema de dimensión, como los gatos de la calle. Cuando hay demasiados, se convierte en una plaga.

-¿Hace planes, cree que tenemos el control?

-Con la edad hago menos planes, aspiro a menos cosas y me centro en las que quiero seguir haciendo. Siempre tengo varios frentes abiertos, en traducción, investigación, literatura, lecturas, idiomas, que ahora vuelvo a estudiar alemán, pero al tiempo son planes que fluctúan. Si por el camino pasan cosas, no me agobio por dejar otras cosas de lado. Mi generación ha crecido con la idea de que lo primero soy yo, y los hijos son un curso acelerado de cambios. Me gusta tener ilusiones, pero también ser capaz de arrinconarlas y cambiar sin sentir que te has perdido nada.

-¿Le cambió la maternidad?

-Sí, mis dos hijas fueron muy seguidas y fue todo como 'bruuum'. En los años del cole, de repente volvía mi memoria de canciones y poemas infantiles que jamás había usado. Y ese mundo de literatura infantil, de jugar a la comba, lo compartí con ellas y lo pasé muy bien.

-¿Cómo ve las nuevas voces de jóvenes poetas?

-Hay algunos jóvenes que sigo con interés. Hay una diferencia con respecto a las generaciones anteriores, y es que son menos cultos en el sentido de formación clásica, porque la docencia también ha cambiado y el conocimiento del canon, y eso les permite arriesgar más. Hay una poesía interesante que no está abrumada por las influencias o por ese respeto a ciertas escuelas, eso en cierto sentido es refrescante, pero hay que distinguir entre poesía y ocurrencia, y veo publicada mucha ocurrencia, mucho marketing, porque ahora se ha descubierto que esto también puede dar dinero, mucha imagen. Toda esta difusión mediática no ayuda y hay una saturación. Esa poesía menos exigente y más para la galería, no me interesa. El peligro de no conocer tu tradición es pensar que la poesía ha nacido contigo, que tú estás inventando el Mediterráneo, y si todo el mundo a tu alrededor es igual de ignorante, pues... es lo que hay.

-¿Qué preocupaciones ve en la poesía actual que no estaba en las anteriores generaciones?

-Me gustan Agustín Pérez Leal, José Antonio Zambrano, Tomás Sánchez Santiago, que además es amigo. Hay una poeta más joven, de poesía más fresca y muy impactante, que es Maeve Ratón. Veo que las preocupaciones esenciales del ser humano no cambian, el paso del tiempo, el sabernos mortales, el amor, la tristeza, la alegría, la injusticia, el anhelo de trascendencia, la memoria. Quizá sí hay más énfasis en la memoria personal biográfica, y la colectiva. Veo un cierto miedo a que como civilización perdamos el paso porque en poco tiempo encuentras escenarios en los que ya no participas, y hay un deseo de articular la experiencia de ser hombre en este mundo, de descubrir incluso filosófica y metafísicamente, qué nos sigue anclando a nuestro existir. Como poetas mujeres, me gusta Juana Castro, dueña de una voz muy poderosa. Y en la poesía experimental española, me gusta Olvido García Valdés.

-¿El amor perdura?

-El amor se renueva cada día si hay voluntad. Es como las plantas, hay que atenderlo. Así, solo, por su cuenta, no fructifica. Presenté hace un año un libro de relatos eróticos de Marina Mayoral y, dentro de la parte divertida, había una cuestión seria de una mujer que ve a su marido al cabo de muchos años de casados, con su barriga fofa, sus calcetines caídos. Y da una versión muy bonita del platonismo. Dice que cuando se enamoró de él, y luego con la edad se cambia, no te desprendes de esa química y esa pasión del primer momento en las relaciones largas, que es en la que yo tengo experiencia, porque llevamos 20 años juntos. Te quedas enganchado a ese momento y es amor platónico. Al cabo de 30 años sigues viendo al que fue, aunque también veas la decrepitud. En envejecer juntos hay una correspondencia en esa manera de sentir la relación.

-¿Y el erotismo, es posible mantenerlo vivo?

-Cuesta, porque se mete por medio la rutina, las preocupaciones, el cansancio, pero hay que buscarlo y cuidarlo. Y a veces se llega a través de la ternura y de estar pendiente del otro. No hace falta comprarse unas ropas de cuero. Conozco también a gente cercana que termina una relación y apuesta por lo nuevo, es humano.