«En mi casa no me tomo ni una caña»

Paco Larrosa, tras la barra de La Yesería, que es su «refugio veraniego». / Edu Botella / AGM
Paco Larrosa, tras la barra de La Yesería, que es su «refugio veraniego». / Edu Botella / AGM

Paco Larrosa, propietario de La Yesería y funcionario de la Seguridad Social

Daniel Vidal
DANIEL VIDALMurcia

Hombre de la noche y del norte mucho antes que del día y del sur, funcionario de la Seguridad por oposición, Paco Larrosa (Molina de Segura, 1962) huye de la etiqueta de «hostelero» a pesar de que lleva 26 años al frente de ese local de culto para muchos melómanos murcianos (al menos tan melómanos como él) que es La Yesería. «Esto lo tengo para escuchar buena música y para estar con los amigos», zanja. Todo ello, claro, cuando ya reina la noche. «Hace años que no venía al bar por la tarde. ¡A mí es imposible verme de día a la intemperie! Y menos en agosto», asegura mientras le da otra larga calada al vapeador: «Fumaba un cartón de tabaco a la semana, y hace casi cinco años me aficioné a esto. Pero nunca he pretendido dejar de fumar».

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
-La Yesería, en Murcia.
2 -¿Una canción?
-'Everything must converge', de Nick Cave.
3 -Un libro para el verano.
-Yo lo último que recomiendo en verano es leer. Mi libro, este verano, es el temario de oposiciones internas a la Seguridad Social.
4 -¿Qué consejo daría?
-Pensar las cosas dos veces antes de hacerlas; aunque yo luego las hago sin dar muchas vueltas.
5 -¿Cuál es su copa preferida?
-Whisky con Vichy.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
-A voluntad.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Ninguno.
8 -Un epitafio.
-Cuando desapareces, desapareces. No hay que permanecer ni siquiera en el recuerdo. Mis cenizas al váter, y a tirar de la cadena.
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Centenario, y así poder ver lo que nos depara el futuro.
10 -¿Tiene enemigos?
-Que yo sepa, no.
11 -¿Lo que más detesta?
-La demagogia.
12 -¿Un baño ideal?
-La ducha de mi casa.

-¿Ese vapor no es perjudicial?

-Esto lleva glicerina y propileglicol. Se mezclan en la proporción que quieras, y también con el aroma, que hay tropecientosmiles. Ya dependiendo de lo que uno se lo quiera currar. Yo lo he hablado con amigos químicos, biólogos, y me dicen: «Tío, eso no lleva nada». El otro día, un compañero en la oficina, que es médico, me dijo que, si solo lleva eso, no hace nada. Estás tragando aire húmedo. Si eres propenso a una neumonía, por ejemplo, sí que te puede afectar.

«Dejé de celebrar mi cumpleaños a partir de los 30; no lo veo un hecho festivo»

-¿Se siente mejor?

-Mucho mejor. Y empecé de casualidad, porque ese fin de semana llegué a casa, me había dejado el tabaco y me apetecía el cigarro de después de comer. Solo tenía esto, y probé. En ese momento se me quitó la tontería de ese cigarro. Ese domingo no compré tabaco. El lunes seguí, y seguí así toda la semana. Hasta que volví aquí [a La Yesería] el fin de semana y lo típico: copa, cigarro y todo lo que se presente. Pero esa ya es otra historia, a ver si me entiende. Yo en mi casa no me tomo ni una caña. En mi casa no bebo, ni fumo, ni nada. Pero aquí es todo. Bueno, también me porto bien de domingo a viernes. De diez paquetes que me fumaba a la semana, un cartón, ahora me puedo fumar un par de paquetes el fin de semana. Y la mitad me lo gorronean.

-¿Las ocho de la tarde es buena hora?

-Es una buena hora para alguien normal. Yo estoy acostumbrado a acostarme toda la vida a las cuatro y las cinco de la mañana, a pesar de que tengo que madrugar. Si salgo a la calle, nunca es antes de las diez o las once de la noche. Cuando hay alguna cena, o algún concierto, a las nueve de la noche... «¡Hostia, tío!». Yo tengo este horario. Me acuesto muy tarde, me levanto muy temprano, y duermo un par de horitas en la siesta. Para mí la tarde es como la madrugada para otros. Siempre ha sido así, desde que tenía 15 o 16 años.

-Y su mejor hora, ¿cuál es?

-A partir de las doce de la noche.

-¿La noche antes que el día?

-Siempre. Mucho mejor. Ya le digo, el día existe porque tengo que ir a trabajar. Cuando tengo vacaciones, se me quitan los horarios. Acabo acostándome a las ocho de la mañana, y empiezo a estar activo a las diez o a las once de la noche. El resto del día, como que no existe.

-Como los vampiros.

-Sí, sí. No tiene más que verme. Tengo la calva quemada de coger el coche por la mañana, de casa a la oficina y de la oficina a casa.

-A la playa no va, claro.

-Cuando le quiten la arena y le pongan un techo y refrigeración.

-¿A qué se debe esa nocturnidad?

-Yo creo que se lleva en la sangre. Es una cuestión que nos hemos planteado varias veces con amigos que también llevan locales, y músicos. Uno a veces no tiene estos horarios porque tenga un bar; es que tiene un bar porque tiene estos horarios. Te acostumbras a eso, y al final en la noche siempre te encuentras a la misma gente. Muchos son músicos, y gente del artisteo, y gente más o menos bohemia. Pero siempre son los mismos. Se llevará en la sangre. Será algo biológico. A mí la luz del sol me baja la energía, y se supone que es al revés. Será por los ojos claros. No lo sé.

-¿Qué tiene que suceder para verle a usted de día por la calle en pleno agosto?

-Eso es imposible. ¡A mí es imposible verme de día a la intemperie! Tendría que tener una cita con Hacienda, que no tuviera más remedio. Una inspección obligada.

-Y para que volviera a subirse a un escenario a dar un concierto, ¿qué tendría que pasar?

-Eso no volvería a hacerlo nunca. Nunca, nunca más. Me lo han propuesto, ¿eh? Incluso bien pagado. Pero no lo haría nunca. Primero, porque soy muy malo. Como músico era muy malo. Yo dejé la música [formó parte del grupo Tomato, lo cual no le gusta «nada» que le recuerden] cuando descubrí que no era capaz de hacer lo que yo quería hacer. Y mi grupo tampoco iba por los derroteros que a mí me gustaban. Dejé de tocar la guitarra en el 87, y después descubrí el otro lado, el 'management', la producción... y me di cuenta de que es igual de divertido, sin tener que cargar y descargar la furgoneta, montar, desmontar... y disfrutas de la música que hacen otros.

-¿Qué grupo musical no sonará nunca en La Yesería?

-Muchos, muchos. En general, todo el indie nacional que ahora llaman indie. El neoindie, o el indiemainstream, o como le quieran llamar, jamás sonará aquí.

-¡Ni reguetón! [apunta el fotógrafo].

-Hombre, eso se da por hecho. Estoy hablando de música agradable.

-¿Neoindie?

-Izal, Vetusta Morla, Supersubmarina... Y toda esos grupos que se han puesto la etiqueta de 'indies', no sé por qué. Todos estos grupos beben un poco de Los Planetas y mucho de Radiohead. Pero no de Radiohead, sino de imitadores de Radiohead. Son grupos que imitan a imitadores. No sé de dónde sale eso. En otros tiempos, eso sería El Canto del Loco. En eso consiste el 'mainstream', básicamente. En coger algo que puede estar bien y darle 20.000 vueltas para que sea asumible para el resto de la gente. Yo siempre digo que el 'mainstream' es como un buitre, que devora todo lo que está moribundo y lo regurgita para sus polluelos. Al final, no deja de ser un vómito. Eso es el 'mainstream'. Un vómito para el que no pide mucho más.

Camela y el trap

-¿Qué le parece una horterada?

-El trap. Es como querer convertir a Camela en lo más guay de lo guay. Bueno, es que Camela son dioses al lado de la gente esta que hace trap. Chavales que cogen el ordenador, se ponen el 'Auto-Tune' a toda hostia, han aprendido a hacer unas cuantas bases y a soltar gilipolleces. Es la típica canción que solo intenta epatar en cada frase. A ver qué burrada digo. Y si molesta el machismo, voy a ser más machista que nadie. Es superior a mis fuerzas.

-¿Qué le resulta insoportable?

-El trap, también [risas]. La corrección política y el pensamiento único también me parecen insoportables. Me molestan muchísimo.

-Usted, ¿se considera un referente?

-Para nada. Hace un par de años me contactaron para dar una especie de máster en la UCAM sobre organización de eventos, y tal. Dije: «Mira, yo puedo dar un máster de lo que no hay que hacer. Lo que no hay que hacer me sale de puta madre». ¿Referente? No. Tengo muchas amistades entre los músicos de Murcia, y muchos se han criado aquí. Algunos grupos se han formado directamente ahí [señala al almacén]. Pero nada más.

-¿Para qué es muy bueno?

-Hago todo regular, pero no hago nada muy bien. De adolescente se me daba bien pintar. Llegué a exponer. Iba destinado a las Bellas Artes, pero el día que conocí a los Beatles me torcí. Fue con el disco de 'Qué noche la de aquel día', que a un amigo nuestro le había regalado su tío, que había estado en Londres. Fue una revelación. Un subidón brutal. Aunque el primer disco que me compré fue de Led Zeppelin.

-¿Qué noche no debió terminar nunca?

-Aquella noche que estuvimos con los Teenage Fanclub aquí hasta las siete de la mañana, jugando al futbolín España contra Escocia. Tocaban al día siguiente, y tuve que ser yo el que dijera: «Se acabó». Aunque seguimos al día siguiente. Hay muchas noches que no terminan, en realidad. La noche puede terminar porque se hace de día, pero tú no la cortas. Es habitual.

-¿De qué no puede olvidarse?

-Esto no lo cuento normalmente. De pequeño tenía un patito de esos que vendían incluso de colores. El pato me iba siguiendo por todos sitios, y en una de estas cerré la puerta y lo pillé. Y eso lo tengo aquí [se señala la cabeza]. No puedo ver patos porque siempre me acuerdo del pato aquel. Me pasó cuando tenía cuatro o cinco años, y es un trauma que tengo desde pequeño. Lo tengo clavado.

-Con la edad, ¿qué ha aprendido?

-Que las cosas hay que tomárselas con calma. Al final, todo confluye. Hay que esforzarse, sí, pero también hay que saber renunciar a tiempo. Hubo una época en la que invertía en Bolsa, y un tiempo me llegó a ir bien. Hay un dicho en la Bolsa que dice: 'Más vale perder, que perder más'.

-No volverá a probar...

-Los chupitos.

-¿Qué fue una locura?

-Esto también lo tengo clavado. Un festival que montamos en Lorquí hace ahora diez años. Un cartel con Lori Meyers, Love of Lesbian, La Casa Azul, The Psychedelic Furs, Kula Shaker... El primer día metimos a unas 800 personas, y el segundo a unas mil y algo. Palmamos una pasta. Un fracaso brutal. Y no sabemos por qué. Una vez me pasó que organizamos un concierto aquí y no vino nadie. Nadie.

-¿Qué le gusta celebrar?

-No soy mucho de celebrar.

-¿Y su cumpleaños?

-Dejé de celebrarlo a partir de los 30, y ya me parecían muchos. Dejé de verlo como un hecho festivo. Cumples un año más, sí, pero también te queda uno menos.

-¿Qué viaje le marcó?

-Hace cuatro o cinco años. Estábamos aquí por la noche y un amigo me dijo que tocaban los Pixies en Reikiavik [Islandia], y que el concierto lo organizaba un colega suyo, que si nos íbamos. Al día siguiente estábamos en Reikiavik, vimos a los Pixies y estuvimos con ellos en los camerinos.

-¿Qué pudo descubrir?

-Que no hay árboles en Islandia. Luego me enteré de que los talaron todos en la época de los vikingos para hacer barcos y nunca más volvieron a crecer. Ahora quieren replantar, pero no hay ni un solo árbol.

-¿Qué más vio allí?

-A [la cantante] Björk en un restaurante. Íbamos con la coña de que lo único que nos faltaba es ver a Björk. Fui al baño [unisex] del restaurate y, después de tocar en la puerta varias veces, porque me estaba meando mucho, salió ella con los rulos puestos. No había tirado de la cadena. Eso tenía que inmortalizarlo. Así que tengo una foto del váter con la meada de Björk.

-Elija cómo terminar.

-Me pregunto cómo es posible que ahora, que estoy tranquilo y medio retirado, alguien me llame para hacerme una entrevista.

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