Profesar la gordura

Un monje tailandés con evidente sobrepeso se dedica a la meditación a través de la lectura. / R. C.
Un monje tailandés con evidente sobrepeso se dedica a la meditación a través de la lectura. / R. C.

Los monjes budistas de Tailandia cada día están más obesos. Tanto, que las autoridades han tomado cartas en el asunto y pedido a los fieles que se abstengan de ofrecerles refrescos

IRMA CUESTA

Si alguien cree que vivir intentando alcanzar la sabiduría y la felicidad suprema a través de la meditación nos mantendría a salvo de alguna de las más prosaicas amenazas globales, está equivocado. Ni siquiera una vida espiritual plena nos aleja de esa tendencia a coger peso que lleva camino de convertirse en uno de los más importantes problemas de la humanidad a la vuelta de un par de décadas. Los monjes budistas que pueblan Tailandia lo saben bien.

Hay quien ironiza con que, inconscientemente, están tratando de emular la imagen de Buda en su reencarnación; sonriente, con un vientre gigante y tembloroso. Pero la explicación parece más simple: las calorías, como a otros millones de mortales, se les han ido de las manos. Siguiendo ese 'modelo de plenitud', las cinturas de los monjes se han expandido tanto que el Gobierno ha decidido tomar cartas en el asunto y ha lanzado una seria advertencia.

Hace solo unas semanas, el departamento de Salud publicó una suerte de bando rogando a los tailandeses que ofrezcan limosnas más sanas a los monjes que salen de los templos con sus túnicas color azafrán todas las mañanas para recorrer las calles recolectando alimentos, según marca la tradición budista. Y, por si la medida resulta insuficiente, el ministro del ramo se permitió sugerir a los seguidores de Buda que incorporen algo más de actividad física a su rutina. Vamos, que está muy bien eso de la oración y meditación diaria en busca del Nirvana, pero que no estaría de más ponerle un poco de garra a tareas mucho más triviales como, por ejemplo, la limpieza de los templos.

En realidad, la obesidad no es un problema que afecte en particular a los sacerdotes del país. Tailandia es el segundo estado asiático, después de Malasia, con más gordos entre su población: una de cada tres personas. Eso sí, los monjes encabezan, de largo, la lista de sujetos con sobrepeso. Según un estudio realizado en los dos últimos años por la Universidad de Chulalongkorn y publicado por 'The New York Times', a la mitad de los ciudadanos les sobran unos cuantos kilos; más del 40% tienen el colesterol alto; casi el 25%, la presión arterial por las nubes; y uno de cada diez es diabético.

«La obesidad en nuestros monjes es una bomba de relojería», sentencia Jongjit Angkatavanich, profesor de Alimentación y Nutrición en la facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Bangkok. «Muchos sufren de enfermedades que sabemos que se pueden prevenir», agregó en declaraciones a la publicación neoyorquina.

Y es que, cuando los investigadores se pusieron a analizar los hábitos alimenticios de los religiosos tailandeses, quedaron sumidos en el desconcierto: a simple vista, consumían muchas menos calorías que el resto de la población, pero eso no les libraba de ganar peso de forma descontrolada. ¿Dónde radicaba entonces el problema? Según el profesor Jongjit, en las bebidas azucaradas. Como los monjes tienen prohibido comer después del mediodía, para no hacer un hipoglucemia, venirse abajo y verse obligados a aparcar sus tareas meditativas, se ponen hasta arriba de refrescos y bebidas energéticas. Conocidas las razones de esos kilos de más, los expertos advirtieron que romper esta tendencia podía resultar complejo.

Buen karma

Los budistas creen firmemente que ofrecer limosnas les garantiza un buen karma no solo en esta vida, sino en las siguientes. Y si uno es dadivoso, lo mismo la buena fortuna que genera su mérito se distribuye también entre los familiares ya fallecidos. Pasa a segundo plano de esta forma el riesgo de que tanta generosidad pueda llevar a la tumba a más de un monje glotón, incapaz de decir que no a las ofrendas hipercalóricas que les compran en las tiendas que se instalan junto a los templos.

«Adquieren refrescos azucarados, jugos energéticos, refrigerios dulces y muchos platos precocinados rebosantes de glutamato monosódico», enumera el nutricionista de la Universidad de Bangkok. Y son tanto los fieles que donan alimentos que los monjes, cuando hacen demasiado acopio en sus despensas, revenden los productos a los mismos establecimientos de donde provienen, que a su vez vuelven a ponerlos en el escaparate.

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